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La tensión de la flecha

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ARQUEROS EN MI FIESTA. Autor: Miguel L. Mula Soler. Ilustración de portada: Miguel Ángel Moset. Editorial: Ediciones Olcades. Colección Olcades Poesía. Cuenca 2011

Día 18/09/2012 - 19.47h
Veintitrés años de continuado hacer, y rehacer, líricos –los que van de 1989 a hoy– son los que atesoran las setenta páginas, los cuarenta poemas de este Arqueros en mi fiesta, primera publicación de Miguel Lorenzo Mula Soler, murciano de Águilas pero afincado en Cuenca desde hace siete años, inicial entrega a su vez de la nueva colección Olcades Poesía sacada a la calle por el entusiasmo y la fecunda contumacia, no deja de darnos pruebas de uno y otra, del, a más de periodista y escritor, editor conquense José Luis Muñoz Ramírez, entrega a la que posteriormente ha venido a unirse, como segundo número de la serie, Bajo el signo de Eros de Antonio Gracia. Primer poemario, pues, pero de una madurez - fruto sin duda de sus sucesivas confesadas reelaboraciones - que, constatada de inmediato apenas se comienza su lectura, borra de raíz en quien ésta acomete cualquier típica-tópica prevención hacia textos primerizos. Una madurez tanto temática cuanto formal y expresiva que convierten el repaso de sus páginas en una bien gratificante experiencia.
La tensión de la flecha

Porque Arqueros en mi fiesta, aparte de regalarnos versos de radical belleza – «He tropezado con el antifaz del alba» (p.31) – o de espléndida intensidad expresiva – «no quisiera ser la soga que te ahorcara a mí» (p.31), «nuestros huesos enfermos de amor muerto» (p.32) – es, sobre todo, un libro granado y denso, nada fácil pese a su apariencia, en el que laten, por un lado un continuado diálogo entre la memoria y el olvido – como esclavo de la primera, como siervo de la segunda, describe el autor a su propio corazón (p.35) – , por otro una mantenida tensión entre Eros y Tanatos (al fin y al cabo cualquier flecha, y no olvidemos que de arqueros en la particular fiesta de Miguel Mula estamos hablando, tanto puede ser símbolo de amor como portadora del más mortal mensaje) que, uno y otra mano a mano, vertebran todo el poemario. Diálogo y tensión expresados mediante un decir lírico que, a su vez, se mantiene en permanente lidia consigo mismo; un decir escogido como duro pero fructífero medio para poder llegar a cantar «la feroz disciplina del azar / y del deseo» (p.15). Todo ello hace de Arqueros una panoplia de acusados contrastes en la que el juego ocasional de lo surreal o el guiño irónico, un cierto hermetismo, lo metapoético e incluso tal cual rasgo de humor – «… dulce verso clásico de dorada plata / en bucólica autovía hipérbaton nos hizo»(p.61) -, conviven, aún más, se alían con un cierto tono mítico, en algún momento incluso salmodiado, de modo semejante a como en la voz de Miguel Mula se aúnan y al tiempo – qué quieren, así es - se diferencian, en fecunda polifonía expresiva, distintos Migueles – Miguel Gálvez Raja, Miguel Fernández Parra, un carcaj puede guardar numerosas flechas – para darnos ese Miguel Mula a la par, cual cualquiera de nosotros, uno y múltiple, que hasta llega a intentar fugarse de sí propio, ¿quién no lo ha hecho alguna vez?, – «Miguel Mula huyó de Miguel Mula1» (p.45) - en dudosa mas qué tremendamente humana acción, por mejor encontrarse (¿o, simplemente, preguntarse?) a sí mismo. Arqueros se nos muestra así como un poemario hondo y bello, que gana en cada sucesiva lectura, y en cuyas páginas hayan reflejo la luz y la sombra; esa luz y esa sombra que acompañan siempre cualquier humana existencia, y que tan vivas – vivas de tan muertas, muertas de tan vivas - aletean en sus versos, si ahora con presencias meridianamente claras, en otras ocasiones de manera oblicua, neblinosa o sesgada, que así son, vaya que no, las cosas. Porque quizá sólo un loco de poema – ese loco, por ejemplo, que, con pose de San Juan de la Cruz, protagoniza uno de los poemas más significativos de todo el libro, sea capaz de encontrarse un muerto pintando un cuadro en el ascensor de un supermercado – «El abrazo del loco» (pp. 19 y 20) – y así rastrear, cual su autor, cuánto abrazo y cuánta herida viven su amoroso, vital tú a tú ante «… una ventana / muy limpia / que da al río que da al mar», una ventana que tal vez tan sólo pueda uno encontrarse «cuando llueve, / en Lisboa» (p.70).

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