JFK
EL ÁNGULO OSCURO

JFK

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A Kennedy lo mataron los mismos que al día siguiente lo lloraban

ERA guapo, católico y follador. No fue, desde luego, el dechado de virtudes que ciertas hagiografías han pretendido divulgar; pero tampoco, seguramente, el presidente calamitoso y zascandil que han pintado sus retratistas menos benignos. Lo aureolaba esa aristocracia de la belleza y del dinero que tanto furor (no sólo uterino) causa entre las masas; y también esa suerte de fatalismo trágico que persigue a los héroes homéricos, a quienes una flecha traidora siempre hiere en el momento más inopinado. Muchos gobernantes voluntariosos o petardos han tratado de imitarlo, en su oratoria exultante y enardecedora (y también irremediablemente vacua) o en su apostura de príncipe encantado o simpático asaltacamas; pero las imitaciones siempre se han quedado en parodia chusca o remedo grotesco.

Cincuenta años después, el magnicidio de Dallas sigue irradiando un magnetismo subyugador y venenoso –un escalofrío de mercurio en mitad de la noche– sobre quienes tratan de dilucidar el espíritu de nuestro tiempo. La imagen de John Fitzgerald Kennedy, tiroteado en la plaza Dealey, constituye el emblema más tenebroso de la democracia americana, ese punto de inflexión en el que el sueño ingenuo de una nación orgullosa de su mitología se transforma en pesadilla con hedor a letrina o sótano mal ventilado. Tal vez nunca sepamos quién asesinó a Kennedy –la mafia, los servicios secretos, la cúpula militar, los agentes anticastristas, la industria del armamento o la Policía Federal de Hoover, que grababa sus escarceos sexuales en pisos francos para chantajearlo o ponerse cachondo–, pero ya nadie cree que fuera tan sólo Lee Harvey Oswald, aquel pobre diablo empachado de lecturas marxistas, desertor del Ejército y confidente de la KGB, al que cargaron el mochuelo. El intento de dilucidar el magnicidio de Dallas ha propiciado un enjambre de hipótesis conspiranoicas de la más diversa laya que siempe eluden el hecho fundamental; y es que, a la postre, a Kennedy lo asesinó la democracia misma, que como todas las religiones –y sucedáneos religiosos– requiere sus víctimas propiciatorias, su porción de sangre derramada en los altares. A Kennedy lo mataron los mismos que al día siguiente lo lloraban; y, de este modo, las pasiones más innobles del vulgo –el resentimiento hacia el guapito de cara vástago de una familia de millonetis, la envidia hacia el mujeriego tarambana que se había pasado por la piedra a las tías más buenorras del planeta– pudieron lavarse en sangre y sublimarse luctuosamente, como siempre ocurre en las tragedias griegas. Es probable que el brazo ejecutor de ese crimen colectivo fuera la mafia, a la que JFK había declarado la guerra; o los halcones del Pentágono, que sabían de su propósito de retirar las tropas del Vietnam y de «descongelar» la Guerra Fría; o los anticomunistas furibundos que atribuían a sus titubeos el fiasco de Bahía Cochinos... pero todo este pandemónium de intereses sórdidos, que acaso dentro de cincuenta o dos mil años logren desembrollar los historiadores, no basta para ocultar un hecho más gigantesco: las religiones –y los sucedános religiosos– se fundan sobre un sacrificio; y la democracia americana necesitaba la sangre de Kennedy –como Saturno necesitaba la sangre de sus hijos– para seguir manteniendo la credulidad de sus prosélitos.

Los murciélagos que, desde las alcantarillas del poder, planearon aquel magnicidio que detuvo los relojes y la órbita de los planetas sabían perfectamente lo que hacían: estaban salvando la democracia americana, abasteciéndola con un mártir cuya rememoración alimentaría a las generaciones venideras.