Portada del ábum «Dark Side of the Moon», de Pink Floyd

Así cantaron los hijos de la Luna

«Space Oditty», de David Bowie, puso banda sonora al alunizaje del Apolo 11, y la Luna se convirtió en una poderosa fuente de inspiración para los astros del pop y del rock

Antes de que el Joker bailase con al diablo a la luz de la Luna y de que Neil Young le cantase a los haces azulados que bañan las cosechas; antes incluso de que la «space rock» descubriese en la cara oculta una confortable parcela de terreno virgen para chapotear a placer y de que que las cenizas de Galaxie 500 nacieran, viva las sutilezas, los Luna de Dean Wareham, el poder magnético del más célebre de los satélites ya había calado hondo en la cultura popular. Y es que nada mejor que una presencia imponente, puerta de entrada a galaxias inexploradas y universos repletos de secretos, para excitar la imaginación y dar pie a una jugosa ristra de metáforas y juegos de palabras.

Así, sólo en un primer vistazo encontramos: «Full Moon Fever», de Tom Petty; «Moon River», de Mercer & Mancini; «Luna de Fuego», de los Gipsy Kings; «Howling at the Moon», de los Ramones; «Hijo de la Luna», de Mecano; «Child Of The Moon», de los Stones; «Pink Moon», de Nick Drake; «Freezing Moon», de los, nunca mejor dicho, lunáticos de Mayhem… Y eso por no hablar de todos aquellos artistas que han bailado, danzado o se han encamado a la luz de la Luna. «Bailando a la luz de la Luna en la larga y calurosa noche de verano», que cantaban Thin Lizzy.

Al espacio, sin embargo, también se puede llegar silbando un arreglo de cuerdas y deslizándose a ritmo de swing inmortal. «Llévame a la Luna, déjame jugar entre las estrellas, déjame ver cómo es la primavera, en Júpiter y Marte», cantaba Frank Sinatra en «Fly Me To The Moon», canción grabada en 1964 y que cinco años más tarde, el 20 de julio de 1969 fue la primera en sonar en territorio lunar. En la cinta de casete que se había llevado Buzz Aldrin al espacio también había canciones de Barbara Streisand y Glenn Campbell, pero en el momento de pulsar el «play» para poner la solemne banda sonora al alunizaje del Apollo XI, no hubo discusión posible. Así que «fly me to the moon, let me play among the stars».

El «Major Tom» es un yonqui

En ese mismo momento, justo cuando Neil Armstrong rumiaba su gran frase para la posteridad, la BBC pensó que sería buena idea utilizar el «Space Oddity» de David Bowie para enmarcar tan magno acontecimiento. Sobre el papel, todo cuadraba: ahí estaba el Major Tom, las píldoras de proteínas y esas estrellas que lucían muy diferentes, pero para Bowie, que había publicado la canción un mes antes, después de ver varias veces «2001 A Space Odyssey» bajo el efecto de las drogas, la elección fue como mínimo sorprendente. «Estoy seguro de que realmente no estaban escuchando la letra en absoluto. No fue algo placentero. Pero me alegré», declaró el músico en 2003.

Tanto se alegró que, años más tarde, en «Ashes To Ashes», convirtió al Major Tom en un yonqui. Con todo, «Space Oddity» ha pasado a la historia como una de las canciones Lunares por excelencia y su autor como el más ilustre alienígena del pop del siglo XX. Ahí están, reforzando su perfil galáctico, canciones como «Life On Mars?», «Hallo Spaceboy» o «Moonage Daydream», pilares maestros de una obsesión Lunar que, como casi todo lo que hizo Bowie, acabaría resultando contagiosa. Ahí está, sin ir más lejos, «Rocket Man», canción de 1972 con la que Elton John prorrogó la épica del astronauta y la encapsuló en una melodía gloriosas. A saber: «Rocket man burning out his fuse up here alone».

A estas alturas, cuando Bowie cantaba aquello de «Can you hear me, Major Tom?» y Creedence Clearwater Revival ya habían tanteado con «Bad Moon Rising» los malos augurios, Pink Floyd aún no habían gestado «The Dark Side Of The Moon» (1973), una de sus obras más populares, pero sí que habían alumbrado con «Interstellar Overdrive» y «Astronomy Domine» lo que más tarde se conocería como «spacerock», subgénero de la psicodelia que creció mirándose en la Luna y en las galaxias más remotas y del que surgirían bandas como Gong, Hawkwind o, ya en los noventa, Spacemen 3 y Spiritualized.

«Moonwalk»

En Irlanda, recuperado ya de la borrachera de drogas y alcohol de los sesenta, un jovial y gozoso Van Morrison buscaba en la Luna la inspiración necesaria para gestar una de sus obras maestras, «Moondance» («well, it’s a marvelous night for a moondance»), mientras que en otra galaxia muy muy lejana, el hoy denostado Michael Jackson regresaba a la tierra con un paso de baile que se estrenó en 1983 al compás de «Billy Jean». Su nombre, claro, no podía ser otro que «moonwalk».

En esa misma década, y superado ya el fragor de la carrera espacial, la Luna recuperó sus propiedades simbólicas y volvió a alimentar el imaginario poético del pop y el rock. Así, Echo & The Bunnymen imaginaban en «The Killing Moon» una Luna teñida de sangre, The Waterboys encontraban unicornios y balas de cañón bajo la luz de «The Whole Of The Moon», Mecano ideaban en «Hijo de la Luna» un romance intergaláctico que acabó como el rosario de la aurora y R.E.M abonaban la teoría de la conspiración con el estribillo adhesivo de «Man On The Moon», dedicada al guionista y cómico Andy Kaufman. «Hey, baby, ¿estamos perdiendo el contacto?», se preguntaban después de intentar convencernos de que, si nos creímos que el hombre llegó a la Luna, entonces podemos creernos cualquier cosa.

La llegada del hombre a la Luna también tuvo su reverso crítico, grabado a fuego y «spoken word» en «Whitey On The Moon», canción con la que Gil ScottHeron hacía un inventario de todo lo que seguía sin solucionarse mientras se costeaban excursiones al espacio. «El casero subió anoche mi alquiler / Porque el blanquito está en la Luna / No hay agua caliente, ni hay baños, ni luz / Pero el blanquito está en la Luna / Me pregunto ¿por qué me lo sube? / Porque el blanquito está en la Luna», recitaba en 1970 el autor de «Revolution Will Not Be Televised».