MIRADA AL FUTURO

ARRAIGO LEONÉS

Oblanca, una historia de evolución construida sobre un legado familiar

un proyecto con

REPORTAJE

Dani Méndez

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La compañía leonesa ha hecho de la cultura del aprendizaje, el trabajo bien hecho y el vínculo con el territorio una forma de crecer. Desde su origen en la avicultura hasta su actual dimensión industrial y logística, Oblanca encara una nueva etapa de expansión en la Península tras su alianza con la portuguesa Lusiaves

Mi padre me decía: "Tú mira y aprende, es lo único que tienes que hacer". Javier Oblanca, vicepresidente del Grupo Oblanca, recuerda aquella frase como una especie de brújula íntima, una forma de estar en la empresa y, casi también, en la vida. Mirar y aprender. De los clientes, de los proveedores, de la gente de la casa, del campo, de la carretera, de los errores y de lo que otros hacen bien. En una compañía como Oblanca, que hunde sus raíces en León y ha crecido desde allí hasta convertirse en un grupo alimentario de referencia a escala internacional, esa enseñanza familiar resume mucho más que una manera de trabajar: explica una cultura.

Y esa cultura sigue siendo la mejor manera de explicar qué es hoy la empresa. “Oblanca es un grupo de personas que tenemos muy claro cuáles son nuestros valores”, resume Óscar Oblanca, consejero delegado de la firma y hermano de Javier. No habla primero de cifras ni de volumen de negocio, sino de “trabajo, esfuerzo, compromiso y trabajo bien hecho”. Ambos dibujan así el retrato de una empresa que ha evolucionado desde un origen familiar y una escala reducida, hasta el reciente acuerdo con la portuguesa Lusiaves: una organización compleja, sí, pero levantada sobre una idea, muy simple y antigua, la de aprender el oficio desde dentro para hacer crecer algo duradero.

El acuerdo con Lusiaves supone para Oblanca dar un salto de escala. La alianza comercial, vigente desde octubre de 2025, conforma el segundo operador de avicultura más grande de la Península, con más de 5.000 empleados y más de 600 millones de euros de facturación conjunta. Para la compañía leonesa, además, abre la puerta a seguir expandiendo la presencia y distribución de sus productos propios, manteniendo su estructura de gestión y reforzando su proyección desde León.

“Nosotros estamos ubicados en León y somos muy conscientes de ello”, dicen los hermanos Javier y Óscar Oblanca. Ese vínculo con el territorio se concreta hoy en las oficinas centrales ubicadas en Onzonilla, una incubadora en Alija del Infantado y una red de casi 100 granjas propias e integradas en Castilla y León.

Javier Oblanca evoca la figura de su padre, Marcelo, a quien define como “un empresario nato”. De él heredó una idea que todavía hoy guía su manera de trabajar —mirar, aprender y mejorar— en una empresa que, desde sus orígenes familiares en la avicultura, ha evolucionado hasta convertirse en un grupo alimentario con 700 empleados, 11 sociedades y presencia internacional.

Orígenes familiares y apego al territorio


Su historia empezó hace alrededor de seis décadas, cuando la familia vio en la avicultura una actividad con futuro. En aquellos primeros años, recuerda Javier Oblanca, el trabajo consistía en comprar pollo vivo a proveedores externos, procesarlo y venderlo después a las carnicerías, en un tiempo en que llevar un plato de pollo a la mesa seguía teniendo algo de excepción dominical. “Nosotros estamos ubicados en León, somos muy conscientes de esto y esto condiciona mucho al Grupo Oblanca”, dice Javier. Esa ubicación explica parte de su carácter y también de su desarrollo: la cercanía al mundo rural, la posibilidad de extender la red de granjas por Castilla y León y una relación directa con el territorio del que sale buena parte de su actividad. El grupo mantiene hoy su centro de gravedad en Onzonilla, con implantación clave en la provincia y en el entorno rural, desde la incubadora de Alija del Infantado hasta la red de integraciones y granjas que sostienen la cadena de valor.


Imagen individual

Desde la incubadora de Alija del Infantado, donde se incuban más de 51 millones de huevos al año, los pollitos de un día se trasladan a las granjas de crianza del grupo en Castilla y León. Son casi 100 explotaciones propias e integradas en una actividad que Javier Oblanca define como “totalmente sostenible, totalmente higiénica” y capaz de sostener la vida de una familia en el medio rural.


Con el tiempo, Oblanca dejó de ser solo una empresa avícola para convertirse en un grupo alimentario más complejo. Javier explica que una decisión fue llevando a la siguiente: después de la planta llegaron las granjas, la incubadora y las reproductoras; y después, casi de forma natural, la distribución, al entender que aquellos mismos camiones y comerciales podían llevar más productos a los mismos clientes. Entre el pequeño negocio familiar de entonces y la compañía actual hay una historia de crecimiento, sí, pero también de arraigo: la de una empresa que ha ganado escala sin dejar de construirse desde el territorio. Y en ese camino, siempre han buscado las mejores alianzas. “Estamos aquí gracias al desarrollo que hemos llevado a cabo con nuestros compañeros de viaje. Y Banco Sabadell ha sido uno de esos compañeros, gracias a los cuales hemos podido afrontar inversiones importantes. El banco ha demostrado su compromiso con Oblanca a lo largo de los años”, subraya Óscar. “Tenemos una relación con ellos desde hace ya muchísimos años. Siempre nos han apoyado en cualquier operación. Ha sido un operador muy importante que nos ha permitido crecer y evolucionar”, añade su hermano Javier.


Relevo generacional


Ese crecimiento también se lee en cómo conviven dentro de Oblanca varias generaciones y varias formas de entender la empresa. A la memoria fundacional que encarnan Javier y Óscar se suma ahora la mirada de la tercera generación de la familia. Isabel es un ejemplo, pero no es la única: hay dos miembros más de esta nueva generación trabajando en la empresa. “No eres consciente de la magnitud que tiene el grupo hasta que no estás dentro”, admite. Incluso habiendo crecido cerca de la empresa, recuerda que solo al incorporarse entendió de verdad su tamaño, su complejidad y todo lo que ocurre detrás de una estructura que abarca mucho más que la actividad avícola. En su caso, además, el relevo no aparece como algo automático: “Nos dieron siempre la oportunidad, pero nos dijeron: salid, formaos, vivid otras experiencias”, explica, subrayando una idea de continuidad familiar que no descansa solo en el apellido, sino también en la preparación y en la responsabilidad.


Isabel cuenta que incorporarse a la empresa siendo parte de la familia implica también una exigencia adicional: la de demostrar, desde el primer día, que uno está ahí por su trabajo y no solo por el apellido. “Llegas aquí con el apellido, que te pesa”, resume. En su discurso, Oblanca ya no se explica únicamente a partir de balances y cierres mensuales, sino también desde otros indicadores que ayudan a entender de verdad cómo funciona una organización de esta escala. “Creemos que es muy importante también mirar los datos técnicos, porque al final lo que manda es el número que sale, pero tienes que ir hacia atrás para entenderlo bien: qué ha pasado en tal granja, qué ha pasado en el campo, qué ha pasado en la industria para entender ese número final”, dice. Es una forma de contar cómo una empresa con raíces profundas en el territorio ha incorporado también las herramientas y la complejidad de una organización cada vez más sofisticada.


Pedro García Rodríguez, responsable de la logística de fresco y congelado, empezó en la cámara de congelado preparando rutas y hoy coordina una parte clave de la distribución diaria de Oblanca.


Y si Isabel representa esa mirada nueva, Pedro García Rodríguez pone voz a la continuidad cotidiana de la casa. Entró en 1986, con 22 años, y su recorrido ayuda a contar la transformación de Oblanca desde abajo, desde el trabajo diario y la experiencia acumulada. Empezó en la cámara de congelado preparando rutas, y todavía recuerda el impacto físico de aquellos primeros días: “Recuerdo sobre todo el frío. Y pensar: esto no lo aguanto”, en una época en la que los medios poco tenían que ver con los actuales. Cuatro décadas después, su relato resume bien el cambio de escala de la empresa: menos intermediación, más organización, más tecnología, menos bolígrafo y más sistema. Pero lo más revelador en su caso no es solo lo que ha cambiado el trabajo, sino el vínculo que ha dejado esa vida entera en la empresa. “Llevo 40 años aquí. Toda mi vida”, dice. Y añade otra frase que vale casi como declaración de pertenencia: “Cuando llevaba apenas un año o dos en la empresa, lo vi claro: yo me voy a jubilar aquí”. Pedro cuenta que siguen reuniéndose todas las Navidades, incluso con quienes ya no están en la empresa.


Crecimiento constante

Hoy, la compañía se ha convertido en una estructura de una dimensión muy distinta. Grupo Oblanca factura 152 millones de euros al año, suma 700 empleados, articula 11 sociedades y llega a más de 8.000 clientes, con presencia internacional. Esa dimensión se sostiene sobre una cadena de valor muy integrada, una de las claves del grupo desde hace años. La incubadora de Alija del Infantado supera ya los 51 millones de huevos al año; las granjas de crianza, propias e integradas, se acercan al centenar en Castilla y León; y el conjunto de la actividad avícola mantiene una lógica de control del proceso de principio a fin, desde el pollito de un día hasta la llegada del producto al cliente. Javier Oblanca lo resume con una imagen muy concreta: “Desde que compramos la gallina de un día hasta que ponemos el filete de pollo en el lineal del supermercado pasan muchas semanas”. Esa continuidad entre campo, industria y mercado explica buena parte de la fortaleza actual de Oblanca.

Detalle del etiquetado en la planta de Onzonilla. La certificación Welfair de bienestar animal se suma a un conjunto amplio de sellos de calidad y seguridad alimentaria que Oblanca recoge en su documentación corporativa.

Con más de 1.400 referencias en su catálogo, las cajas de producto reflejan también la escala que ha alcanzado hoy el grupo: 152 millones de euros de facturación, 700 empleados y más de 8.000 clientes, según datos de la compañía.

La logística interna de Oblanca es una de las claves de su actividad avícola: el grupo subraya que todo lo que sirve es “pollo del día” y que el producto fresco llega al cliente en 24 horas de media.

A esa base industrial se ha sumado una actividad de distribución alimentaria que hoy llega a todos los segmentos del mercado, desde el comercio tradicional hasta la restauración, las grandes superficies o el food service. El grupo trabaja con más de 1.400 referencias y lanza más de 100 novedades al año, en una estructura comercial y logística que va mucho más allá del producto de origen.

La capacidad de abrir mercado también forma parte de su presente. El grupo mantiene su centro de gravedad en León, pero hoy opera también en Galicia, Asturias, Madrid y Portugal, y ha expandido su marca a países como Alemania, Bélgica, Emiratos Árabes, Francia, Portugal o Qatar. A eso se suma la alianza comercial sellada en octubre de 2025 con Lusiaves, líder del sector avícola en Portugal. Desde Onzonilla, en otras palabras, Oblanca ha encontrado una manera de crecer hacia fuera sin desdibujar el punto de partida.

Isabel García, tercera generación de la empresa familiar.

Una operaria en una de las zonas de procesado de la planta de Onzonilla.

Control de proceso en la planta de Onzonilla.

El entorno rural leonés, inseparable de la historia de Oblanca.

Pedro García Rodríguez, empleado en Oblanca desde 1986.

Sede central y planta de Oblanca en Onzonilla, uno de los centros clave del grupo en León.

Uno de los vehículos de reparto de Oblanca.

Mirando al futuro

El futuro, tal y como hoy lo formula la propia compañía, pasa por reforzar varios ejes a la vez: innovación de producto, crecimiento corporativo y expansión territorial, atracción y retención de talento y generación de valor de forma ética y sostenible. En esa hoja de ruta encajan tanto la modernización tecnológica como el proyecto interno de sostenibilidad lanzado en 2025 para anticiparse al nuevo marco regulatorio europeo, o el compromiso explícito con el medio rural, donde el grupo mantenía 139 empleos en 2025.

Esa evolución también se mide en algo menos visible, pero ya decisivo para entender la compañía: la innovación. Oblanca ha incorporado mejoras en producto, envasado, clasificación y procesos industriales, desde el peso fijo automatizado hasta sistemas de control por imagen o la monitorización informática del crecimiento de las aves. La tecnología, en este caso, no aparece como un gesto de modernidad, sino como una herramienta integrada en el día a día de la empresa.

Pero la dimensión de Oblanca no se limita a la actividad avícola. Junto a esa base industrial, la compañía ha ido reforzando con los años su negocio de distribución alimentaria en refrigerado y congelado, ampliando su red comercial y su capacidad logística hasta llegar hoy a todos los segmentos del mercado, desde el comercio tradicional hasta la restauración, las grandes y medianas superficies o el food service. Esa expansión ayuda a entender mejor la dimensión actual del grupo, que trabaja con más de 1.400 referencias y una estructura que va mucho más allá del producto de origen.

Imagen individual

Javier y Óscar Oblanca, al frente de una empresa familiar que ha evolucionado sin perder cercanía y con el respaldo de aliados históricos como Banco Sabadell.

Ahí entra también Francisco Borrazás, responsable del área de IT, cuya trayectoria resume otra parte de la transformación del grupo. Llegó en 2009 como becario y recuerda un inicio casi doméstico: una mesa, una silla y manuales en papel para entender cómo funcionaba el almacén automático de congelado. Desde entonces ha crecido al mismo tiempo que el departamento, hasta coordinar hoy un equipo de siete personas. Porque el soporte tecnológico en Oblanca no es accesorio. Francisco cuenta que hoy existe un sistema de guardias “de lunes a domingo, 24/7” para responder a cualquier incidencia, desde un problema administrativo hasta una línea que deja de clasificar el producto de madrugada. Nacido en A Coruña y formado en León, encontró en Oblanca un lugar donde quedarse y crecer. También eso forma parte del presente de la firma: no solo retener empleo en su territorio, sino atraer y fijar talento en torno a un proyecto que ya exige especialización, formación continua y capacidad de adaptación.

Por eso Oblanca se entiende mejor si se mira más allá de las cifras. Hay crecimiento, innovación y ambición de futuro, pero también una forma muy concreta de hacer empresa: la de quienes han construido desde León un proyecto sólido, pegado al territorio y atento a lo que ocurre dentro y fuera de la nave. Una empresa nacida de una necesidad familiar que hoy compite a otra escala, pero sigue reconociéndose en el trabajo, en el territorio y en la voluntad de hacer las cosas bien.

Oblanca: crecer sin perder el origen

Javier y Óscar Oblanca, vicepresidente y consejero delegado del Grupo Oblanca, repasan en este vídeo la historia de una empresa familiar nacida hace casi seis décadas y su evolución hasta convertirse en uno de los grandes referentes del sector.

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Hay vida empresarial más allá de las grandes ciudades de nuestro país. Por eso, desde Banco Sabadell y en asociación con Vocento, queremos hacer un recorrido por algunas de esas empresas españolas que no están en el centro y cuyos productos usamos en nuestro día a día, o son esenciales para que nuestra sociedad funcione.

Vamos a narrar historias con un gran componente humano en compañía de empresas que han apostado por sus raíces y quedarse en los márgenes de las grandes capitales. Relatos con recorrido para negocios que han sabido adaptarse y reactivar, en ocasiones, la economía y sociedad de la zona.

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