Pedro Duque, Ministro de Ciencia, Innovación y Universidades

TribunaSigamos siendo exploradores: Volver a la Luna para llegar a Marte

«Mi objetivo es que un europeo forme parte de la tripulación al planeta rojo. ¿Por qué no una española?»

Tenía 6 años cuando Neil Armstrong y Buzz Aldrin pisaron la Luna, apoyados por Michael Collins desde la órbita lunar. Recuerdo estar pendiente de una televisión en blanco y negro, imagino que en diferido, con la crónica de Jesús Hermida. Y, como creo que les pasó a todos los niños del mundo, ese día quise ser astronauta. La hazaña del alunizaje, colosal, única, se acompañó de una campaña de comunicación de una magnitud similar, para que todo el mundo participara y viera quién ostentaba la supremacía tecnológica.

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Han pasado cincuenta años de ese día histórico. Tras el primero vinieron otros seis viajes, cinco de los cuales consiguieron el alunizaje, dentro del ambicioso programa Apolo impulsado por Kennedy. Estados Unidos ganó plenamente la que aún llamamos «carrera espacial» a la Unión Soviética, consiguiendo una victoria tecnológica, política y moral. Muchos años duró el efecto de estas hazañas: durante décadas los productos americanos han tenido ventajas innovadoras, pero también en términos comerciales, por asociarse con el programa Apolo. No en vano los estudios económicos suelen asociar unos retornos de 5-6 veces a las inversiones realizadas en el espacio. Es decir, las ventajas económicas generadas retornan a las arcas públicas en forma de impuestos, en un plazo razonable, el quíntuplo de lo gastado por el Estado en cuestión.

Y, sin embargo, una vez se plantó la bandera de las barras y las estrellas y con el presidente Kennedy trágicamente desaparecido, los gobiernos de EE.UU. redujeron drásticamente el presupuesto de NASA y en 1972 se produjo el último alunizaje, fecha en la cual los recursos ya habían bajado a la quinta parte. En términos reales, nunca se han recuperado. Dos cohetes Saturno capaces de alcanzar la Luna quedaron sin poderse usar, y ahora descansan en sendos hangares-museo en Houston y en Cabo Cañaveral. Y tan simple es la respuesta a la pregunta: ¿por qué no hemos vuelto? Porque el dinero se empleó en otras cosas, muy notablemente en la campaña de Vietnam.

La exploración debe continuar

Incluso a mí me gusta plantearlo de esta otra manera: la exploración va a continuar, y solo falta decidir qué país será el que consiga las próximas hazañas. Los beneficios de ponerse por delante volverán a ser enormes, no solo por el arrastre que una tal empresa tiene en la ilusión y dedicación de científicos y técnicos, que dará lugar a décadas de ventaja en innovaciones, en productos competitivos y rompedores. También se recogerán frutos políticos, y desde luego quien decida no participar quedará como una sociedad decadente a los ojos del resto del mundo y, quizá más importante, a los ojos de sus propios habitantes, particularmente su juventud.

La siguiente pregunta es obligada: ¿qué posición tiene Europa, y España en ella? Curiosamente, la participación de España fue muy destacada durante el programa Apolo, no por las inversiones propias, sino porque nuestra localización geográfica hizo que una de las tres estaciones de seguimiento usadas para los alunizajes se situara cerca de Fresnedillas de la Oliva, en la provincia de Madrid. En Robledo de Chavela hay aún otra que recoge la señal de los satélites americanos que vuelan lejos de la Tierra.

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Los VIPS del espacio
Textos: Gonzalo López Sánchez / Infografía ABC: JdVelasco

Durante estas cinco décadas Europa ha hecho inversiones en tecnología espacial, aunque bastante menores, una décima parte de las de EE.UU. Sin embargo, la Agencia Europea del Espacio (ESA) ha conseguido eficiencias notables y posicionar a las empresas europeas y a sus profesionales a una altura similar a sus homólogos, eligiendo programas y tecnologías sin pretender abarcar todo. En concreto, nuestra participación en los programas de vuelos tripulados ha sido relativamente modesta.

Todos hemos sido testigos del anuncio hecho desde Washington de una fuerte aceleración en sus programas de exploración, con unos planes de alunizar de nuevo en solo cinco años y luego llegar a Marte. El otro día estuve reunido con el Administrador de la NASA para ver cómo pudiera participar Europa en estos planes, ya que España preside en este período el Consejo de la ESA y nos toca organizar la conferencia ministerial en Sevilla este noviembre y poner de acuerdo a todos los países en qué inversiones realizaremos. NASA confía mucho en ESA y nos ofrecen participar en varios elementos, pero nuestra inversión es mucho menor y esto se reflejará por supuesto en las ventajas que podamos conseguir. Confieso mi objetivo, quizá utópico: llegar a la inversión suficiente para merecer que una persona europea forme parte de la primera tripulación a Marte. ¿Por qué no una española?

Para estar delante, España debe apostar más por ciencia y tecnología. La apuesta del gobierno por gestionar la universidad junto con la ciencia y la innovación es importante y debe tener continuidad en el tiempo para dar sus frutos. Debemos ser conscientes de que la futura prosperidad de España está unida al esfuerzo que pongamos en conocimiento e innovación: aprovechar los talentos mejores en la universidad sea cual sea su extracción social o económica, investigar para poder enseñar mejor, dotar centros punteros en áreas prioritarias, promover empresas de base tecnológica rápida y eficazmente... Por encima de las discrepancias ideológicas, debemos ser capaces de acordar mayores inversiones en conocimiento pensando en las siguientes generaciones.

Cincuenta años más tarde, y aunque la mayoría de la gente no viviera el hito de 1969, este todavía tiene una valiosa lección que enseñar a las nuevas generaciones. Cuando escribo esto, acabo de subirme a un avión volviendo de la reunión de ministros de investigación e innovación de Europa, en la cual hemos tratado el nuevo programa de «misiones». Fue tal el éxito del Apolo, que ahora llamamos así a grandes inversiones con objetivos concretos de investigación y tecnología, tratando de capturar la ilusión de aquellos años. En Estados Unidos son aún más concretos: ¡Lo llaman «moonshot»! El descifrado del genoma humano se consiguió con un programa de este tipo.

¿Seremos nosotros mismos protagonistas del próximo «tiro a la luna»? Está a nuestro alcance, démosles esa posibilidad a nuestros hijos.