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Columnas / CAMBIO DE GUARDIA

Huelga escénica

Llamamos sindicato hoy a una policía laboral. Y huelga, a un acto escénico

Día 27/09/2010
FRENTE a la trivialización de Marx por Bernstein, Rosa Luxemburgo define, en 1899, la función del sindicato obrero: ser un engranaje necesario de la reproducción del capital, que reajuste las oscilaciones salariales en la ley de la oferta y la demanda, «la cual ley no pueden los sindicatos transgredir, sino, todo lo más, hacer cumplir». Luxemburgo, que, además de su pureza revolucionaria, poseía una buena formación académica, económica sobre todo, no podía pasar por ciertas demagogias. Su argumentación es, con El Capital de Marx en la mano, irrefutable: «Si se quiere convertir a los sindicatos en medio de reducir gradualmente el beneficio a favor del salario…, esto supondrá un retroceso al estadio anterior al del gran capitalismo». Luxemburgo lo llama la rueda de Sísifo sindical: en la que absurdo y grandeza son iguales. Pero es que Luxemburgo habla de sindicatos obreros: organizaciones autónomas —y, como tales autofinanciadas por la sola cuota de sus miembros—. Para esto a lo cual designa ahora el término, ella hubiera tenido un puñado de adjetivos muy desagradables: amarillos o esquiroles, los más caritativos. No eran insultos: eran el nombre de aquellos remedos sindicales cuyas finanzas corrían a cargo de la patronal o el Estado.
En los términos marxianos que Luxemburgo restablece, la huelga es el instrumento básico de presión de un propietario (el de la fuerza de trabajo) frente a otro (el de los medios de producción), cuando éste segundo alcanza una posición lo bastante preeminente como para violar la ley del intercambio equivalente de valores, la cual, desde Adam Smith, es la clave de bóveda del capitalismo. Sindicato y huelga blindan la lógica del capital, no la destruyen: hacen entender a la parte abusiva que violar el mercado puede salir más caro que plegarse a él.
Un trastrueque esencial tiene lugar en 1905. Lenin alza constancia de su extrañeza: la huelga general revolucionaria. Y, como Lenin, también Rosa Luxemburgo ve en ella la forma que el nuevo siglo aporta al tiempo de las revoluciones: la huelga general es la antesala de la insurrección armada. Fracasará en 1905 en Rusia. Y en la misma Rusia triunfará, en 1917. Vencerá en el Berlín espartaquista. Los socialistas la ahogarán en sangre: también, la de Luxemburgo y Liebknecht. ¿Luego? Luego, empieza el largo tiempo oscuro: fascismos, estalinismo…, el naufragio de Europa. «Huelga general» será letanía de guerra fría. Pero nadie sabe ya qué significa. Su segundo adjetivo, «revolucionaria», es eludido o bien trocado en ornamento. De la antesala de la insurrección armada, a nadie se lo ocurriría ni hacer alusión tímida. En esto, llegó el 68. Y barrió las hojas muertas. La huelga general más amplia y larga de la historia desembocaba en nada. Ponía ante nuestros ojos que la retórica miente.
Enseguida dejó de haber sindicatos. Porque ya no hubo afiliados que pagaran. Mutaron en aparatos de Estado: funcionariado no exento de privilegios. Había que preservar las resonancias léxicas para que funcionaran: «sindicato» o «huelga» pasaron a significar lo contrario de cuanto significaron. Pero el peso de las palabras puede mucho. Llamamos sindicato hoy a una policía laboral. Y huelga, a un acto escénico.
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