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¿Cuál es el verdadero legado de Osama Bin Laden?

«Hasta la muerte de Osama bin Laden, Al Qaida era no solo el núcleo fundacional sino la matriz permanente de referencia para todos los actores colectivos e individuales inmersos en el entramado del terrorismo global. No va a dejar de serlo, pero existe la posibilidad de que su centralidad se vea erosionada»

Día 04/05/2011

OSAMA bin Laden muere en un momento en el que Al Qaida parece tener objetivamente degradadas sus capacidades operativas, cuenta con un número de miembros propios que posiblemente no llegue al millar, ha visto muy aminoradas sus infraestructuras terroristas desde que se reubicó al noroeste de Pakistán y ha ido progresivamente perdiendo apoyo popular en los países con sociedades mayoritariamente musulmanas, aunque continúe siendo entre sustancial y notable en algunos de ellos. Esto ayuda a entender por qué, tras la muerte de Osama bin Laden, las expresiones de protesta y los disturbios en esos países han sido mucho más limitados en su alcance de lo que a buen seguro habría ocurrido si el líder de Al Qaida hubiera sido abatido en los años inmediatamente posteriores a los atentados del 11 de septiembre. Cabe relacionar dicho declive en los niveles de apoyo popular hacia Al Qaida y sus actividades con el hecho de que, desde al menos 2004, ha quedado de manifiesto que la inmensa mayoría de las víctimas del yihadismo global son musulmanes, a quienes los doctrinarios del terrorismo islamista negaban esa condición por no conducirse de acuerdo con la voluntad de sus dirigentes. También con el hecho de que haya habido autoridades religiosas con reconocido título cuyas voces contrarias a Al Qaida se han dejado finalmente sentir a lo largo del mundo islámico, incluyendo las de influyentes doctrinarios salafistas que en el pasado estuvieron alineados ideológicamente con esa estructura terrorista.

Ahora bien, ni Al Qaida había dejado de existir, como muchos aducían utilizando una retórica atractiva pero sin fundamento, ni va a dejar de estarlo a corto y medio plazo. Es más, a lo largo de la última década esa estructura terrorista ha dado muestras más que sobradas de su habilidad para adaptarse a circunstancias francamente adversas y ampliar su influencia más allá del sur de Asia donde se encuentra establecida. Y, además de la permisividad del entorno político y social, lo que ha permitido que Al Qaida sobreviva no es, como a menudo se aduce, su carácter descentralizado y reticular, sino, bien al contrario, su articulación jerárquica, el hecho de tratarse de una entidad organizada, dotada de liderazgo y estrategia. Por eso mismo, Al Qaida sufre un especial menoscabo con la pérdida de Osama bin Laden, el alcance simbólico de cuyo liderazgo difícilmente puede ser reemplazado. Pero Al Qaida va a continuar existiendo y contará con un nuevo emir, probablemente el egipcio Ayman al Zawahiri, que desde hace años se de-senvuelve como estratega del terrorismo global, aunque quizá no concite el mismo consenso que Osama bin Laden dentro de la propia estructura terrorista en cuya jerarquía de mando ejerce como segundo desde sus inicios, ni el asentimiento de todos los actores que, relacionados con la misma, constituyen ese polimorfo fenómeno. También hay que tener en mente a otros destacados integrantes del Majlis al Shurao consejo consultivo de Al Qaida, fundamental en la toma de decisiones y la gestión de la estructura terrorista.

Buen ejemplo de que Al Qaida mantiene su empeño de llevar a cabo atentados letales y espectaculares en las sociedades abiertas del mundo occidental es de cualquier modo que, apenas unos días antes de que su líder fuese abatido en Abbottabad, fueron detenidos en Alemania tres individuos, relacionados con el núcleo de liderazgo de Al Qaida en Pakistán, acerca de los cuales existen fundados indicios para sospechar que se preparaban para cometer atentados suicidas en dicho país. Es previsible que este tipo de noticias siga siendo recurrente en los próximos años, en el ámbito de las sociedades occidentales en general y de las europeas en particular, aunque haya países que puedan considerarse más afectados que otros. Además de Al Qaida, como fuente de amenaza terrorista para el mundo occidental, continuará existiendo el resto de los componentes de la urdimbre del terrorismo yihadista desarrollada durante la última década, paradójicamente más extendida hoy que nunca antes pese al aminoramiento de su núcleo fundacional. Esa multiplicidad de focos de la amenaza terrorista incluye escenarios, no todos ellos igualmente preocupantes, en los que se ubican, a veces compartiendo una misma demarcación y mutuamente relacionados entre sí, los otros tres grandes componentes de la urdimbre del terrorismo global, además de la propia Al Qaida. Porque el actual terrorismo global no se reduce al terrorismo de Al Qaida.

Hasta la muerte de Osama bin Laden, Al Qaida era no solo el núcleo fundacional sino la matriz permanente de referencia para todos los actores colectivos e individuales inmersos en el entramado del terrorismo global. No va a dejar de serlo, pero existe la posibilidad de que su centralidad se vea erosionada con un nuevo liderazgo de perfil inferior al de su máximo dirigente perdido. Por otra parte, a diferencia de lo que ocurría cuando se perpetraron los atentados del 11 de septiembre, hace tiempo que Al Qaida ni es la mayor de las entidades implicadas en el terrorismo yihadista ni la que más atentados idea, planifica, prepara y ejecuta por sí misma. En la urdimbre de este fenómeno, tras haber sido abatido Osama bin Laden, seguirá siendo posible distinguir cuatro grandes componentes: en primer lugar, la propia Al Qaida, ahora todavía más menoscabada, una vez privada de su líder más carismático; en segundo lugar, las extensiones territoriales que dicha estructura terrorista ha conseguido establecer, de uno u otro modo, especialmente Al Qaida en la Península Arábiga, Al Qaida en Mesopotamia y Al Qaida en el Magreb Islámico; en tercer lugar, el heterogéneo conjunto de grupos y organizaciones afines o asociadas a Al Qaida, entre las que, en estos momentos, destacarían Therik e Taliban Pakistán, Al Shabaab, Lashkar e Toiba o la Unión de Yihad Islámica; en cuarto y último lugar, las células locales e independientes constituidas de manera aparentemente espontánea, e incluso los individuos aislados que, una vez radicalizados, se plantean actuar por su cuenta.

Las amenazas que el terrorismo global plantea para distintos países o regiones del planeta dependen precisamente del modo en que eventualmente se combinen diferentes actores analíticamente adscribibles a esos distintos componentes. En los principales escenarios del terrorismo global, tanto en el sur de Asia como en Oriente Medio o el norte y este de África, donde los atentados constituyen una realidad entre frecuente y muy frecuente, se puede observar que hay actores predominantes cuyas actividades son a menudo complementadas con la acción de otros asimismo pertenecientes al mismo entramado yihadista. En las sociedades del mundo occidental, pese a que no es inusual leer o escuchar lo contrario, ni las células o grupúsculos locales independientes ni los individuos aislados son la única o más importante fuente de amenaza terrorista. Esta seguirá procediendo también de Al Qaida, aunque previsiblemente en menor proporción, y, sobre todo, de sus distintas extensiones territoriales, o de algunos de los diferentes grupos y organizaciones afines a aquella estructura terrorista. Más aún, es particularmente verosímil que, tratándose de una amenaza que tiene una doble dimensión exógena y endógena, se entremezclen actores correspondientes a dos o más de los aludidos cuatro componentes, dando como resultado una amenaza más compleja, de naturaleza compuesta. Este es el verdadero legado de Osama bin Laden.

FERNANDO REINARES ES CATEDRÁTICO EN LA UNIVERSIDAD REY JUAN CARLOS E INVESTIGADOR PRINCIPAL DEL REAL INSTITUTO ELCANO

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