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España / Doce meses del Seísmo

Lorca, un año después

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Las asociaciones vecinales nos muestran las consecuencias de una burocracia inefectiva, de una especulación vergonzosa y de una ineptitud política asombrosa

Día 11/05/2012 - 12.26h

Cuando en 2002 se publica la Norma de Construcción Sismorresistente Española (NCSE02), los valores sísmicos del país van al alza, había venido subiendo desde 1962, cuando comenzamos a introducir con códigos y normas los efectos sísmicos sobre nuestros edificios. Entonces algunos técnicos acusaron al Ministerio de Industria de exagerado. Se previeron zonas de la geografía española como en Murcia, Andalucía o Levante, con aceleraciones del suelo mayores de 0,12g en caso de sismo (g es aceleración, el latigazo del suelo en unidades de gravedad), en Granada hasta 0,24g.

Hace algo más de un año, el día uno de mayo de 2011 Francia, un país que destina más del 400% que el nuestro a investigación geológica, publica una normativa sísmica que causa aún mayor estupor: propone unos valores todavía más exagerados, hasta 0,30g, y eso que Francia está más lejos del ‘coco’, esos contactos entre placas y fallas activas, Azores-Gibraltar y el Norte de África. Entonces Euskadi, Navarra, Aragón y Cataluña que tocan con 0,08g a Francia, miraron a la exagerada esperanza de aceleración que causó tanto revuelo en 2002 como una nimiedad, pues un metro más al Norte de sus fronteras hay un suelo con un riesgo bastante mayor que nuestra sísmica Granada, ni más ni menos que cuadriplicado.

Diez días después, el once de mayo, hace un año, a esto de las cinco de la tarde, Lorca recibe una sacudida de 4,5 y sobrepasa las peores expectativas granadinas: 0,25g, la gente asustada contempla los desperfectos, todo ha sido un susto, los medios de comunicación dan la noticia, las unidades móviles, radios, televisiones, redes sociales apuntan a Lorca, entrevistan a la gente en la calle. Comienza el comportamiento ejemplar: emisoras nacionales y privadas se ponen en contacto con los responsables del IGN, se dan consignas, precaución es la palabra, «permanezcan fuera de los edificios, lejos de las cornisas, podrían darse réplicas». ¡Cuántas vidas se salvaron así! Casi dos horas después de que el terremoto de 5,2 golpeara, los medios estaban grabando y entrevistando. Se sintió en Andalucía, Levante, Castilla y Madrid. Hasta el último detalle se grabó. La aceleración alcanzó 0,41g. Nueve muertos, pocos pero muchos, dos mujeres embarazadas, un niño; era el desgarro, el drama, más de 300 heridos de por vida, amputados, hundidos. Decenas de miles de edificios sentenciados. Barrios enteros destrozados, San Fernando, La Viña. La mayor concentración de Barroco europea, Santiago y las Clarisas colapsan. Incluso tuvimos suerte pensamos, dos años antes en l’Aquila no hubo un aviso previo, más de 300 muertos y miles de heridos por algo similar (5,8 y 0,47g), el precio de venir sin anunciarse.

Los días posteriores son el ejemplo de la solidaridad de los ciudadanos, de los lorquinos y de todos los españoles, meses de actividades e iniciativas; científicos que estudiamos el fenómeno, artistas en acción, la cultura recauda. Una movilización que choca con la ineptitud de unas administraciones inmersas en su eterna campaña electoral y que ya no viven la realidad, la sueñan. Zapatero promete solemnemente, Rajoy da prioridad si gana. La realidad de la sonrojante gestión de los políticos empieza a aflorar después del verano de 2011. Mercedes Milá saca los colores a unos cuantos. El campamento de la Torrecilla es un campo de concentración. Los bancos se quedan el dinero en concepto de pago hipotecario, lo recaudado por el Gobierno de Navarra, el Real Madrid, el Sevilla, la Casa Real, El último de la Fila, duerme en la burocracia según el alcalde. De ese dinero recaudado por y para los ciudadanos con sus iniciativas solidarias, no se sabe. Ni siquiera la definición del denominado Plan Lorca estará lista antes de que pase un año.

Ha sido más que suficiente para percibir el espíritu de dejadez y el carácter especulativo de la gestión, un escaparate de promesas electorales; las asociaciones vecinales nos muestran las consecuencias de una burocracia inefectiva, de una especulación vergonzosa y de una ineptitud política asombrosa. El presidente del Colegio de Geólogos nos pone en nuestro lugar: «hay cuestiones que dependen más de la planificación y coordinación entre administraciones, que de la inversión». No hemos aprendido, si estos franceses con su 0,30g en Roncesvalles exageran, casi no importa. Los geólogos se han ido a Canadá, a Japón; los vecinos vuelven a San Fernando sin agua ni luz, con puntales y marcas rojas ¿pero qué estamos haciendo?

Antonio Aretxabala Díez es geólogo y director técnico del laboratorio de edificación de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra

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