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El Greco: Intelectual y artista

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Día 30/04/2011 - 08.37h
¿Qué le debe El Greco a Toledo? En un número anterior de Artes&Letras Castilla-La Mancha recogíamos una idea del doctor Marañón con el argumento de que Toledo fue el ámbito propicio para que prosperara la genialidad latente del pintor. Lo que sigue es una explicación aproximada de cómo la atmósfera constituida por el entorno histórico, artístico e intelectual de la ciudad y, sobre todo, por su componente humano, fue factor decisivo para que el Greco alcanzara el cénit de su arte.
El Greco: Intelectual y artista

Cuando el Greco llega a Toledo, en 1577, el rutilar de la estrella de la ciudad, que ha dejado de ser la capital de España, languidece. Pese a ello, conserva Toledo en su seno una efervescente actividad intelectual, que es el marco adecuado para quien ha sido considerado como pintor humanista o pintor filósofo. No existen muchos testimonios que permitan afirmar irrefutablemente que el Greco participó de los círculos eruditos toledanos. Sin embargo su personalidad, orgullosamente afirmada sobre su carisma creativo y su curiosidad típicamente humanística, como bien revelan los numerosos títulos de su biblioteca personal y su propio quehacer pictórico, permite plantear hipótesis muy plausibles donde existen vacíos documentales.

Se han reconstruido los episodios veneciano y romano del artista hasta tal punto que, si los unimos al apogeo artístico de la etapa de Toledo, podemos hablar de su aproximación a los ambientes doctos como una constante de toda su vida. De hecho, es opinión común que el vínculo trabado con el toledano Luis de Castilla en Roma fue causa palmaria para que el Greco se emplazara en Toledo tras su llegada a España. Luis de Castilla, apasionado estudioso de la Antigüedad clásica, debió de gozar, por esa misma razón, de gran autoridad sobre el cretense. Y, con total seguridad, fue Luis quien abogó ante su propio hermano, Diego de Castilla, deán de la Catedral y constructor de Santo Domingo el Antiguo, para que fuera Theotocópulos el autor del retablo de tal iglesia, primer episodio de su actividad artística en Toledo. Este pasaje vivencial fue el prólogo que le permitió insertarse en los focos de la intelligentsia de la ciudad, lo que le proporcionaría la doble satisfacción de verse concernido por el refinamiento intelectual que le era propio y por una clientela acaudalada, de cuyo trato cotidiano con el cretense tenemos constancia a través de una amplia galería de retratos.

Tertulias, cenáculos y retratos

La estancia del Greco en Toledo coincidió con la conformación de varios simposios, llamados Academias –importados algunas décadas antes de la Italia de los Medicis, y con cierto auge en este tiempo en Madrid-, donde se daba cabida no solo a los juegos de ingenio y a la pericia versificadora de los participantes en las muy frecuentes justas poéticas, sino también a los debates acerca de cuestiones generales de raíz estética como la diferencia entre belleza y armonía, la incorporación de la pintura a la nómina de las artes liberales o la preponderancia, dentro de la propia arte pictórica, del color sobre el dibujo. Las más importantes de estas Academias toledanas fueron las del Conde de Fuensalida y la del Conde de Mora. Entre la nómina de asistentes a la de Fuensalida, el Duque de Estrada cita, por antonomasia, a «el pintor», lo que ha hecho admitir, de manera generalizada, que se refiere, indefectiblemente, al Greco por causa del predicamento de que gozaba ya en la sociedad de este tiempo. Algunos personajes vinculados a la Academia del Conde de Fuensalida fueron retratados individualizadamente por el Greco, como el doctor Rodrigo de la Fuente, el más prestigioso médico de su tiempo; otros, de acuerdo con la hipótesis del Dr. Marañón, figuran entre los personajes plasmados en el Entierro del Señor de Orgaz, como el poeta José de Valdivielso. Por el contrario, no contamos con confirmación expresa de la presencia del Greco en la Academia del Conde de Mora, de la que tenemos cumplida noticia a través de su secretario, el poeta Baltasar Elisio de Medinilla. Sin embargo, no es demasiado aventurado pensar en el Greco como asistente a este cenáculo cuando algunos de sus más reputados integrantes fueron retratados por él: el Museo del Prado alberga un retrato del propio Conde de Mora; otro del citado Baltasar Elisio de Medinilla; y otro más de Jerónimo de Cevallos, regidor de Toledo e ilustre orador.

Los mismos hombres de ciencia que asistían al círculo del Conde de Mora, frecuentaban el de su tío, el Cardenal Bernardo Sandoval y Rojas, en el Cigarral de Buenavista, un paradigma del ideal renacentista de la armonización del espíritu humano con la naturaleza, el muy querido tópico et in Arcadia ego. Sandoval –que debió de tener trato con el Greco, en tanto que fue retratado por Luis Tristán, el más importante discípulo de aquel- encargaría al pintor la serie del Apostolado y un Cristo Salvador, lienzos que se contaban entre las posesiones del Cardenal y que parecen ser los que hoy figuran en la Catedral de Toledo. Habida cuenta de los caracteres de ambos hombres, con una clara propensión al saber, no es extraño que su relación fuera más allá de lo puramente contractual, y que el Greco hubiera sido invitado a las tertulias del Palacio de Buenavista.

Otros personajes ilustres de la sociedad toledana retratados por el Greco fueron Rodrigo Vázquez de Arce, Presidente de los Consejos de Hacienda y de Castilla, y Antonio y Diego de Covarrubias, hijos de Alonso, el gran arquitecto, y exponentes esenciales del humanismo de Toledo.

Muchas de estas pinturas se ajustan a un esquema pictórico tan semejante –bustos sobre un fondo oscuro, luz concentrada en la cabeza, con realce de la gorguera blanca– que hay quien defiende que responden a una misma galería destinada a perpetuar, precisamente, a la intelectualidad toledana de su tiempo. En esta idea se pueden considerar también los retratos del jurista y maestrescuela de la catedral toledana Antonio de Covarrubias, que prohijó al Greco, y a quien le unió una entrañable amistad, relación que también mantuvo con Fray Hortensio Félix Paravicino, florido orador sacro, cuyo retrato se conserva en el Museo de Boston, y del que ya hemos tratado en otro artículo de esta misma serie.

Constancia documental nos ha quedado del trato, en algunos casos cotidiano y estrecho, que el cretense mantuvo con otros hombres de ciencia toledanos, como el regidor Gregorio de Angulo (el padrino de Gabriel de los Morales, primer hijo de Jorge Manuel), el teólogo Ramírez de Zayas, el canónigo de la catedral Pedro Salazar de Mendoza, los hermanos Alonso (jurista) y Eugenio de Narbona (doctor en la universidad de Toledo), Alvar Gómez de Castro (catedrático de Griego de la Universidad de Alcalá y de Griego y Retórica en el Colegio de Santa Catalina de Toledo), Alonso de Villegas y Selvago (autor de una Flos Sanctorum, título que se encontraba en la biblioteca del Greco, como veremos), Tomás Tamayo de Vargas (catedrático de la universidad de Toledo), Domingo Pérez de Ribadeneyra (abogado y relator del Consejo Arzobispal), Francisco Pantoja de Ayala (secretario del Consejo de Gobernación del arzobispado de Toledo), García de Loaysa y Girón (preceptor del futuro Felipe III, limosnero y capellán del rey).

Toledo, la historia pintada

De mención especial es digno el tratamiento que la ciudad mereció en las pinturas del cretense. La plasmación de Toledo en los lienzos del Greco tiene también una estrecha filiación humanística. Conviene recordar que la llegada del pintor a Toledo coincide con un tiempo en que estaba muy extendido el deseo de reconstruir el devenir de aquellas ciudades que, por la heterogeneidad y riqueza de su evolución, aglutinaran muchos signos de época. Y esta pasión indagatoria se erigirá en una de las prácticas más características del humanismo del XVI. Toledo, lógicamente, fue una de las urbes que más atención suscitó, y la Hystoria o Descripción de la imperial cibdad de Toledo, adonde se tocan y refieren muchas antigüedades y cosas notables de la Historia general de España de Pedro de Alcocer, uno de los primeros frutos de ese campo abonado, y referente ineludible en la producción posterior. Al nombre de Alcocer deben agregarse los del arquitecto Juan Bautista Monegro, el del también humanista Jerónimo Román de la Higuera y, muy especialmente, el de Francisco de Pisa, hombre con múltiples dignidades académicas que lo vincularon a la Universidad de Toledo, gran amigo del Greco, y, como el resto de los autores antedichos, vivamente interesado en la historia toledana. No es, por tanto, demasiado audaz la hipótesis de que el pintor accediera al conocimiento de la historia de la ciudad, como un compendio de la historia de España con raíces en la Antigüedad clásica, presentada por su gran amigo, y que plasmara esa visión sintética en algunas pinturas como Vista de Toledo y Vista y plano de Toledo.

Recordemos que es opinión de Pedro de Alcocer, al que sobre este particular sigue sin reservas Francisco de Pisa, que “por tener Roma siete montes o collados parece Toledo tener alguna semejanza con Roma y en esto ser como un rasguño suyo”. Esta universalización forzada de Toledo, elevada de manera ponderativa, por asimilación, a la categoría de eterna, bien pudo ser lo que empujara al Greco a situarla en planos secundarios de muchas de sus pinturas, ya fueran estas hagiográficas, ascensionales o evangélicas.

La biblioteca de un pensador que pinta

Otro de los aspectos que nos instan a pensar que el Greco, por personalidad, debió de frecuentar los círculos intelectuales del Toledo de su tiempo, y hasta que fue ese rasgo de la ciudad factor coadyuvante para que el artista decidiera instalarse en ella, es el de la biblioteca del pintor. Recordemos que, tras su muerte, se computaron un total de hasta 129 volúmenes en sus anaqueles, número que habla de una muy nutrida biblioteca privada, lo cual es dato clarísimo en su adscripción al elenco de los hombres de ciencia de su tiempo. La preponderancia de obras que versan sobre la cultura italiana de su época (libros de Giorgio Vasari y de Giovanni Lomazzo, entre los de teoría de las artes; de Vitruvio, Leon Battista Alberti, Sebastiano Serlio, Giacomo Vignola, de su admirado Andrea Palladio y Antonio Labacco entre los de arquitectura; de Petrarca, Ariosto o Tasso, entre los cultivadores de la literatura), y sobre la Grecia antigua (Jenofonte, Aristóteles, Demóstenes, Isócrates, Plutarco, Luciano, junto con algunos volúmenes de historia de la Antigüedad) dejan entrever un perfil humanístico fraguado también con la amalgama intelectual de autores de la Patrística como San Juan Crisóstomo, San Basilio, San Justino…, que debieron de proporcionarle una visión prístina del cristianismo, defendida como contertulio y expresada con su arte, en ocasiones, al margen de las normas de Trento. Para completar su inspiración hagiográfica, debió de serle muy útil la ya citada Flos Sanctorum del toledano Alonso de Villegas.

Todo ello nos ofrece una dimensión del Greco que sirve para aproximarnos a la complejidad de su talante como ser humano y como artista. No consideramos la existencia de polémica sobre la pertenencia del Greco a ciertos círculos sociales ni sobre el influjo de los contextos eruditos en su vida y en su obra. Se carece de documentación, pero el camino inductivo, que parte de de sus obras y de los libros que poseyó, parece acercarnos de manera verosímil a la semblanza de un hombre con una vasta cultura, que no se resignó a ser etiquetado como miembro de un gremio, sino que se ufanó de su don creativo, desarrollado y sazonado con el saber. El Greco fue un artista intelectual con plena conciencia de ser lo uno y lo otro.

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