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La ciudad nos vuelve «locos»

Día 14/10/2012 - 04.59h
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El estilo urbano aumenta los trastornos mentales y deja una huella en nuestro ADN

No es solo la contaminación la que nos hace enfermar. Hay algo más en el ajetreo urbano que «nos trae de cabeza». Hace décadas que se sospecha que vivir en la ciudad altera la salud mental: trastornos como ansiedad, estrés, depresión o incluso esquizofrenia tienen más probabilidad de manifestarse, en especial si los primeros años han transcurrido sobre el asfalto. Para la esquizofrenia, algunos estudios duplican el riesgo, otros lo triplican. La ansiedad es un 21% superior entre los urbanitas, y la depresión, un 40%. Y el factor que más influye es el estrés social.

Por estrés social se entiende el ligado a ciertas situaciones, como «verse expuesto a las críticas, es decir, el modo en que nos percibimos a través de los ojos de los demás. No es necesario que otro nos enjuicie, ocurre igual cuando nos autoevaluamos», explica Alfredo Oliva, del departamento de Psicología de la Universidad de Sevilla. Si la amenaza percibida en una crítica supera la capacidad de afrontarla y se mantiene, se dispara el cortisol, la hormona del estrés: «Tasas altas y mantenidas en sangre tienen efectos adversos en la salud cardiovascular, el sistema inmunológico y el hipocampo, con el deterioro de la memoria y la capacidad de aprender», explica Oliva. La revista «Nature», que se ocupa de este tema, destaca como un potente estresor social el sentirse diferente por nivel socioeconómico o lugar de origen.

Circuitos cerebrales

La vida urbana, en especial durante la infancia, juega en contra de otra estructura cerebral, la corteza cingulada anterior, implicada en la toma de decisiones y el procesamiento de emociones negativas. La amígdala cerebral (relacionada con depresión y ansiedad) y la corteza cingulada forman un circuito que funciona peor cuanto mayor ha sido la crianza en la urbe.

El estrés no solo deja huella en nuestro cerebro, también cambia la expresión del material genético, mediante modificaciones químicas que hacen que los genes se activen o desactiven, explica Ángel Barco, que dirige el grupo de Epigenética del Instituto de Neurociencias de Alicante. Los primeros datos provienen de estudios en animales neonatos, «donde se vio que aislar a las crías, producía mayor tasa de metilación -un mecanismo epigenético- en los genes. Y ese animal en la vida adulta desarrollaba estrés. Si la epigenética tiene efectos probados en el desarrollo del cáncer, ¿por qué no habría de tenerlos en la salud mental?».

Situaciones límite

Estas modificaciones epigenéticas pueden transmitirse a la descendencia. Un hecho que resalta Roser Nadal, vicedirectora del Instituto de Neurociencia de la Autónoma de Barcelona. La clave está en la interacción entre los genes y el ambiente, o epigenética. Y esa interacción empieza en el nacimiento, o incluso antes. «A través de lametones, las ratas inducen en sus crías cambios que pasan a su prole. Las crías de madres cariñosas resisten mejor el estrés de adultas y tienen menos déficits cognitivos en la vejez», explica Nadal.

En esos primeros cuidados podría residir la capacidad de algunas personas para asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas, lo que se conoce como resiliencia. Entre las cualidades que se asocian a la resiliencia están el optimismo, el apoyo social y la flexibilidad cognitiva. Además de los genes, influyen las pautas de crianza relaciones sociales y la educación. Por ejemplo, hacer pensar en las consecuencias hace que los niños desarrollen más estas capacidades.

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