Cultura / medio siglo de historias de cronopios y famas

Aurora Bernárdez, «cronopia» de Cortázar

Día 24/02/2012 - 18.14h

La viuda del mago literario argentino prepara un volumen con más de mil cartas inéditas del autor de «Rayuela»

ISABEL PERMUY
Aurora Bernárdez, viuda de Julio Cortázar, en la librería madrileña Centro de Arte Moderno

El 12 de febrero de 2009 se cumplieron 25 años de la muerte de Julio Cortázar en París. Este 2012 se conmemora el medio siglo de la publicación de la primera edición de sus «Historias de Cronopios y de Famas». El próximo año, cincuenta de «Rayuela»; y en 2014, el primer aniversario del nacimiento del mago literario.

Para calentar motores cortazarianos, el Centro de Arte Moderno, en Madrid, organiza un debate sobre los Cronopios y las Famas, presidido por la viuda de Cortázar, Aurora Bernárdez, que nunca ha concedido una entrevista en su vida.

También intervienen Rosalba Campra, catedrática de la Universidad de La Sapienza, Roma; Julio Ortega, catedrático de la Universidad de Brown, EE.UU., y miembro de la Cátedra Julio Cortázar; y Mariángeles Fernández, todos especialistas en la obra de Cortázar, con la siempre generosa y entrañable acogida de Claudio F Pérez Míguez y Raúl Manrique, coordinador y director del Centro.

Globos verdosos

En 1951, en el Theatre des Champs Elysées de París, Julio Cortázar asistía a un concierto de Igor Stravinsky. «Stravinskeando», Cortázar disfruta de la dirección de orquesta del maestro y del recital de Jean Cocteau, otra gran presencia en su juventud. En el entreacto, mientras los espectadores habían salido en estampida, a Cortázar le asaltan unos seres verdes, personajes indefinibles, una especie de globos verdosos muy cómicos y divertidos. Eran los Cronopios.

Medio siglo después, Aurora Bernárdez, que a sus casi 92 años viajó desde París a Madrid al homenaje, recuerda cómo Cortázar creó sus cronopios: «Él caminaba hacia el edificio de Correos y le salía una historieta cómica conforme se le iba ocurriendo. Y después armó el libro».

Aurora Bernárdez se identifica con los cronopios desde todo punto de vista. ¿Por qué mató a los cronopios su creador? Aurora Bernárdez apunta que «llegó un momento en que dijo: "Ya no" "Ya basta", no se trata de hacer de eso una Historieta, que continúa todos los meses y todos los años. Es decir, se acabó».

Aurora Bernárdez continúa trabajando sobre Julio Cortázar al pie del cañón literario. Así, junto a Carlos Álvarez prosigue la labor de estudio de los papeles cortazarianos (tras la edición de los «inesperados») y prepara una edición con mil cartas más inéditas del escritor argentino. De Álvarez dice la viuda del escritor: «Como lector de Cortázar no hay dos como Carlos, y hasta el punto lo conoce que dijo que es de esos escritores a los que uno quisiera llamar por teléfono para tomarse un café». Esta correspondencia se unirá a los cinco tomos ya publicados de las misivas de Cortázar.

Plaquitas de metal

«Ahora está internet -apunta Bernárdez-, y todo lo que no se pudo hacer hace muy pocos años ahora sí se puede. Quién podía investigar en los distintos centros americanos, en las universidades, si no se traladaba uno... El progreso tiene muchas desventajas, pero también muchas ventajas».

¿Acabará internet con la lectura? Aurora Bernárdez no lo cree: «Será otra manera de ver, pero la lectura no se acaba. Pero sí termina un mundo y el que viene... ya veremos. ¿Se imagina a la mayoría de los mortales leyendo en la cama, durante un buen rato, con una plaquita de metal? Es terrible eso».

Aurora Bernárdez es optimista: «También los placeres cambian porque ¿cómo puede pasarse de la escritura y de la lectura del manuscrito a la escritura a maquina, a la mecanografía. El papel se conserva, sí, pero la letra da otro valor afectivo. Todo suma en un objeto con el que uno tiene un contacto material, directo».

Espacios de libertad

Julio Ortega señala a ABC que Cortázar, en esta propuesta de juego de los cronopios, demuestra que el español es abrir espacios de libertad. «Cortázar manejó la lengua como una materia creativa y así entiendo Cronos (tiempo) y píos (lugar). En Uto-pia no habría lugar, y Crono-pios sería el tiempo haciéndose lugar, o creando un lugar más bien».

Cortázar habla de los cronopios como «bichos verdes y húmedos», una especie de duendes, comienzos de una magia posible, que se inmiscuyen desconsideradamente en las actividades más serias: «Bastará ver las caras de unos señores para ver de lo que son capaces esos microbios». Julio Cortázar concluía que el aire cronopio tiene que entrar en Buenos Aires sea él o cualquier otro el que abra de par en par las ventanas.

Medio siglo después siguen plenamente vigentes los Cronopios: «Son unas fuerzas traviesas, que introducen un principio de fuga en el orden de lo que él llamó después en "Rayuela" la gran costumbre».

Para Cortázar, las conductas especiales de los Cronopios eran un poco la del poeta, la del asocial, la del tipo que vive al margen de las cosas. Los Famas eran los grandes gerentes de los bancos, los presidentes de las repúblicas, la gente formal que defiende un orden, etc... Y las Esperanzas eran personajes intermedios, que están un poco a mitad de camino, y sometidas a las influencias de los Famas y de los Cronopios .

Cuando los Cronopios van de viaje encuentran los hoteles llenos, describía a sus seres verdes Julio Cortázar. Llovía a gritos y los taxis no querían llevarlos, o les cobran precios altísimos. Y sueñan toda la noches que en la ciudad hay grandes fiestas, y que ellos están invitados. Al otro día se levantan contentísimos: «Las Esperanzas, sedentarias, se dejan viajar por las cosas y los hombres, y son como las estatuas que hay que ir a ver porque ellas no se molestan...»

Cincuenta años después de soñar eses seres verdes, Cortázar sigue dando la vuelta al día en 80 mundos. Su primer recuerdo literario fue un tintero, una lapicera con pluma «cucharita» y el invierno en Banfield: fuego de salamandra y sabañones. En el atardecer de sus ocho o nueve años, Julio Cortázar habría de escribir un poema para celebrar el cumpleaños de un pariente, y un cuento sobre un perro que se llamaba Leal y que muere por salvar a una niña caída en manos de malvados raptores. Su vocación era la marina, quiso ser músico, mas no tuvo aptitudes para el solfeo (según su tía), y en cambio los sonetos le salían redondos.

A los 12 años proyectó un poema que modestamente abarcará la entera Historia de la Humanidad, y escribió las 20 páginas correspondientes a la edad de las cavernas. Cortázar leía demasiado, y el director de su Educación Primaria le hizo una ditirámbica petición la madre del genio: «¡Que le racionen los libros!» Ese día, Julio Cortázar empezó a saber que el mundo estaba, está, y estará, repleto de idiotas.

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