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Serge Gainsbourg, el ángel caído de la «chanson»

Se cumplen veinte años de la muerte del rompedor y provocativo músico francés

Día 03/03/2011 - 13.08h

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Serge Gainsbourg era feo como un demonio, desaliñado, fumador y bebedor profesional, iba por la vida hecho un adán a la francesa (aunque era de origen ruso y judío), un «ecce homo» bohemio y «montparnasiano». Pero eso no impidió, más bien al contrario, que las mujeres se le echasen repetida y reiteradamente encima, la mayoría de las veces en el sentido literal de la palabra. Fue «crooner», fue cantautor, pianista en cabarets y clubes de la orilla izquierda del Sena, provocador a tiempo completo (ya hay que tener bemoles para poner «La Marsellesa» a ritmo de reggae, como hizo en «Aux Armes et caetera»), uno de los tipos que con más seso le ha cantado al sexo, y aunque no tocara la trompeta como su admirado Boris Vian, gran amante del jazz, de la ironía, de la mordacidad.

Serge Gainsbourg fue todo eso y más desde que naciera como Lucien Ginsburg en París el 2 de abril de 1928 hasta el 2 de marzo de 1991, cuando murió de un infarto en la Ciudad de la Luz, con el corazón hecho trizas. Y, cosas de la vida, solo, infinitamente solo, mientras su actual esposa cenaba fuera y su hija Charlotte se lo pasaba en grande en una discoteca. Una de sus musas, y la mujer que grabó la primera y desaparecida versión de «Je t’aime... moi non plus», Brigitte Bardot le lloró con sentimiento: «Tenía un físico que no le favorecía, pero un alma mucho más bella».

Serge Gainsbourg, el ángel caído de la «chanson»
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Serge y Jane, con su hija Charlotte

Hijo de exiliados rusos judíos (luego perseguidos en Francia por los nazis), que huyeron del terror bolchevique soñó, con ser pintor (Bacon era uno de sus preferidos), pero acabó dibujando un universo personalísimo, provocador, y viperino. Sus primeros discos nos hablan de alguien que, como algún admirador sugirió, escribía canciones «con la dureza de un atestado», y algunos apuntes de free jazz en discos como «Gainsbourg Confidentiel». Sin embargo, curiosamente, sus primeros éxitos vinieron en las voces de aquellos bombones franceses de los 60, Juliette Gréco, Françoise Hardy, France Gall (para la que escribió aquella maravilla popera que fue «Poupée de cire, poupée de son», con la que aquella muchachita de 16 años ganó Eurovisión en el 65), o la inglesa Petula Clark.

También con la voz de France graba «Les sucettes» (una canción a pedir de boca) y en 1967 conoce a Brigitte Bardot, para la que compone piezas de primera como «Harley Davidson», «Bonnie and Clyde» y la manoseadísima «Je t'aime... moi non plus» que hizo popular Jane Birkin. B.B. se asustó tanto después de escucharla que le pidió a Serge que la guardara en secreto. Y así fue hasta 1986 cuando en la voz de la Bardot vovlvió a convertirse en un exitazo.

Pareja de moda

Serge y Birkin se convierten durante años en una de las parejas de moda en Francia y en Europa. Y el maestro graba algunos de sus mejores álbumes: «Histoire de Melody Nelson» (1971); «Vu de l'extérieur» (1973); «Rock around the bunker» (1975); y «L'Homme à tête de chou» (1976). No es que Gainsbourg los vendiera como rosquillas, pero a la crítica y a la intelectualité le hacen tilín y se sitúan como exponentes de la vanguardia de la música francesa.

Serge Gainsbourg, el ángel caído de la «chanson»
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Serge y Jane

«Histoire de Melody Nelson» significa, por ejemplo, su acercamiento al pop sinfónico, en tanto que «Rock around the bunker» es su particular reencuentro (de chaval tuvo que llevar cosida una estrella de David) con el universo nazi del que se burla despiadadamente. Pero quedaba más. Tres años después, se le suben los humos durante una estancia en Jamaica y graba su versión en clave de reggae de «La Marsellesa», con el grupo de coristas de Bob Marley (The I Threes ) y algunos músicos de la banda de Peter Tosh.

Gainsbourg fue también de los primeros en practicar la fusión con los ritmos afrocubanos, no le hizo ascos al jazz, ni tampoco a la dirección cinematográfica, en películas en las que (siempre haciendo amigos) muestra sus preocupaciones son el incesto, la pedofilia, el exhibicionismo, la homosexualidad. También colabora con uno de los grandes grupos del rock francés del momento, Bijou, mientras los veteranos de guerra ponen precio a su cabeza por lo de «La Marsellesa».

Las noches de farra se suceden, la premeditación del tabaco, la nocturnidad de los garitos, la alevosía del alcohol que corre por sus venas a toda pastilla. La Birkin, harta, lo deja, y él lo remedia con una tal Bambou, y musicalmente hasta llega a atreverse con el hip-hop y el funk. Como hace veinte años escribía en ABC José Ignacio Sánchez Villapadierna, «en su música no cabe la síntesis, como tampoco la hubo en su vida, cada obra constituye la unidad de un momento, y su trabajo es como el de Penélope, tejiendo sin cesar en la noche».

Quienes le trataron de cerca en sus penúltimos y últimos días contaron que ya no era ni sombra de lo que fue, que parecía un fantasma, que deambulaba por el barrio como un alma en pena, que sudaba soledad, que transpiraba angustia. Se bebió media vida y se fumó la otra media. Y sí, era feo como un demonio, pero acabó por ser el ángel caído de la «chanson francesa».

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NATIVIDAD PULIDO Es uno de los artistas más singulares del Renacimiento español. Se dedicó exclusivamente a la pintura religiosa, pero fue tremendamente original

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