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75º aniversario

El verdadero premio del cupón de la ONCE

Detrás del boleto que compramos con la ilusión de hacernos millonarios, están los sueños de personas que anhelan integrarse plenamente en la sociedad y, en muchos casos, recuperar la alegría de vivir

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José Ramón Cantero: «Sueño con ganar una medalla en los Juegos Paralímpicos»

José Ramón Cantero quedó entre los diez mejores nadadores en los Juegos Paralímpicos de Londres 2012- victor lerena
cristina garrido - Actualizado: Guardado en: Sociedad

Su madre le apuntó a natación con seis años para que hiciera algo de deporte sin saber que tenía un futuro campeón en casa. A los 8 años ya iba a campeonatos, con 14 viajó a Berlín con la selección española y el año pasado cumplió su sueño de ir a los Juegos Paralímpicos de Londres. Quedó entre los diez mejores. Su especialidad en la piscina son los cuatrocientos metros libres a crol.

Antes de empezar la entrevista, le pillamos «picándose» por Twitter, pero de buen rollo, con uno de los nadadores con los que competía en el Open de España este fin de semana. De todo lo que le ha dado la natación, se queda con sus compañeros. «Es con la gente que más tiempo paso, con la que salgo y me voy de fiesta, pero a lo sano», matiza.

Escribir es la otra gran pasión de este joven de 19 años, que estudia Periodismo. Tiene un blog y redacta las notas de prensa de su equipo, la Agrupación Deportiva Móstoles. Como futuro periodista, le interesa mucho cómo se utilizan las palabras, especialmente en lo que se refiere a la discapacidad: «Siempre me ha llamado la atención el lenguaje de la gente. Me fijo en cómo hablan y me hace gracia cuando conoces a alguien y no saben si decir ciego, invidente, discapacitado... como que les cuesta decirlo. O cuando te preguntan “¿has visto?” y rectifican rápidamente: “bueno, visto no..." ¡Hay que hablar normal!».

No se le pone nada por delante a este chaval de Móstoles que quedó ciego nada más nacer por un problema en el parto. La falta de oxígeno afectó al sentido de la vista. Tuvieron que operarle con dos días de vida y consiguieron salvar un 2% de su visión. En los siguientes once años, se sometió a 30 operaciones. La última, en 2011, fue un trasplante de córnea que le permite ver más del doble: un 6%. Unos porcentajes que parecerán muy pequeños, pero que no le han impedido hacer cosas muy grandes.

Fue al colegio del barrio, pero mientras sus compañeros aprendían a leer con un libro, él lo hacía en braille con la ayuda de una profesora de la ONCE. «Para mí, en tema de estudios, la ONCE lo ha sido todo. Me enseñaron a leer, me daban los libros, una máquina para escribir en braile, una telelupa... Sin esas cosas sería imposible estudiar y tener una vida medianamente normal», cuenta José, que ahora estudia la carrera con ayuda del ordenador y un lector de pantalla con un pinganillo.

Objetivo: Río de Janeiro

A pesar de su circunstancia y de las operaciones, confiesa que se ha sentido «igual que cualquier otro niño». «En mi casa me han tratado como al resto de mis hermanos y en el colegio he hecho todas las actividades. He intentado normalizarlo todo lo máximo posible porque si te encierras en un cuarto diciendo: “qué desgraciado soy” no vas a ningún sitio. Puedes llorar o aceptar lo que tienes y tirar pa'lante», cuenta.

Se considera una persona muy independiente y lleva una vida bastante frenética. Se levanta temprano para ir a la piscina a entrenar dos horas por la mañana. Cuando termina, coge el metro para ir a la universidad, que está en Fuenlabrada, vuelve a Móstoles para comer en casa, estudia hasta las ocho y vuelve a la piscina para entrenar hasta las once y media de la noche.

Durante su trayecto va solo, sin bastón y sin un can que lo guíe. «No me gusta lo del perro-guía. Soy muy de cambiar de opinión. Iba a ir a un sitio y al final voy a otro lado. No me siento responsable para tener un perro. Solo tengo disciplina en el deporte, pero en el resto...», relata riendo. En el metro se maneja bien sin ayuda. «El único problema con el transporte público es que es muy caro, pero por la movilidad no hay problema», bromea.

Se ha planteado irse a entrenar fuera de España, a Australia, donde tienen un equipo paralímpico de natación «bestial», pero de momento le ha podido más estar cerca de la familia, de los amigos y de su entrenador, «que es una de las personas que más sabe de natación de este país».

Su siguiente objetivo son los Juegos de Río de Janeiro en 2016. Su sueño por cumplir: ganar una medalla olímpica. Pero tiene los pies en la tierra. «Me gusta pensar a corto plazo. Si tienes un objetivo final, tienes que ir cumpliendo primero objetivos más pequeños».

Pilar San Martín: «Trabajar en la ONCE me ha dado la vida»

Pilar posa en el quiosco de la ONCE de Móstoles en el que trabaja- victor lerena
cristina garrido - Actualizado: Guardado en: Sociedad

«Los clientes para mí lo son todo: mi salud, mi sueldo y mi vida». La que habla con esta rotundidad es Pilar San Martín, 39 años, vendedora de cupones en un quiosco de la ONCE de Móstoles. Un trabajo que le ha devuelto la autoestima, la fuerza y la alegría de vivir, después de que a los 25 años le dieran la invalidez por sufrir una epilepsia que le provocaba muchas crisis.

En ese tiempo triste, en el que apenas salía de casa para comprar, tomar un café y hacer voluntariado en una residencia de ancianos, conoció a los trabajadores de la ONCE del municipio, que la invitaron a colaborar como voluntaria y a que echase la solicitud para conseguir un trabajo dentro de la organización.

Durante un tiempo, acompañó a los afiliados a los hospitales y siete meses después llegó el trabajo: vendedora de cupones en la puerta de un ambulatorio de Móstoles. «Empecé vendiendo media tira y acabé con seis», cuenta orgullosa. Dos años después, en 2009, le otorgaron un quiosco que iba a cerrar. Confiaron en ella para levantarlo y no se equivocaron, aunque reconoce que la crisis y el nuevo impuesto del 20% sobre los premios están afectando a la venta.

La mayoría de sus clientes de ahora lo eran ya cuando vendía en la calle. Y seguro que algo tienen que ver esos caramelitos sin azúcar que les regala cada vez que le compran un cupón. Durante la entrevista, tiene que cortar en varias ocasiones para atenderlos. «¡Son lo primero!», asegura. Allí la conocen todos, y eso le da tranquilidad porque, en caso de sufrir alguna crisis, sabe que acudirán a ayudarla. «Me mandan al mejor quiosco de Móstoles y no lo quiero, prefiero mi salud», afirma.

En los seis años que lleva vendiendo cupones, puede presumir de haber dado un premio gordo.«Hace tres años repartí 350.000 euros. Lloré, salté, llamé a mis jefes. Saber que gracias a ese premio no le embargarían a alguien la casa o la ayuda que suponía para otra mujer que tenía una pensión de 400 euros...Era como si me hubiera tocado a mí», rememora con emoción.

Para que no se acabe la suerte, los clientes le han regalado algunos amuletos que tiene dentro del quiosco: una brujita y un San Pancracio. «Cuando no me da premio, le castigo y le quito el perejil», bromea.

Javier Belaustegui: «Ahora he aprendido a disfrutar de la vida»

Javier Belaustegui se formó como quiromasajista tras perder gran parte de la visión- víctor lerena
cristina garrido - Actualizado: Guardado en: Sociedad

La vida ha puesto a prueba a Javier Belaustegui, de 64 años, en más de una ocasión. Perdió la visión tras dos accidentes laborales, pero hasta de las situaciones más complicadas puede sacarse una parte positiva: «Era el típico imbécil que no hacía más que trabajar, y ahora trabajo, pero disfruto de la vida», afirma.

Siempre ha sido un hombre «hiperactivo», no podía y no puede estarse quieto. En su antigua vida era jefe de sala de ordenadores en la Intervención General del Estado. Perdió primero el ojo izquierdo porque se le clavaron unas pavesas metálicas cuando arreglaban una avería en los armarios de seguridad. Tiempo después, falló la pata de un armario de electrónica y se le cayó encima, provocándole un doble desgarro en el otro ojo y dejándole con una visión muy reducida, apenas un 5%. A pesar de todo, siguió trabajando, aunque no sin ciertas dificultades. Fue su mujer la que le pidió que se jubilase y «cerrase ese libro».

En la ONCE le enseñaron a manejar el bastón y se le abrió un mundo. Como «rabo de lagartija» que es, se interesó por los cursos que ofrecía la organización. Siempre le había gustado dar «masajitos», así que se formó como quiromasajista y, desde hace diez años, los da en su casa. Presume de que más de uno se le ha quedado dormido en la camilla y reconoce que, a veces, también le toca hacer de «psicólogo» con los clientes.

Pero no solo tiene un don para los masajes, también aprendió a diseñar joyas. «Las alianzas de mi hijo y mi nuera se las hice yo en oro. Eso sí, la supervisión la hace mi mujer», matiza con guasa. Cuando habla de ella se le llena la boca: «Tengo la fortuna de estar al lado de una gran mujer. Es mi aire. Lo es todo para mí».

En su nueva vida, hay tiempo para el baile de los viernes, los viajes, los musicales y los largos paseos junto a ella. Hasta con el salto en paracaídas se ha atrevido. Y, aunque le regañen, en cuanto puede sigue haciendo alguna «ñapa» en casa. «Cambié la situación laboral, cerré ese capítulo y he abierto otro libro que no puedo cerrar. Estoy difrutando lo que no disfruté», confiesa.

Reconoce que ha pasado por momento muy duros, en los que la procesión ha ido por dentro. Hace año y medio tuvo que operarse porque tenía la tensión ocular muy alta y perdió el resto de visión. «Fue un trauma. Me fui para atrás», rememora con dolor. Ahora una instructora de la ONCE le está reeducando en el manejo del bastón. «Perder la visión es un porrazo bestial. Pero estoy empezando a recuperar mi buen ánimo», asegura. Y en este camino de volver a empezar, uno de los que más le está ayudando es su nieto de 4 años: «Me va contando las cosas que ve y me dice: yo te llevo, “abelo”».

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