Grandela (izquierda) y González Pintado (derecha) en la estación de Robledo. . J.M. GRANDELA

La participación española«Cuando Armstrong cambió el lugar del alunizaje dejamos de respirar»

Estos dos antiguos ingenieros de Robledo de Chavela, entonces veinteañeros, recibieron la señal del Águila antes que Houston

Es curioso. A pesar de que han pasado 50 años, lo recuerdo como si hubiese sido hace una semana. Y cada vez rememoro más y más sensaciones de aquellos días». Al teléfono habla Carlos González Pintado, ingeniero del complejo de Comunicaciones Espaciales de Robledo de Chavela durante 43 años y del que se despidió hace poco como jefe de operaciones y subdirector de las instalaciones. Dos décadas antes, con 22 años, fue uno de los pocos privilegiados en escuchar antes que nadie incluso que Houston la primera comunicación de la humanidad desde otro mundo. Y no fue el único español: su compañero José Manuel Grandela, con una edad similar a la de González, era el técnico encargado de las comunicaciones entre la antena de Fresnedillas y el centro de Robledo, dos instalaciones clave para la que, hasta ahora, es la última gran conquista del ser humano: la Luna.

Para la misión Apolo 11, la NASA dividió la Tierra en tres gajos desde los que «mirar» el primer viaje para tocar nuestro satélite. Uno estaría controlado por la estación de seguimiento de Golsdtone (California, EE.UU.), otro por las instalaciones de Honeysuckle Creek (cerca a Camberra, Australia), y el último, y no menos importante, en manos de Fresnedillas de Oliva (Madrid) dependiente del centro de Robledo. Para que todo saliera bien, reclutaron para las bases de la Península a decenas de personas, la mayoría estadounidenses y exmilitares. «Al principio, entre los técnicos seríamos solo 7 u 8 españoles de unos 120», rememora Grandela. Gonzalez Pintado y él vieron un anuncio de la NASA que pedían técnicos con conocimientos de ingeniería y nivel fluido de inglés. Los dos cumplían los requisitos, pero ninguno imaginaba que participaría en la llegada del hombre a la Luna.

«Semejante fregado»

Ahora me parece mentira haberme metido en semejante fregado», dice Grandela medio en serio medio en broma. Y lo dice con conocimiento de causa: el papel de las antenas españolas sería crítico en la gesta del Apolo 11, ya que de ellas dependían las comunicaciones durante el alunizaje. La operación ya era delicada de por sí, pero la situación se volvió de infarto cuando Armstrong les informó de que había tomado el control manual para pilotar el módulo, ya que el sitio pensado para posarse no era lo esperado. «Se quedaron a 17 segundos de consumir el combustible, y hay que contar que nosotros recibíamos la señal 1,3 segundos más tarde. Contuvimos la respiración hasta que escuchamos aquella histórica frase: «Houston… aquí base Tranquilidad, el Águila ha alunizado»», cuenta Pintado. Fueron los primeros en recibir la señal, que enviaron después a Estados Unidos.

Román Rodríguez del Pino junto a Neil Armstrong en Maspalomas. A.R.R. Del Pino
Román Rodríguez del Pino junto a Neil Armstrong en Maspalomas.A.R.R. Del Pino

Grandela recuerda nítidamente los garabatos de las agujas de las máquinas biométricas, que monitorizaban en todo momento el estado de salud de los astronautas. «Aquello empezó a sonar y acrecentó nuestra propia tensión. Nos mirábamos unos a otros, de reojo, comprobando que no hubiera una luz amarilla donde tenía que haber una verde». Cuando escucharon la voz de Armstrong, se escuchó un gran suspiro hasta que alguien –probablemente un español, ya que los patrios eran mucho más expresivos– levantó la voz. «Entonces hubo un gran alborozo y lo celebramos todos, españoles y estadounidenses por igual. A mí me temblaban las piernas».

Una semana sin lavar la mano

Después de la hazaña, los astronautas sobre todo Armstrong se convirtieron en verdaderos héroes, por lo que Estados Unidos aprovechó el tirón: inició una gira mundial que, por supuesto, también recaló en España. La primera parada fue en las islas Canarias, concretamente al Hotel Oasis de Maspalomas, cerca de la estación de seguimiento de vuelos espaciales tripulados, desde donde también había una antena que sirvió de apoyo –y gran ayuda– al Apolo 11.

«Aunque en todo momento estaban protegidos, como en una burbuja, pude charlar brevemente con ellos», explica Antonio Román Rodríguez del Pino, que en aquellas fechas era secretario del director norteamericano de la NASA en las instalaciones, Charles August Rouiller. «El más cercano me pareció Armstrong», afirma Rodríguez del Pino, quien acaba de relatar sus memorias de las misiones espaciales en Maspalomas en un libro homónimo. No tuvieron tanta suerte González y Grandela, quienes olo pudieron estrechar durante unos segundos la mano de los tres astronautas. «La agenda era tan apretada que no les dio tiempo a visitar nuestras instalaciones. El embajador de EE. UU. organizó una recepción a la que fuimos todos. Nos pusimos en la cola y les dimos la mano. Yo no me la lavé en una semana», bromea González, como si la proeza de aquellos jóvenes «españolitos» que sabían inglés y se apuntaron a un anuncio del periódico sin saber dónde se metían hubiese sido poco.

Maspalomas, la antena olvidada

Aunque la mayoría de los «laureles» han ido a parar a las estaciones de Fresnedillas y Robledo, hubo una tercera antena en España que sirvió de apoyo a la misión Apolo 11: la de Maspalomas. Aunque menos potentes que las anteriores, las instalaciones canarias siguieron a la sonda durante el despegue y su inserción en órbita. A los doce minutos del lanzamiento, Houston requirió a la estación que le comunicase a Armstrong que la nave se había desviado de su rumbo 0,22 grados. «Puede parecer poco, pero un mínimo error de trayectoria podía haber dejado la misión fuera del alcance de las estaciones terrestres de seguimiento, provocando serias dificultades desde el principio», explica Antonio Román Rodríguez del Pino. Además, durante la órbita de la nave alrededor de la Tierra también llevó a cabo distintas operaciones de apoyo.