Una calle para Cubillo
confieso que he pensado

Una calle para Cubillo

Los requisitos para hacerse con un lugar en el callejero municipal resultan tan ridículamente mezquinos que lograrlo no confiere prestigio alguno al beneficiario

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Una de las más sólidas fijaciones de los políticos de estas ínsulas es el nombre de las calles. Consecuencia de un afán bautismal desmedido, grupos municipales, insulares y parlamentarios proponen con frecuencia que se perpetúe la memoria de algún personaje más o menos célebre en algún lugar más o menos significativo de pueblos o ciudades del archipiélago.

En ocasiones, en lugar de meras vías urbanas, entran en el juego parques, colegios, institutos, centros culturales, auditorios, polideportivos y todos aquellos espacios públicos susceptibles de albergar una placa conmemorativa. Por ello, que alguien propusiera dedicarle una calle al líder independentista Antonio Cubillo, fallecido el año pasado, era cuestión de tiempo. Y también lo era la agria polémica que seguiría a la propuesta.

El caso es que, como en tantos otros ámbitos de la cotidianeidad, la toponimia nos la tomamos demasiado en serio, como si nos fuera la vida en ello, cuando a estas alturas se ha quedado en un mero trámite administrativo. Los premios de relumbrón, literarios, cinematográficos, científicos o de cualquier otra índole, sustentan su prestigio en el listado histórico de premiados, jamás en el galardón por sí solo, que carece de valor intrínseco. Y lo mismo ocurre con la denominación de las calles, que no deja de ser un premio a lo que se supone una trayectoria vital notable, aunque esa trayectoria se haya sustentado en cortar cientos, cuando no miles, de cabezas.

La pintoresca realidad es que la nómina de quienes han visto serigrafiados sus nombres en las vías españolas, las canarias incluidas, se ha convertido, con el paso de las décadas, en un potaje histórico donde admirables hombres de letras, científicos, pintores y, en general, gentes de bien, comparten protagonismo con sátrapas, asesinos, ladrones y toda suerte de personajes de dudosa honradez.

Los requisitos para hacerse con un lugar en el callejero municipal resultan tan ridículamente mezquinos que lograrlo no confiere prestigio alguno al beneficiario, si acaso la convicción de que sus acólitos alternan con quienes ejercen las labores del ordeno y mando.

Por ello, que una calle, un parque o una alameda lleve el nombre de Antonio Cubillo no reviste mayor importancia que la de la anécdota. Quienes aprecian en él a una figura que alcanzó una considerable relevancia en una etapa concreta de la historia de Canarias están en lo cierto, igual que quienes censuran sus prácticas terroristas y quienes entienden que su único mérito durante décadas, en plena Guerra Fría, fue servir de marioneta a los países del entorno pro soviético en sus cuitas con Occidente.

Ocurra lo que ocurra, defensores y detractores hallarán consuelo en un imaginario histórico que no diferencia entre buenos y malos.