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Columnas / MONTECASSINO

Indeterminismo histórico

Resulta infantil creer que la caída de Mubarak puede reconducirse rápidamente hacia un gobierno democrático

Día 01/02/2011
NO hay nada escrito. Olvídense de aquellas malhadadas lecturas del determinismo histórico que tanto daños nos hicieron en la juventud. Hoy, aquí, en El Cairo, es más inservible si cabe. Y sin embargo muchos parecen tentados de utilizarlo para intentar entender no ya lo que pasa, sino lo que puede suceder. Yerran, sin duda, quienes creen inevitable que Egipto se precipite hacia un proceso similar al que sufrió Irán después de la caída del Sha. Y que pronto tengamos a este país, clave de la región y líder del mundo árabe, en manos de los islamistas radicales de la Hermandad Musulmana, dedicados a la creación de una república islámica. Es lógico que ese escenario siembre el terror allá donde se dibuje. Los Hermanos Musulmanes son el precedente de organizaciones similares de mucho éxito —por mucho que lo lamentemos— como son Hizbullah y Hamás en el Líbano y en Gaza. Desde hace ochenta años, este islamismo ha creado unas poderosas redes sociales y de beneficencia, tiene representación considerable en toda la geografía egipcia y mucho prestigio en las capas más bajas, urbanas y campesinas. Y está mejor organizado que ningún partido político de la oposición, y hoy puede decirse que también más que el oficialista PNB de Mubarak, que se halla estos días en plena descomposición mientras arden sus sedes. Tan lógico es que el presidente Hosni Mubarak presente la amenaza islamista como la única alternativa a su supervivencia en el poder como que los Hermanos Musulmanes nos cuenten la milonga de que «quieren una democracia laica, libre y abierta». Convendría creerles poco a ambos. Lo cierto es que hoy por hoy, en unas elecciones realmente libres, se les otorga a los Hermanos Musulmanes un techo en torno al 25 por ciento. Cierto, da mucho miedo. Pero también lo es que aglutinaría todo el voto religioso, con lo que el resto quedaría en manos de opciones políticas laicas. Y ninguna de ellas abiertamente hostil a Occidente.
Pero también resulta bastante infantil creer que la caída de Mubarak puede reconducirse rápidamente hacia un gobierno democrático con una alianza entre partidos más o menos laicos, todos ellos defensores de dichas buenas relaciones con Occidente, la libertad de mercado, la sociedad abierta. Es, sin duda, lo que pretenden los jóvenes de clase media que han sido vanguardia inicial del levantamiento estos días en las calles de El Cairo. Defienden hasta la continuidad de las buenas relaciones con Israel y, por supuesto, la seguridad del canal de Suez, dos puntos clave en los intereses occidentales en la región. Sería magnífico. Pero parece un sueño. La fórmula turca de una democracia bajo tutela del Ejército para un largo plazo parece adecuarse a los deseos de muchos, pero lo único cierto es que puede pasar todo. Incluso que Mubarak se mantenga con el apoyo del Ejército unas semanas para lograr que la estrategia del miedo y el caos le granjeen los apoyos que no tiene ahora. Pero el tiempo pasa, la tensión aumenta. Y también el desabastecimiento y el hundimiento económico de un país paralizado. Urge, por tanto, una solución, por necesidad poco amiga de las cautelas. La más terrible está en mente de todos. Sólo tranquiliza la certeza de que un baño de sangre no le puede hacer ganar mucho tiempo a Mubarak. Lo dicho sobre el determinismo histórico. Puede pasar cualquier cosa, hoy y mañana. Cierto sólo parece que Egipto, con su portentoso Ejército como árbitro, va a liderar un cambio histórico en el mundo árabe. En qué dirección, se verá.
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