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«En Estados Unidos no hablamos de recortes, hablamos de eficiencia»

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La responsable de la atención a ancianos y dependientes en la Administración Obama cree en la atención a menor escala y que los mayores «tienen que mantener su identidad, si la pierden es su muerte social»

Día 27/12/2011 - 01.17h
«En Estados Unidos no hablamos de recortes, hablamos de eficiencia»
Karen C. Schoeneman

Son tiempos difíciles para los servicios sociales. La crisis y los recortes, las palabras de moda, están poniendo cada vez más difícil la ayuda necesaria a colectivos como los de las personas mayores y dependientes. Sin embargo, quienes trabajan en el denominado tercer sector, no se resignan y siguen buscando fórmulas para hacer compatibles la vejez y la dependencia con la dignidad. Es el caso de Karen C. Schoeneman, responsable de los centros para mayores y dependientes, las denominadas «nursing homes»», de la administración estadounidense. Ha estado en Madrid, invitada por la Fundación Pilares para la Autonomía Personal y la Fundación Caser para la Dependencia, participando en un congreso sobre innovaciones en residencias para dependientes. Allí recordó que la eficiencia es una alternativa válida a los recortes y que las residencias de ancianos, más que hospitales, deben ser hogares.

-¿En qué grado de desarrollo están los centros para dependientes en EE.UU?

La mayoría de las personas que están allí no puede caminar. Un 50% de ellos tienen incontinencia y también un 50% sufre demencias. Todo el mundo tiene el derecho a recibir la asistencia, pero no es gratuito. La gente tiene que gastar todo lo que tiene antes de que el Gobierno las subvencione. También tienen otras alternativas, como residencias asistidas, un modelo más normalizado con la iniciativa privada para las personas mayores que tienen algún problema pero que no necesitan una asistencia total.

-Pero, aunque uno pague, ¿paga todo lo que cuesta?

En las «nursing homes», el perfil es diverso, porque también se atiende a personas que acaban de salir de un hospital por una operación de cadera, por ejemplo. Hay dos programas: Medicare y Medicaid. Medicare paga las asistencias para estancias de corta duración, como los postoperatorios. Medicaid paga las estancias de larga duración, como podría ser en el caso de enfermos crónicos. Pero el copago es total si tienes dinero. Los que tienen dinero para pagar todo el coste, pagan todo el coste.

-¿Qué grado de la población está en la práctica excluida de este tipo de coberturas? Como todos los sistemas de protección social públicos tiene su techo.

Cubre a todo el mundo. La única diferencia es que hay gente que paga todo y gente que no paga nada, con un amplio abanico de situaciones intermedias.

-¿Cómo se puede evitar que estos servicios sufran la crisis económica mundial?

Al parecer la red está un poco sobredimensionada, hay plazas libres, por lo que se han establecido unas restricciones para construir nuevos centros en función de los estados.

-Sorprendente, ¿más plazas que gente?

La gente intenta evitar ir a una «nursing home» porque no son sitios agradables generalmente. Han sido más lentos en su adaptación a las nuevas expectativas y la gente va a otro tipo de centros. La gente, si igualmente tiene que pagar, elige los servicios que le parece más atractivos. Además, los centros privados suelen ser más baratos y las personas tienen su apartamento con todos los servicios para vivir bien. Las «nursing homes»» están más enfocadas para servicios de enfermería y cuidados médicos. Las personas que necesitan más atención no escogerán un centro privado.

-En los países desarrollados la población está cada vez más envejecida ¿Habrá problemas para sostener los servicios de atención a la vejez?

En Estados Unidos no hablamos de recortar, hablamos de mantener los costes bajos para asegurar que el modelo sea viable y se pueden hacer cosas para conseguirlo En las residencias se están organizando los espacios en pequeñas unidades, en las que hay cocina, comedor y habitaciones, creando unas pequeñas unidades familiares dentro de las residencias. Con estas unidades autosuficientes, a nivel económico, se ahorran costes, porque el personal ya conoce las necesidades de las personas que viven ahí. Se ahorra en pañales, en la comida, porque se hace en función de los gustos de los usuarios, con lo que no se tira comida y ya no es necesario complementar su alimentación con caros medicamentos. La atención personalizada en función de las necesidades permite ahorrar costes. También en América los políticos están siempre diciendo que no tenemos dinero, que tenemos que reducir el gasto. Nosotros creamos un cambio de mentalidad, para que la gente se encuentre bien y quiera ir a estos centros. Antes, estaban mal concebidos. La residencia era un calco de un hospital. La gente solo lo hacía cuando no tenía otra opción. El movimiento que yo he liderado como responsable de las «nursing homes»» de Medicare y Medicaid buscaba este cambio de cultura. Hemos construido también pequeñas casas con diez personas que viven autónomamente. En este ambiente conseguimos que una persona con demencia, que llevaba años sin hablar, sin poder comer sin ayuda, ahora hable, cante, salte… Un milagro. Esta persona y todas las que han estado en ambientes tristes y hospitalarios, cuando están en uno que es como una casa particular vuelven a la vida, y recuperan habilidades que tenían olvidadas. Una persona con demencia en un comedor que parece una sala estéril no sabe dónde está ni entiende qué se espera que haga. La cosa cambia si es un comedor parecido al de un hogar.

-¿Cómo empezó en su trayectoria, ya larga, en la atención a las personas dependientes?

Empecé a trabajar con 17 años como trabajadora social en una residencia para personas con discapacidad intelectual. Después pasé a una gran residencia estatal en Pensilvania. Aquello me rompió el corazón. No era un mal sitio, pero había un montón de normas y reglamentos que impedían llevar una vida normal, una vida satisfactoria, sentirse a gusto. Por eso, yo misma pedí trabajar en el Gobierno federal para influir en los reglamentos y propiciar un cambio. Eso hago desde 1989.

-Ha trabajado con los presidentes Bush Padre, Clinton, Bush hijo y Obama, ¿cuál cree que apostó más por los centros públicos para dependientes?

(Ríe) Bueno, yo nunca me crucé con ninguno. En realidad es el Congreso el que fija las reglas. No ha sido una cuestión de presidentes. Lo que sucedió es que se creó un movimiento popular que presentó su causa en el Congreso y consiguieron un cambio en la legislación y que se aprobara la Ley Obra 87, (se refiere a la Omnibus Reconciliation Act de 1987) que reconocía un montón de derechos nuevos. Aquel movimiento consiguió esta nueva ley, pero no era suficiente con esto, porque todavía existían estos edificios grandes e inhóspitos y entonces empezaron a presionar para cambiar el diseño de las residencias y también el trato para que aquellas rutinas rígidas se terminaran. Se acabó eso de despertar a las siete de la mañana a todo el mundo y ponerlos a todos en fila… prácticas que impedían que la gente no siguiera viviendo como siempre había hecho. Hay gente que prefiere dormir por la mañana, otra que prefiere madrugar… Se empezaron a considerar detalles y a entender que las personas mayores debían ser atendidas cuando y como ellas quisieran. ¿Por qué no podían las residencias adaptarse al gusto de las personas? La Ley estaba bien, tenía buenas intenciones, pero faltaba llevar a la práctica esos nuevos derechos. En una pequeña residencia que no tenía mucha dotación económica se introdujo la posibilidad de comer las 24 horas del día. Hubo quien pensaba que aquello debía ser carísimo, con el personal allí preparado a todas horas. Pero no. Se ahorraba porque antes las personas sufrían problemas en su nutrición que había que tratar con fármacos muy caros. Los grandes centros que todavía existen están alquilando ya sets de cocina para los mejores chefs y que ellos elaboren unos menús apetitosos. Por otra parte, en los pequeños centros, que es a lo que se tiende ahora, en los que la gente se organiza en grupos más pequeños, se les pide a las personas mayores que expliquen cuáles son sus recetas favoritas y se cocina con base en estas propuestas. Sin duda, todo este cambio ha valido la pena. Realmente, las personas están notando la diferencia. Yo misma, cuando visito estas nuevas «nursing homes» más pequeñas siento que en ellas se puede estar a gusto, que pueden convertirse en un hogar.

-¿Funcionan como comunas?

(Ríe) La cuestión es que los centros puedan cambiar su actitud, su disposición, para conseguir la realización de las personas que están allí. Lo importante es que sigue habiendo un equipo asistencial, pero no es tan estricto, en el que la enfermera hace una cosa y la cocinera no. Se funciona más como en una casa normal. Alguna vez, si es necesario, la enfermera puede hacer la comida. Además, allí los profesionales conocen a los usuarios. Saben qué les gusta comer, a qué hora les gusta bañarse, qué es lo que han sido en su vida… Lo que significó este cambio de cultura en Estados Unidos impulsado por aquel movimiento social fue un cambio en la mentalidad de las instituciones. Ahora, en los centros, las personas pueden tener a sus perros, recibir visitas sin restricciones horarias y vivir con libertad. Si sacas todo lo personal de una residencia de mayores, si las habitaciones son todas iguales y están vacías, al final, no eres nadie. Y si nadie sabe quién has sido pierdes la identidad, y para las personas con demencia esto es la muerte social.

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