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Virgen de agosto

«Se le llama así mismo, a María, lux oriens, luz que resplandece en el origen, cuyo foco luminoso vemos en la alborada: Stella matutina, de condición venusiana. María es la auténtica Afrodita Urania: Stella Maris, estrella del mar»

Día 22/08/2010
Las fiestas marianas siguen celebrándose. La secularización no alcanza a erradicar el poderoso arraigo de esas fiestas en un imaginario que se confunde con lo que en el siglo ilustrado se denominaba sensus communis. La Virgen de agosto es, desde luego, fiesta estacional. Todas las principales diosas de la fecundidad se conjuran en este evento que el cristianismo acertó a incorporar y sublimar.
La Asunción de María, situada en el corazón de la canícula estival, sobrevuela a su escasa base textual, únicamente relatada en los evangelios apócrifos. Joan Maragall, de quien se celebra ahora la efeméride de su nacimiento (ciento cincuenta años), dedicó un hermoso poema lírico en forma de artículo periodístico a este tema. Su catolicismo de emocionantes sesgos panteístas y paganos anticipó en ese bello artículo la hermosura del mundo que se celebra en su Cant espiritual(afirmándose en los instantes-eternidad de toda vida plena).
Uno de los grandes músicos que celebran los grandes temas marianos es el magistral Josquin des Près, que en su época —entre el siglo XIV y XV— fue comparado con Miguel Ángel. Quizás el más hermoso motete que sintetiza los grandes temas festivos de la Virgen María sea su pieza Ave María, Virgo Serena. Constituye una sorprendente síntesis de todos los principales eventos marianos en un breve texto. En las versiones discográficas no suele traspasar los seis minutos.
Esa miniatura se halla, sin embargo, plagada de episodios musicales, tantos como enunciados recorren esa urdimbre de referencias festivas de la madre de Jesús. Logra que los afectos, que el Madrigal desatará, en lugar de paralizar el ánimo se movilicen de forma dramática en una audaz declamación en la que el componente magistral parece quedar sobrepasado por el afán de conmover; y de hacerlo en forma puramente musical.
Los tres momentos retóricos propios de toda pieza bien lograda de la época, docere, movere y delectare —enseñar, conmover, deleitar—, se alternan en este magnífico motete, entrecruzándose en las distintas estrofas del mismo. Todos estos recursos concurren en la pequeña pieza. Se trata de una sinfoniettaen cinco movimientos.
La más profunda verdad del cristianismo se formula a través de un oxymoron jerárquico. Se trata del misterio de una unión audaz de máximos y mínimos; máxima exaltación hiperbólica de María y máxima humilitas. El Magnificatdel evangelio de Lucas lo expresa con sublimidad poética.
La más humilde de las mujeres, confundida en la anunciación, recatada ante el futuro embarazo, se entrega al misterio del parto y de la natividad, secundada por el prescrito ritual de la purificación. La narración se clausura con su asunción celeste.
Se van recorriendo las principales fiestas marianas: el motete es un florilegio de éstas. Primero, la Concepción virginal, luego el Nacimiento de María, la Anunciación —que lleva consigo la fecundación—, la Purificación, y por último la Asunción a los cielos como finale.
El motete es, también, un oxymoron. Es exaltante en su humildad: es María encarnada en música y en melodía; en motete. Esa kenôsis —o vaciamiento— es aludida en el episodio de la Anunciación.
El pequeño retablo incluye las principales fiestas marianas. Se destacan una tras otra en el escaso número de compases de los cinco micro-movimientos de la pieza.
Al fin se alcanza el cénit con la Asunción, un tema muy de la época: la entronización de María al subir a los cielos, ascendiendo por encima de todas las jerarquías angélicas que le rinden honor y gloria, hasta situarse junto a su Hijo.
Se recorre el relato de la vida de la Virgen, una vez formado el designio divino de la concepción. Alterna en toda la pieza la sucesión majestuosa de acordes, el contrapunto imitativo, la libre polifonía gozosa, y la alternancia de biciniae(dos voces al unísono, alternándose con otras dos). Pasajes de compleja polifonía se combinan con declamaciones homofónicas.
Como coda necesaria, una súplica lenta y meditativa da epílogo a una oración que se inició con el Ave María de la anunciación angélica, tropado con la hermosa expresión italianizante Virgo Serena. Entre ese prólogo y ese epílogo discurren los cinco movimientos de la obra, tantos como fiestas marianas.
Se advierte una intensificación dramática en esa sucesión de episodios. La infinita polifonía suspendida en un balanceo extático y visionario, propia de Ockeghem y Obrecht, asiste en piezas como ésta a un divinus influxusde movilidad y drama. El universo estático y místico de ese Renacimiento primero experimenta, de pronto, un dinamismo extraordinario.
Los cinco momentos (o movimientos) son destacados una vez transitadas las cuatro frases del exordio, compuestas en polifonía imitativa. Esos momentos de la vida de María son, dicho en latín, conceptio, nativitas, annunciatio, purificatio y assumptio.
Se destaca el drama que en esos breves movimientos se recorre: la música se ciñe a vicisitudes semejantes al ritmo teodramático del Credo, pero modulado en modesta forma mariana.
María es llamada Lucifer en el Motete de Josquin. También fue denominado así el ángel rebelde antes de su sublevación: portador de luz, Lucifer. Se le llama así mismo, a María, lux oriens, luz que resplandece en el origen, cuyo foco luminoso vemos en la alborada: Stella matutina, de condición venusiana. María es la auténtica Afrodita Urania: Stella Maris, estrella del mar.
Un copista del texto de San Jerónimo en el que indaga la etimología del nombre de María (illuminatrix domina, mare amarum; «mirra del mar» —una resina—; o bien stilla maris) confundió stilla maris, gota del mar, por stella maris, estrella del mar. En esa felix culpa se basa el más hermoso epíteto mariano.
El tema no fue desaprovechado por quienes combatían los excesos homiléticos del Quatrocentoen la devoción mariana (los arrebatados sermones marianos de Bernardino de Siena, por ejemplo), así como la superstición creada en torno a su invocación, y al tráfico de indulgencias suscitado en torno al culto; un culto que parecía emular el de su Hijo.
Embarazada del Sol Radiante (Padre e Hijo suyo), ilumina María a sus hijos, los exiliados hijos de Eva, de forma sideral, estelar. Y lo hace en virtud de esa luz que ella recibe (que es su Hijo), y a la que misteriosamente también concibe. Dante —y T. S. Eliot, citándolo— la llama Figlia del suo Figlio.
Por esa razón puede parecer morena. El personaje femenino confiesa, en el Cantar de los cantares: nigra sum, sed formosa. La tradición asimiló esa maravillosa y desenvuelta joven con María. Eso explica quizás la representación de la «virgen negra» que invadió, en buena exégesis mariana, el occidente cristiano en la Alta Edad Media: Chestokhowa en Polonia, Virgen del Sagrario en Toledo, Virgen de Montserrat en Cataluña.
Pero lo más intenso del motete se reserva para la inflexión que invierte el ritmo: de la natividad, anunciación y purificación hacia la asunción. Se trata de la epistrofé de María: su retorno a los cielos. Toda la obra va recorriendo las cuatro escenas anteriores como preparación de este climax dramático final. Ese es el instante festivo que celebramos en el corazón batiente de este actual mes de agosto.
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