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GMV, el cerebro español detrás del control en tierra de Galileo
En la carrera por la soberanía tecnológica en navegación por satélite, Europa cuenta con un ecosistema formado por instituciones como la ESA y la EUSPA, junto con una amplia red de empresas y proveedores tecnológicos, que hacen posible programas complejos como Galileo. Entre ellas destaca GMV, la tecnológica con sello español que juega un papel fundamental en el control en tierra de la constelación.
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Cuando abres Google Maps para orientarte o calcular una ruta, nunca piensas que estás utilizando una tecnología de precisión que también sostiene la sincronización de redes eléctricas, el tráfico marítimo y aéreo, la logística o las operaciones financieras. Todas estas actividades dependen de sistemas de posicionamiento y tiempo extremadamente precisos, basados en señales emitidas por satélites que orbitan la Tierra.
Así, cada vez que un dispositivo, desde un teléfono móvil hasta un sistema industrial, calcula su posición, está utilizando esa información para determinar con precisión dónde se encuentra y en qué momento opera. Lo hace gracias a sistemas de navegación por satélite como GPS, el más conocido, y Galileo, desarrollado por Europa para ofrecer un servicio civil, preciso e independiente, que no sería posible sin un cerebro en tierra que supervisa su funcionamiento de forma continua.
"El centro de control de segmento terreno nos sirve para comunicarnos con los satélites", resume Mónica Jiménez, ingeniera informática y responsable del equipo de software para el segmento de control terreno de sistemas de navegación de GMV, quien explica que desde este centro los equipos reciben la telemetría, “el conjunto de datos que envían los satélites”, y analizan su estado para comprobar que funcionan correctamente y mantienen su posición. “Si todo es correcto, el sistema sigue operando con normalidad; si no, hay que intervenir realizando maniobras, enviando comandos o ajustando parámetros como el reloj de a bordo”, apunta Jiménez. “Somos como el mando a distancia que permite controlar la flota de 38 satélites de la constelación Galileo”, destaca la experta de GMV.
El segmento de control en tierra o GCS (Ground Control Segment, por sus siglas en inglés), por tanto, es esencial para garantizar la continuidad y la precisión de Galileo. No solo “habla” con los satélites, sino que realiza todas las funciones necesarias para mantener el correcto funcionamiento de toda la constelación.
Sin este sistema, la constelación perdería progresivamente su estabilidad. “Los satélites dejarían de mantener su posición y orientación, sus relojes atómicos se desincronizarían y la precisión del servicio se degradaría”, advierte Jiménez. Con el tiempo, la señal dejaría de ser fiable y los dispositivos en tierra ya no podrían calcular su posición con exactitud, como ocurre cuando se pierde la cobertura en un túnel.
GCS, una pieza clave para que todo funcione
Que aplicaciones como Google Maps dejaran de funcionar correctamente sería solo una de las consecuencias más visibles. La degradación del servicio provocaría desajustes en la distribución de energía, fallos en redes móviles o errores en el registro de operaciones.
Por eso, la labor de las más de 300 personas y las decenas de organizaciones implicadas en el GCS es fundamental. Se trata de un trabajo coral, en el que GMV, desde 2018, actúa como contratista principal del segmento de control. Ejerce, en definitiva, como un director de orquesta y su papel abarca desde el diseño de la arquitectura del sistema, hasta la adquisición del hardware, la configuración de redes, la integración de aplicaciones y la validación de que todos los elementos funcionan de forma conjunta. Y cuenta, además, con un equipo dedicado a la ciberseguridad que garantiza la integridad del sistema, a través de análisis continuos y correcciones de vulnerabilidades.
Todo un engranaje en el que cada pieza es fundamental para que todo funcione con precisión. Una de esas piezas es el equipo que lidera Jiménez, que “se encarga de construir la infraestructura sobre la que funciona todo el sistema”. Para entenderlo de forma sencilla, sería como preparar el sistema operativo de un ordenador antes de instalar cualquier programa, desde configurar usuarios, hasta la seguridad, backup y herramientas básicas para que después puedan ejecutarse las aplicaciones.
En el caso del GCS, además, ese proceso está automatizado. “No vamos al centro de control a configurarlo todo manualmente, sino que le proporcionamos las herramientas para que otros puedan desplegarlo e instalarlo”, resume la responsable de GMV. Su equipo también desarrolla aplicaciones propias, como sistemas de monitorización o gestión del archivado de datos, y presta soporte cuando surgen incidencias durante la operación.
“En el GCS hay un equipo de operaciones que está las 24 horas, los 7 días de la semana, organizado en turnos y reforzado en momentos clave como campañas o lanzamientos, que usa las herramientas aportadas en el centro de control para automatizar parte de los procesos de operaciones o realizar otras actividades más críticas”, apunta Jiménez. Como ejemplos, la experta señala algunas situaciones de especial tensión, como fallos críticos en sistemas, actualizaciones de software de a bordo, ajustes en la orientación de los satélites o incluso maniobras para evitar una colisión. De ahí surge la necesidad de una operación continua.
Este trabajo constante se articula a través de un “plan de contactos”, que calcula cuándo cada satélite entra en el rango de visión de las estaciones terrestres, “que son las grandes antenas repartidas por todo el planeta”. Es en esos minutos cuando se produce la “conversación” entre el satélite y el segmento de control terreno. Durante esa conexión, el satélite envía sus datos, se comprueba que todo funciona correctamente y, si es necesario, se interviene para corregir cualquier desviación. Todo con un objetivo: garantizar que el servicio nunca se interrumpa.
El equipo de Jiménez, y en general la empresa española GMV, son fundamentales en el desarrollo de Galileo. Tanto es así, que GMV lleva colaborando con este proyecto de forma relevante desde los primeros estudios que exploraron su viabilidad. Un papel que dio un salto clave en 2018, cuando la compañía se convirtió en contratista principal del segmento de control terreno. Aquel contrato supuso un hito en el ámbito espacial para una empresa española. Y su liderazgo se ha ido consolidando con nuevos proyectos, como el contrato adjudicado en 2023 por la Agencia Espacial Europea para el desarrollo del segmento terreno de la segunda generación de Galileo (G2G). Esta nueva fase incorporará mejoras en seguridad, precisión y estabilidad, además de nuevas capacidades como la comunicación entre satélites y la posibilidad de operar sin necesidad de visibilidad directa continua con estaciones en tierra.
Galileo, uno de los sistemas de navegación por satélite más precisos
Galileo es uno de los sistemas de navegación por satélite más precisos y avanzados del mundo, y el único desarrollado en origen con un enfoque plenamente civil. Entre sus prestaciones destaca el servicio de búsqueda y rescate (SAR). “Es uno de los servicios más diferenciadores”, explica Mónica Jiménez. “Funciona a partir de balizas de emergencia que, en caso de accidente, envían una señal con la posición exacta a centros de rescate para activar la ayuda, y responde al usuario con la confirmación de que el rescate está en marcha”.
El avance de esta tecnología es imparable. “Ya lo estamos viendo, por ejemplo, con el desarrollo de la conducción autónoma”, apunta la experta, “y seguirá evolucionando con nuevas aplicaciones que van más allá de la regulación del tráfico y que acabarán configurando nuestras ciudades”, gracias a la tecnología desarrollada en empresas como GMV.
Para Mónica, trabajar en el sector espacial y en proyectos como este va mucho más allá del reto tecnológico: “implica formar parte de sistemas extremadamente complejos, con largos ciclos de desarrollo y en los que cada detalle cuenta, pero cuyo impacto es directo en la vida cotidiana de millones de personas”. Esa combinación de exigencia técnica y utilidad real es, precisamente, lo que más le motiva. Como reconoce, a menudo no somos conscientes de todo lo que hay detrás de servicios que usamos a diario, pero participar en su desarrollo permite “tomar perspectiva y entender la magnitud de lo que estamos construyendo: infraestructuras críticas, invisibles para el usuario, pero esenciales para que todo funcione”.