María Antonieta, Sissi y otras soberanas marcadas por la tragedia
María Antonieta, en un retrato realizado por Élisabeth Vigée Le Brun en 1783 - ABC

María Antonieta, Sissi y otras soberanas marcadas por la tragedia

La escritora Cristina Morató descubre el lado más humano de mujeres que fueron maltratadas por la historia en «Reinas malditas»

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La escritora Cristina Morató descubre el lado más humano de mujeres que fueron maltratadas por la historia en «Reinas malditas»

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  1. María Antonieta

    María Antonieta, en un retrato realizado por Élisabeth Vigée Le Brun en 1783
    María Antonieta, en un retrato realizado por Élisabeth Vigée Le Brun en 1783 - ABC

    María Antonieta nació el día de los Difuntos, por lo que desde muy joven pensó que su vida estaba marcada por la tragedia. Al año de nacer, su madre, María Teresa (quien dirigió con mano de hierro el Imperio austríaco), dijo: «Han nacido para obedecer y deben aprender a hacerlo a su debido tiempo». Según cuenta Cristina Morató en «Reinas malditas» (Plaza & Janés), la imagen de María Antonieta como soberana de Francia «tenía que ser impecable y acorde con su rango».

    De hecho, la reina «se convirtió muy pronto en la mejor representante de la moda Rococó que, además, de prestigio, dio buenos beneficios económicos a la capital francesa». Cuando la soberana llega al complejo de Versalles queda maravillada por su opulencia, pero tras la maternidad María Antonieta se alejó de los excesos y decidió ocuparse personalmente de sus hijos. Al final de sus días, fue declarada culpable de traición y murió en la guillotina. No había cumplido los 40, pero sabía que «en la desgracia descubres tu auténtica naturaleza».

  2. Emperatriz Sissi

    Isabel de Baviera, la famosa Sisi, retratada por Francisco Javier Winterhalter en 1865
    Isabel de Baviera, la famosa Sisi, retratada por Francisco Javier Winterhalter en 1865 - ABC

    «No me quedó otro remedio que vivir como una ermitaña. En el gran mundo me persiguieron y me juzgaron mal, me hirieron y me calumniaron tanto... Y sin embargo, Dios, que ve en mi alma, sabe que jamás le hice daño a nadie. Esta confesión de Isabel de Baviera (la famosa Emperatriz Sissi) a su profesor de griego recogida por Cristina Morató en «Reinas malditas» resume a la perfección la vida de esta soberana. Aunque su hermana mayor era la destinada a casarse con Francisco José, emperador de Austria, éste se prendó de Sissi. Pese a que nadie entendía lo que vio en «aquella princesa bávara de quince años, tan delgada y poco desarrollada, de mirada melancólica, que parecía una colegiala», Francisco José la amó hasta el día de su muerte. Una de las grandes pasiones de Sissi era la equitación, que practicaba casi a diario; de hecho, en su palacio húngaro montó una pista de circo donde aprendió acrobacias. Pese al amor del emperador, la vida de Sissi estuvo marcada por las desgracias y, sobre todo, por su salud. Y es que la emperatriz padecía anorexia. El suicidio de su hijo Rodolfo supuso el golpe definitivo para su maltrecho ánimo: «Tras la tragedia, repartió sus joyas entre sus damas más fieles, se vistió para siempre de luto y prohibió que la retrataran».

  3. Alejandra Romanov

    Alejandra Romanov
    Alejandra Romanov - George Grantham Bain collection

    Alejandra Romanov, la última zarina de Rusia, nació el 6 de junio de 1872 en Alemania. La pequeña, «una niña rolliza de ojos azules y cabellos dorados», fue bautizada con el nombre de las hijas de su abuela, la reina Victoria: Victoria Alicia Elena Luisa Beatriz. A finales de 1891, Nicolás escribía en su diario: «Mi sueño es casarme, algún día, con Alix (siempre se la conoció como princesa Alix de Hesse). La amo desde hace mucho tiempo». Nicolás era correspondido por Alix, aunque la abuela de ésta despreciaba a los Romanov, a quienes consideraba «moralmente corruptos, falsos y arrogantes». Contrajeron matrimonio y en 1903 tuvo lugar el último gran baile de la Rusia imperial: «La mecha de la revolución no tardaría en encenderse y sacudir los cimientos del imperio». Forzado a abdicar tras el estallido de la revolución, el zar y su familia fueron puestos bajo arresto domiciliario. Murieron asesinados brutalmente por los bolcheviques.

  4. Eugenia de Montijo

    La emperatriz Eugenia de Montijo, retratada por Franz Xaver Winterhalter
    La emperatriz Eugenia de Montijo, retratada por Franz Xaver Winterhalter - ABC

    «Hago lo que puedo, pero no me quieren. Soy una extranjera. Los franceses no se lo perdonan a sus soberanas... ¡Si supieran lo que daría para que me amaran de verdad! ¡Solo el cariño de los pueblos puede pagar a los soberanos, porque su vida es muy árida! ¡Si pudiesen dejar de llamarme la española! ¡La austríaca! ¡La española! Esas palabras son las que matan a una dinastía». Con estas palabras, pronunciadas por Eugenia de Montijo en el Palacio de las Tullerías de París en 1867, comienza Cristina Morató su perfil sobre la soberana, que vino al mundo el 5 de mayo de 1826. A la joven Eugenia «no le faltaban pretendientes», pero del selecto grupo de solteros que la frecuentaban ella se había enamorado de Jacobo Fitz-James Stuart, duque de Alba y de Berwick. Su sueño será breve, porque su madre había decidido emparentar a su hija Paca, la predilecta, con la Casa de Alba. El enlace entre Francisca y Jacobo tuvo lugar el 14 de febrero de 1844. Sin embargo, la vida le deparaba a Eugenia una sorpresa mayor: el 22 de enero de 1853, tras muchas idas y venidas, Napoleón III anunciaba su compromiso oficial con Eugenia de Montijo, condesa de Teba. Se casaron el 30 de enero de 1853 en Notre Dame. Fue un matrimonio desdichado, marcado por las infidelidades de él. Eugenia representó con dignidad el papel de emperatriz en el marco del palacio de las Tullerías, que intentaba imitar la grandeza del antiguo Imperio napoleónico. Una vez fallecidos su marido, su hijo y su hermana Paca, las personas que más quería, «ya solo viviría como guardiana de sus tumbas». La noble dama granadina falleció a los 94 años y fue enterrada en la cripta de Saint-Michel.

  5. Victoria de Inglaterra

    La reina Victoria de Inglaterra, retratada en 1875
    La reina Victoria de Inglaterra, retratada en 1875 - ABC

    Victoria de Inglaterra fue consciente de su destino a la temprana edad de doce años cuando, en clase de Historia, descubrió, mientras estudiaba su árbol genealógico, que si su tío Guillermo IV fallecía ella le sucedería en el trono. Tras permanecer un rato en silencio, le dijo a su institutriz: «Seré buena». Así, según Cristina Morató, «puso de manifiesto su madurez, seguridad y humildad, cualidades que dominarían su largo y próspero reinado». Hasta que cumplió 18 años, Victoria durmió en la misma habitación que su madre por temor a que fuera asesinada o secuestrada. Ese mismo año, se convirtió en reina de Inglaterra y desde el primer momento sorprendió «por su sensatez y prudencia». Victoria de Kent se casó con el príncipe Alberto el 10 de febrero de 1840. Alberto siempre fue fiel a su esposa quien, a su muerte, «encontró en John Brown la paz y la protección para superar su depresión». «Murió en plena gloria», siendo la reina de Gran Bretaña e Irlanda, de todas sus colonias y emperatriz de la India.

  6. Cristina de Suecia

    Cristina de Suecia
    Cristina de Suecia - ABC

    Cristina de Suecia heredó el trono tras la muerte de su padre, Gustavo II Adolfo. Ella tenía solo seis años. En Europa era admirada por su brillante erudición y, según recoge «Reinas malditas», «apoyó a intelectuales, reunió una magnífica biblioteca y se entusiasmó por la pintura y la literatura españolas». Fue siempre una mujer adelantada a su tiempo, extravagante y rebelde. Su determinación de no casarse, unida a la decisión de abdicar y convertirse al catolicismo (su amigo Felipe IV intercedió ante el Vaticano para que pudiera alojarse en Roma), provocó una fuerte conmoción en toda Europa y en su propio reino. Aunque dejó escrito que deseaba ser enterrada en el Panteón de Roma, sus restos descansan en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, un honor reservado solo a los Papas y a muy pocos reyes. Su lema siempre fue: «He nacido libre, he vivido libre y moriré libre».