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El balonmano le libró de pegar tiros en Yugoslavia y le enfrentó a Urdangarín

El serbio Boban Veselinovic jugó en su país en plena guerra de los Balcanes, y contra el Duque de Palma y Mikel Errekondo en España

Día 11/10/2012 - 14.06h

«¡Tiene el tiro más potente registrado en la Liga Asobal!», asegura Marko, que nació en Serbia y llegó a España con cuatro años. El joven, que ahora tiene 19, se refiere a su padre, Slobodan «Boban» Veselinovic, exjugador de la competición más importante del balonmano español que llegó a disparar en un partido un proyectil a 128 km/h. Nadie resultó herido. Boban ya no compite en la Asobal, pero sigue vinculado a este deporte como jugador en el Santoña, Cantabria. Han pasado muchos años desde aquellos primeros tiempos como balonmanista profesional en un país en el que estaba a punto de estallar una guerra fraticida que terminaría por extinguirlo.

En 1989, el año en que cayó el Muro de Berlín y empezó a resquebrajarse el resto del Telón de Acero, Boban terminó de hacer la mili en el Ejército yugoslavo y empezó a jugar en el Crvenka, un club de la región serbia de Vojvodina, en donde también se encuentra su pueblo, Stanisic. «Tenía 22 años, lo recuerdo perfectamente porque fue entonces cuando me casé con Mara», rememora. «Crvenka tenía la mejor escuela de toda Yugoslavia. De ahí han salido un montón de balonmanistas buenos, muchos de los cuales han pasado por España, como Dragan Skrbic, que estuvo en el “Barça” y en el año 2000 fue elegido mejor jugador del mundo por la Federación Internacional de Balonmano», afirma.

Veselinovic jugó después en otros dos clubes de la liga yugoslava, el Proleter Naftagas y el Vrbas Figrad, y más adelante en la liga de Macedonia, ya un país independiente donde conquistó el título con el Jaffa Promet-Resen. Pero en 1997 llegó la gran oportunidad. «Jugamos contra el Granollers en competición europea, hice dos partidos muy buenos y se fijaron en mí. Cuando me ofrecieron venir a España yo dije a todo que sí porque quería salir de Yugoslavia. De hecho llevaba tiempo intentándolo, enviaba muchos vídeos a la Bundesliga, pero como los croatas estaban mejor relacionados con los alemanes yo lo tenía difícil», cuenta Boban. Tras jugar en el Granollers, pasó por Zaragoza y, tras una breve etapa griega en la que ganó la copa con el Panellinios, acabó en el Baracaldo, donde culminó su carrera como balonmanista.

De su etapa en la Liga Asobal Veselinovic recuerda los choques con Iñaki Urdangarín, que jugaba en el «Barça», y el diputado nacional de Amaiur Mikel Errekondo, que militaba en el Portland San Antonio. «Con Errekondo tuve “problemas” sólo en el campo, porque era muy leñero. ¡Daba unos tortazos! Saltaban chispas y si te quejabas, te daba más. Pero luego, tras los partidos, era muy correcto», asegura. Por otra parte, afirma que la relación de la Infanta Cristina con el Duque de Palma promocionó notablemente el balonmano en España. «Cuando la Infanta estaba en el campo, las gradas se llenaban, y eso era bueno. Este deporte ganó en respeto y popularidad». Ahora Boban trabaja en Vizcaya en una empresa de mantenimiento, es jugador de un club de balonmano en Santoña y planea importar a España vino de las bodegas del monasterio ortodoxo de Trebinje, en Bosnia-Herzegovina.

En medio de la noche, se hizo de día

En 1991, estalló la guerra de los Balcanes. «Terminada la mili entrabas automáticamente en la reserva del Ejército, pero como yo era deportista profesional, no me cogieron», explica Veselinovic. Eso le libró de tener que pegar tiros contra los secesionistas que fueron apareciendo por todo el país. Mientras sus compatriotas se mataban en Eslovenia, Croacia y Bosnia-Herzegovina, la liga yugoslava de balonmano seguía en marcha, cada vez con menos repúblicas participantes. «En el Crvenka había jugadores de todas las nacionalidades. Un chico serbio musulmán, dos albaneses de Kosovo... Intentábamos no hablar mucho de la guerra, para que no nos afectase tanto», recuerda.

El balonmano le libró de pegar tiros en Yugoslavia y le enfrentó a Urdangarín
g. llona
Boban Veselinovic

Muy cerca de Stanisic había un hospital que atendía a los heridos que llegaban de las diferentes zonas en guerra. En la del 91 al 95 el pueblo de Boban no fue bombardeado, pero en 1999, durante la guerra de Kosovo, llegaría lo peor. «No atacaban Stanisic porque está a cinco kilómetros de Hungría, pero por las noches pasaban sobre el pueblo los misiles Tomahawk que la OTAN lanzaba desde el país vecino hacia el interior de Serbia. Yo ya me encontraba en España, pero me contaron que una noche nuestras defensas antiaéreas alcanzaron a un misil y, de repente, en Stanisic se hizo de día».

Cuando comenzó la guerra de Kosovo, los serbios no temían ser bombardeados. «Llamé por teléfono a Serbia para avisar de que estaba viendo por televisión cómo los aviones de la OTAN despegaban de la base de Aviano, en Italia, y me contestaron que no iba a haber bombardeos, que en los países aliados se emitían esas imágenes sólo para asustar a los serbios», cuenta Boban. En 1991 ya había ocurrido algo muy parecido, nadie intuyó la tragedia. «Cuando comenzó el follón en Eslovenia la gente lo veía por televisión y no lo creía. Nadie se lo esperaba. Lo que pasa ahora con Cataluña me recuerda un poco a cómo empezó todo allí», afirma.

Reconstruyendo amistades

Los antiguos enemigos se afanan ahora por volver a tejer las alianzas que antes los unían. «En el Granollers jugaba con un croata, Darko Galic. Todavía estaba muy fresco lo de la guerra, pero la relación era muy buena. ¡Aunque su mujer nos tenía un poco de miedo! Cuando nos íbamos a jugar fuera y se quedaban solas nuestras esposas, la mía iba a su casa a tomar un café y a la mujer de Galic le costaba abrir la puerta porque no se fiaba de los serbios», afirma Veselinovic. Poco a poco la tensión desapareció, y las dos mujeres se hicieron buenas amigas.

Pero Kosovo sigue pesando mucho. A pesar de que muchos radicales en su país no quieren renunciar a ningún pedazo de «la cuna de la cultura serbia», el balonmanista no cree que vaya a haber una vuelta atrás. «Lo más probable es que se separe la zona norte de la región, de mayoría serbia», cree Veselinovic. «Y yo lo único que quiero es que no haya más guerras, ya hemos sangrado bastante», confiesa. Un videojuego online mantiene a Boban unido a su tierra y al recuerdo de aquella guerra. «Serbios por una parte y albaneses por otra nos organizamos por equipos. La gente se pica si le matas, y entonces vienen los insultos. Algunos albaneses, que se identifican como si fuesen de la UÇK [guerrilla separatista albanokosovar], nos insultan porque saben serbio, pero no nos importa porque en la partida no nos ganan nunca».

Quizás el amor vuelva a unir a los exyugoslavos. «Mi hijo Marko ha conocido a través de Facebook a una chica de Split, Croacia. Ella vino aquí y les dijimos a sus padres que íbamos a cuidarla como si fuese nuestra propia hija, que no tuviesen miedo. Luego Marko fue a Split y se lo pasó muy bien», cuenta Boban. Se reconstruyen amistades, pero admite: «A algunos de mi pueblo, cuando han ido a Croacia con matrículas serbias, les han roto o quemado el coche». El balonmanista cree que empatizar con el antiguo compatriota ayudaría a eliminar el rencor, y recuerda unas palabras del Nobel de Literatura Ivo Andric: «Las penas de los otros siempre son más pequeñas que las propias, y las alegrías, mayores».

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