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75 aniversario

El español olvidado que combatió con los nazis en el Día D: «Querían rebanarme el cuello»

Alberto Winterhalder, nacido en Barcelona, fue enviado a cerrar una de las brechas abiertas por los Aliados en el Día D

Su historia había sido olvidada hasta la fecha y nos ayuda a entender cómo vivieron los soldados alemanes las horas posteriores al ataque

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Parece que fue ayer. Las películas de Hollywood han logrado que el Desembarco de Normandía (uno de los eventos más determinantes de la Segunda Guerra Mundial junto a la batalla de Stalingrado) se haya grabado a fuego en nuestra memoria. Gracias a Steven Spielberg hemos podido ponernos en la piel de los casi 150.000 hombres que, aquel 6 de junio de 1944, participaron en la Gran Cruzada contra el nazismo. No obstante, y cuando celebramos el 75 aniversario del Día D, todavía nos queda una tarea pendiente: entender cómo fue para los germanos combatir aquella triste jornada en las playas del norte de Francia y dejar de verlos como un mero uniforme.

Alberto, en una imagen cedida a los autores
Alberto, en una imagen cedida a los autores - Villatoro/Cardona

Hasta ahora, testimonios como el de Heinrich Severloh (famoso por haber causado, supuestamente, más de 2.000 bajas estadounidenses) no han ayudado a ello. Todo lo contrario, han logrado que sigamos creyendo que eran unos fanáticos dispuestos a morir por Adolf Hitler a cualquier precio. Sin embargo, la realidad es que los hombres que defendían los cinco sectores en los que fue dividida la costa por los Aliados (Utah, Omaha, Gol, Juno y Sword) distaban mucho de transpirar ideología nazi. Todo lo contrario. En sus filas había desde combatientes con problemas estomacales, hasta unidades de soviéticos que, aunque habían rechazado a Stalin, tampoco estaban muy decididos a luchar por el Tercer Reich.

Por suerte, todavía existen una ingente cantidad de testimonios que ayudan a romper ese maniqueísmo al que nos vemos arrastrados por culpa de la gran pantalla. Y uno de ellos es el de Alberto Winterhalder, un joven soldado alemán de origen español (nació en Lérida) que, tras alistarse en el ejército germano, fue enviado con su unidad a combatir en Normandía para evitar la invasión Aliada. Desde sus ojos es posible discernir cómo se sintieron los otros protagonistas del Día D. Aquellos chicos con apenas dos décadas a sus espaldas a los que el miedo recorrió cuando se percataron de que una gigantesca flota formada por casi siete mil bajeles se lanzaba sobre ellos. Su historia completa, perdida hasta este momento, se encuentra en el libro «Lo que nunca te han contado del Día D» (Principal de los Libros, 2019).

Desde el lado alemán

El bando alemán ha sido el gran olvidado del Día D. Se calcula que, el 6 de junio, el alto mando había repartido a más de 40.000 de sus hombres por el área de Normandía. Una de las falacias más recurrentes es la que afirma que defender la costa era sencillo para el Tercer Reich. Nada más lejos de la realidad. Para empezar, aunque los germanos sabían que era cuestión de tiempo que los Aliados desembarcasen en la vieja Europa por el Oeste (como ya había dejado patente Adolf Hitler el 3 de noviembre de 1943 en una directiva enviada a sus principales oficiales) los británicos y los estadounidenses se habían esforzado mucho para hacer creer a sus enemigos que el ataque se llevaría a cabo por otras regiones como Noruega o el Pas-du-Calais (el punto más cercano entre Francia y Gran Bretaña).

Por otro lado, la escasez de tropas era una realidad tras el descalabro en el frente ruso. No en vano, en 1943 los soviéticos habían logrado terminar con el cerco de Stalingrado y habían iniciado su avance hacia el corazón de Alemania. Algo que había puesto en serios aprietos la integridad del ejército alemán. Debido a ello, el 6 de junio las unidades germanas estaban reforzadas con tropas que no eran útiles en otros frentes. ¿La razón? Que Erwin Rommel, el arquitecto del Muro Atlántico, consideraba que no hacía falta contar con una forma física idónea para apostarse tras un búnker y defender una posición. Sobre esta base envió hasta la costa a hombres con problemas estomacales, oficiales que tenían prótesis de madera y hasta soldados checos, polacos y rusos como los del 441º Batallón. Estos últimos eran hombres vistos como ventajistas por Hitler y cuyos oficiales habían recibido órdenes de evitar que huyeran si las cosas se ponían feas.

Desembarco de Normandía
Desembarco de Normandía - ABC

Lo que es innegable es que, para evitar esta situación, Rommel había fortificado con todo tipo de trampas el Muro Atlántico. El «Zorro del desierto» sabía lo que se hacía. Dividió las defensas en varias líneas. Los primeros obstáculos fueron construidos bajo el mar con el objetivo de que las lanchas de desembarco no los vieran y se estrellaran contra ellos. Entre los mismos se destacaban las «puertas belgas», las «rampas» y los «caballos de Frisia». Fuera de las aguas ordenó ubicar una hilera de guijarros, un muro rompeolas y varios metros de alambre de espino para evitar el rápido avance de la infantería. Finalmente, esta yincana se completaba con una pista de obstáculos que incluía cemento y miles de minas.

Rommel, el Zorro del Desierto que reforzó el Muro Atlántico
Rommel, el Zorro del Desierto que reforzó el Muro Atlántico

Los sectores mejor defendidos eran Omaha y Juno. El primero, gracias a que la arena estaba rodeada por unos acantilados que, en algunos casos, llegaban hasta treinta metros de altura. El segundo, debido a que casi a pie de costa se habían levantado dos pueblos vacacionales desde los que era muy sencillo para los francotiradores hacer fuego. Sin embargo, Gold, Utah y Sword adolecían de la misma capacidad. A su vez, las diferencias entre Rommel y Gerd von Rundstedt (cada uno era partidario de organizar de una forma diferente a los soldados y a los vehículos) habían provocado severos problemas a la hora de ubicar a los hombres y había disminuido en cierta medida las posibilidades de éxito en caso de ataque.

A pesar de ello, los alemanes sabían que contaban con la ventaja de ser los defensores y estaban decididos a rechazar al enemigo. Un ejemplo de ello fue el mismo Severloh, quien disparó (según desveló en sus memorias) más de doce mil cartuchos aquella aciaga mañana y solo abandonó su puesto (el Widerstandnest 62, una suerte de pequeño castillo preparado para arremeter de enfilada contra los Aliados) cuando se percató de que era uno de los últimos combatientes alemanes en el sector de Omaha. «Soy un soldado, un soldado al que atacan y que, en consecuencia, tiene que defenderse», se excusaba tras la Segunda Guerra Mundial.

Un español tras las líneas

La historia de Alberto Wintherhalder, no obstante, se sitúa lejos de las playas. Aunque para entenderla deberíamos retroceder en el tiempo hasta el 11 de noviembre de 1917. Y es que, ese fue el día en el que este catalán (de padre germano y madre española) vino al mundo en Lérida. En febrero, su familia se mudó a Gerona, desde donde -a su vez- nuestro protagonista partió hacia Alemania en 1942. Ya en Bremen, se alistó en el ejército y llevó a cabo su instrucción. Poco después fue destinado una batería antiaérea en una pequeña población pesquera situada en el mar del norte. En abril de ese mismo año solicitó su traslado al grupo de artillería ligera de Marina número 686, en la isla de Ré.

Allí fue donde, el mismo 6 de junio de 1944, su unidad recibió la orden de dirigirse hasta Rennes. Hasta entonces, este joven había disfrutado de una agradable estancia en su destino; lo mismo que le había sucedido a otros tantos combatientes teutones que veían Francia como un paraíso vacacional debido, entre otras cosas, al colaboracionismo del gobierno de Vichy, al buen tiempo y -por qué no decirlo- a la ingente cantidad de prostíbulos que el alto mando había puesto a su disposición en París. En el caso de Alberto, todo sea dicho, no tenemos constancia de que pisara estos centros de alterne. Más bien se dedicaba a cazar conejos y entrenar junto a sus compañeros.

Alberto, en imágenes cedidas a los autores
Alberto, en imágenes cedidas a los autores - Villatoro/Cardona

Alberto, cuyo hijo ha cedido las memorias (inéditas) para el libro «Lo que nunca te han contado del Día D», comenzó su participación en el Desembarco «una hermosa mañana de junio». Todo empezó con una conversación sencilla. «Se me acercó el sargento, quien casi con un fino susurro de voz me dijo: “Amigo, ya no te vas a ir de permiso a España. Esta madrugada, miles de paracaidistas estadounidenses han sido lanzados detrás de nuestras líneas defensivas”». Así pues, pasó de estar esperando el pasaporte para regresar a su hogar, a ser enviado hasta la costa. Tras un duro entrenamiento, su unidad partió en dirección a Rennes durante la noche del 31 de julio, un mes después de que comenzara el día más largo, como fue llamado a la postre por Cornelius Ryan.

Alberto relata en sus memorias el miedo que sentían sus compañeros tanto hacia los Aliados como hacia la Resistencia. Y no solo a sus combatientes, sino también a sus bombarderos y cazas. Unos «temibles aparatos» capaces de hacer saltar por los aires un Panzer y que, debido a la falta de efectivos de la Luftwaffe, campaban a sus anchas por el cielo galo. «Los bombardeos no cesaban, como tampoco lo hacían los ataques de la artillería, ni las emboscadas de las tropas aliadas», añade. Pronto, cuando se hallaban al sur de Caen (uno de los nudos de carreteras que los invasores ansiaban conquistar a toda costa) su unidad se vio cercada por una infinidad de enemigos. «Las comunicaciones habían sido destruidas. Estábamos aislados y completamente desbordados», desvela.

Rommel revisa el Muro Atlántico
Rommel revisa el Muro Atlántico

El contraataque había fallado y, para evitar morir, los oficiales ordenaron la retirada. El pánico se apoderó de Alberto y de sus compañeros en el camino de regreso hacia sus posiciones iniciales. Con todo, y en mitad de aquel caos, el español recibió la orden de requisar unas bicicletas y organizar un «comando especial» para internarse tras las líneas enemigas y, por sorpresa, atacar a los blindados enemigos. Una verdadera locura. En sus palabras, les «enviaron a requisar bicicletas por las casas de la población más cercana», atacar y regresar para «informar de la posición exacta del enemigo y de sus movimientos».

Por suerte para él, los Aliados llegaron antes y le capturaron. Eran estadounidenses. Aunque estos no se cebaron con él, los miembros de la Resistencia sí. «Querían rebanarme el cuello. Todos deseaban pegarme, aunque, afortunadamente, tan solo consiguieron darme algún leve golpe», añadió. Aquel día, nuestro protagonista sintió la sed de venganza de los galos, ávidos de colgarle. Se libró por poco. Poco después pasó por varios campos de concentración hasta que logró regresar a su hogar. Había superado el Día D. El mismo al que otros 240.000 de sus compañeros no pudieron sobrevivir.