¿Pescado de captura o de cultivo? Por qué la pregunta ya no es cuál es mejor, sino cómo se complementan
Al echar un vistazo en la pescadería, no solo valoramos qué nos apetece y el precio del producto, sino también su procedencia. Lejos de mitos y prejuicios, acuicultura y pesca extractiva se alían para asegurar el suministro de pescado con excelente calidad, sabor y aporte nutricional.
El mundo de la alimentación está rodeado de mitos. Que si la fruta es mala por la noche, que si el huevo tiene mucho colesterol, que si no bebes el zumo rápido se le van las vitaminas… Todas ellas creencias arraigadas en el imaginario colectivo que, en realidad, no tienen ningún fundamento.
Esto nos lleva a otra especie de dicotomía a la que parece que se enfrentan los consumidores al llegar a la pescadería: ¿pescado silvestre o de acuicultura? Esta incógnita se plantea como si ambos fuesen opuestos, pero ha llegado el momento de reformular la pregunta. El verdadero quid de la cuestión no está en cuál es mejor, sino en qué aporta cada uno y cómo se complementan entre sí.
En un contexto de creciente demanda mundial de alimentos y ante la acuciante necesidad de preservar los recursos naturales, compaginar diferentes vías para obtener comida redunda en seguridad alimentaria, cuidado del medio ambiente y también beneficio nutricional. Del mismo modo que necesitamos la ganadería y la agricultura, la acuicultura rema en favor del aseguramiento alimentario global sin comprometer los recursos naturales del planeta. Pero, más allá de la sostenibilidad de esta práctica, en España la acuicultura también destaca por su calidad nutricional, su frescura, su trazabilidad y su sabor.
Dos métodos que forman una sinergia por el abastecimiento de pescado de calidad
Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en 2022 la acuicultura superó por primera vez a la pesca extractiva como principal productora mundial de animales acuáticos. Esto no significa que la pesca extractiva esté en declive, sino que la acuicultura lleva décadas progresando y creciendo para asegurar, de manera conjunta, el sustento alimentario de una población mundial que no deja de aumentar.
Se trata de una cuestión de equilibrio. Los mares, ríos y océanos son ecosistemas con una capacidad productiva limitada. Por su parte, la acuicultura permite cultivar especies acuáticas bajo condiciones controladas, asegurando el acceso al alimento sin depender exclusivamente de las poblaciones silvestres.
En definitiva, no se trata de sustituir una por otra, sino de diversificar las fuentes de pescado disponibles para evitar que toda la demanda recaiga en los recursos naturales, tensionándolos sin remedio. A ello se añade la disponibilidad de determinadas especies durante todo el año. En especies como la dorada o la lubina, con gran prevalencia en la acuicultura española, su cultivo permite un suministro más estable, reduciendo la dependencia de la estacionalidad o la climatología.
Los máximos estándares de sabor, seguridad y calidad
Una de las ideas preconcebidas que puede tener el consumidor es que “de cultivo” o “de cría” sea sinónimo de menor calidad nutricional o menos sabor. Pero nada más lejos de la realidad. Igual que hemos dado carpetazo a otros bulos alimenticios, toca desterrar también este.
La calidad del pescado depende de muchos factores: la especie, su alimentación, las condiciones de producción, la frescura, la conservación y el trato que recibe hasta llegar al consumidor. La acuicultura española se rige por una serie de estándares y controles minuciosos, exhaustivos y muy exigentes para certificar su calidad y su seguridad. Parámetros para certificar la sanidad y bienestar animal, la seguridad alimentaria, la calidad nutricional, el medio ambiente y la trazabilidad son solo algunos ejemplos.
De hecho, conviene destacar que la acuicultura española está considerada como una de las más avanzadas del mundo y es referente en materia de innovación, desarrollo científico, sostenibilidad y bienestar de los peces. Por su cultivo, la vigilancia del entorno y su alimentación controlada, donde todo se analiza y se mide al milímetro, el pescado de acuicultura española puede presumir de su calidad y seguridad, certificando las máximas garantías: está libre de anisakis y de medicamentos y, además, al crecer en entornos controlados, está muchos menos expuesto a los contaminantes ambientales.
Dando paso a la cuestión del sabor, de nuevo, no hay uno mejor que otro. El sabor y la textura de un pescado están determinados por muchos factores, entre ellos la especie, la alimentación, el tamaño, la frescura, la conservación, su contenido graso y, por supuesto, su preparación y cocción. No por elegir una especie de un método u otro está asegurado que la experiencia gastronómica sea mejor, sino que influyen muchas otras variables.
Algunas de las especies con más presencia en la dieta mediterránea en general y en la alimentación española en particular son, precisamente, grandes protagonistas de la producción acuícola española, como la dorada, la lubina, la trucha arcoíris, el rodaballo, el lenguado, la corvina y el atún rojo. La lista se completa con las anguilas, las algas y el esturión, del que procede el caviar, considerado como un producto gourmet de prestigio.
Otro argumento de peso: el valor nutricional
Si hay un ámbito en el que destaca el pescado, independientemente de su procedencia, es en su interesante perfil nutricional. El pescado es una fuente de proteína de alta calidad, fuente de ácidos grasos omega-3, vitaminas –A, D, E y grupo B– y minerales –calcio, zinc y selenio–, de modo que forman parte esencial de una alimentación saludable y equilibrada.
Pero el perfil nutricional del pescado no se determina solo por su origen, sino que entra en juego todo el contexto de su desarrollo, captura, alimentación, tratamiento, conservación y transporte. Que leas “de cría” o “de pesca extractiva” en la etiqueta de la pescadería no será sinónimo incondicional de mejor sabor, ni tampoco de mayor aporte de nutrientes.
En el caso concreto de la acuicultura española, se da la circunstancia de que las especies más cultivadas son además destacadas fuentes de ácidos grasos omega-3 y proteínas, con especial mención a la lubina, la dorada y la trucha arcoíris.
Una alianza en pro de una alimentación sostenible
La acuicultura nos aporta más del 50 % del pescado que ingerimos en todo el mundo. Un pescado que, además, es de gran calidad nutricional y organoléptica. Pero la función de la acuicultura no es únicamente la de producir pescado. Esta actividad también incentiva la economía y el empleo local, especialmente en zonas costeras y rurales.
Con todo, pesca extractiva y acuicultura comparten el noble propósito de proporcionar un alimento de elevado valor nutricional y delicioso sabor. Juntos, dan respuesta al desafío de alimentar a la población sin comprometer los recursos de la tierra ni correr el riesgo de desabastecimiento para las generaciones presentes y futuras.
Esto, para el consumidor, se traduce en un beneficio tangible tan sencillo y a la vez tan importante como seguir sirviendo en su mesa un pescado de calidad, independientemente de su procedencia.