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Con Manuel Mur Oti desaparece un genio que anduvo suelto

Actualizado 07/08/2003 - 00:12:00
Manuel Mur Oti, en 1982
Manuel Mur Oti, en 1982
El martes falleció en Madrid Manuel Mur Oti, cineasta, poeta y novelista que transitó entre nosotros como un genio. Finalista del Nadal con «Destino negro», sin embargo fue en el cine donde su talento brilló en cintas como «La guerra empieza en Cuba», «Cielo negro», «Orgullo» y «Fedra»
Malos, no, malisímos estos últimos tiempos para la gente del cine. Grandes figuras de la pantalla universal como Peck, Hepburn, Hope; otras de la canción, como Celia Cruz; y de nuestro cine, hace unos días, Maruchi Fresno, y ahora, el realizador Manuel Mur Oti.
Manuel se ha pasado los últimos tiempos rodeado de sus recuerdos esparcidos por su casa de la calle de Santa Engracia junto a las oficinas del Race; principalmente, en el despacho de fuerte estilo español atestado de papelotes, donde sobresalían un buen número de poesías inéditas que él mismo recitaba a sus escasos visitantes y nos alentaba a que le aplaudiéramos.
No le visitaba desde hacía algunos años que fui a verle para muñirle una petición bastante delicada que, no obstante, Mur Oti concedió a otra película. Eso sí, lo hizo ante mis mismísimas barbas, asegurándome (como buen prestigitador): «Chico, aquí no se oculta nada, ¡ni los votos!» Me hablaba imitando un fuerte acento cubano, porque Manolo afirmaba que él había sido quien había enseñado a «cubanear» a los cubanos.
Se pasó toda su vida balanceándose por una cuerda en cuyos extremos, por un lado, se hallaba el genio, mientras, por otro, aparecía el pícaro.
Estaba rondando los cien años (Vigo, 1908) vividos casi todos ellos, eso sí, con fértil intensidad. Su cine siempre se realizó ante la ardiente oscuridad que sufría quien aportaba el dinero por hallarse ante un misterio del que se podía vaticinar que podrían saltar todo tipo de resultados. Pero Mur Oti siempre supo regatear con esmero a sus productores, como al poderoso Cesáreo González, para quien dirigió «Fedra», versión super libre de la tragedia de Séneca, el Joven, que llevó a la pantalla con Emma Penella, entonces la actriz en exclusiva de Cesáreo, y un jovencisímo Vicente Parra teñido de rubio platino que no se podía aguantar.
Pero a Manuel Mur Oti donde había que verlo era en su oficina-cuchitril, establecida en pleno Manhattan, dirigiendo su «Cine Spain» que distribuía las películas de Cine España en Estados Unidos; su única empleada fija era una excitante portorriqueña más descarada que la Estatua de la Libertad que, además, servía para todo. El patrocinador de «aquello» era el empresario bilbaíno Manuel Renedo, que años más tarde daría con los huesos de Espartaco Santoni en la propia cárcel, debido a los desajustes sin justificar que el olvidado Santoni ingirió en «Pepita Jímenez», la película del desaparecido Rafael Moreno Alba con Sarah Milles y Stanley Baker al frente del reparto.
Cuenta el letrado José Antonio Suárez Lozano que, en una ocasión, su padre -Suárez de la Dehesa- le envió a Nueva York para comprobar la marcha de las películas españolas en el mercado yanki y, a poco de empezar la conversación con Mur Oti, entraron en la oficina dos austeros caballeros vestidos de gris, como buenos ejecutivos, que resultaron ser inspectores del I.R.S. (Internal Revenue Service) que pretendían clarificar ciertos misterios surgidos con los impuestos de aquella pequeña entidad. Mur Oti se puso en pie de un salto y, sobre la marcha, le fue diciendo a los visitantes que se hallaban ante su abogado, que tenía todo tipo de poder para representarlo; y él, bien resuelto, hizo mutis por el foro, posiblemente se detuviera dentro de Central Park.
En contraposición a su fascinante existencia, Manuel Mur Oti llegó a ser finalista de un premio Nadal con su única novela publicada, «Destino negro», que yo sepa.
Mur Oti también encarnó un pequeño papel en «Segundo López», de Ana Mariscal, la realizadora y actriz, incomprensiblemente olvidada.
Entre los títulos que más ruido armaron, además del que Mur Oti armaba por su cuenta, deben figurar: «La guerra empieza en Cuba», «Cielo negro», «Orgullo» y «Un hombre va por el camino», entre otros.
A estas horas, cuando Mur Oti ya ha emprendido el Otro Camino que le conduce a la bien merecida eternidad, productores como Cesáreo González, Eugenio Gisbert (que puso mucho dinero para una sola película) y Vicente Casanova ya habrán empezado a prepararse para oír los geniales nuevos proyectos que les ofrecerá un genio que -eso sí- estuvo muchos años suelto en este mundo.
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