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Cuando el culto al cuerpo acaba en tragedia

Los trastornos de la conducta alimentaria son la tercera enfermedad crónica más frecuente entre adolescentes y la patología mental con mayor mortalidad.

Ana López-Varela

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No es algo excepcional. Le pasa prácticamente a uno de cada 10 españoles. En nuestro país, alrededor de 400.000 personas padecen trastornos de la conducta alimentaria (TCA). La mayoría de los afectados (el 94%) son mujeres de 12 a 36 años, aunque cada vez hay más casos entre varones y gente mayor. Según datos de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG), el 70% de las chicas encuestadas no se siente a gusto con su cuerpo. La presión social respecto al físico y los cánones estéticos es creciente y la alta exposición pública a la que nos someten las redes sociales no es un buen aliado. Y menos para una generación de jóvenes para la que los ‘me gusta’ se han convertido en parámetros reales de integración social.

Los TCA son desórdenes graves que inciden negativamente en la salud y las emociones anulando la capacidad de desempeñarse en áreas importantes de la vida. Conforme a las cifras de la SEMG, seis de cada 10 adolescentes creen que serían más felices si estuvieran más delgadas y alrededor del 30% de ellas revela conductas patológicas. Una realidad que crece exponencialmente y ha situado a la anorexia y la bulimia entre las tres enfermedades crónicas más frecuentes entre los adolescentes. Y las redes sociales se han convertido en los últimos años en un lugar donde se propagan peligrosas consignas que fomentan los TCA. Hay casi cuatro millones de publicaciones con los hashtags #ana (anorexia) y #mia (bulimia), según el Informe de la Agencia de Calidad de Internet (IQUA) para la Fundación Imagen y Autoestima.

La presión social respecto al físico es cada vez mayor y la alta exposición pública a la que nos someten las RRSS no ayuda

Todo empieza fijando una atención desmesurada en el peso, la figura corporal y la comida. Una obsesión que desemboca en conductas alimentarias peligrosas: ya sea limitando en exceso la ingesta de calorías o desterrando determinados tipos de alimentos –típico de la anorexia– o consumiendo cantidades ingentes de comida de manera descontrolada mediante episodios de atracones y purgas –rasgo característico de la bulimia–. Además, para deshacerse de las calorías, estos enfermos suelen ejercitarse de forma desmesurada, tomar laxantes o suplementos dietéticos, o vomitar después de las comidas. Pero el problema puede ir mucho más allá de una mala nutrición.

Estos trastornos alimenticios pueden causar daños en el corazón, el aparato digestivo, los huesos, los dientes y la boca y derivar en otras afecciones. De hecho, la anorexia es la enfermedad mental con mayor tasa de mortalidad (un 5%), por encima de otras como la esquizofrenia o el trastorno bipolar. Algo que ocurre, en primer lugar, por las complicaciones cardiovasculares derivadas de la desnutrición y, en segundo término, por su estrecha relación con el suicidio. La lectura positiva es que la enfermedad está ahora menos estigmatizada y se ha avanzado en el diagnóstico: se detecta antes y de forma más certera. Según declaraciones de Montserrat Graell, jefa del Servicio de Psiquiatría y Psicología del Hospital Infantil Niño Jesús de Madrid y presidenta de AEETCA (Asociación Española para el Estudio de los Trastornos del Comportamiento Alimentario), “cuando se detecta precozmente, en un 60% de los casos se alcanza una remisión total de los síntomas y en un 20% se cronifica”.

La insatisfacción corporal, una baja autoestima, la ansiedad o la depresión son caldos de cultivo idóneos para que se desarrollen estos trastornos

No todo está perdido, pero hay que estar pendiente. La insatisfacción corporal, la baja autoestima, la ansiedad o la depresión son caldos de cultivo idóneos para que se desarrollen estos trastornos. El riesgo es mayor cuando entran en juego otras variables como los abusos físicos, los problemas de acoso escolar o las situaciones familiares desestructuradas. El aumento de la obesidad infantil es otro de los factores a tener en cuenta, según los expertos. Sin duda, prevenir este tipo de conductas es complejo. Desórdenes que, debido a la dictadura del like, aparecen cada vez a edades más tempranas: en los últimos cuatro años hemos visto un incremento de un 15% en menores de 12 años.

Por eso, tal y como recuerdan desde la web Por un uso Love de la tecnología –una iniciativa con la que Orange busca sensibilizar y concienciar a padres e hijos de la importancia de un uso responsable de internet y las redes sociales–, debemos estar atentos a las señales. Por ejemplo, si nuestros hijos comían con normalidad y ahora muestran rigidez con su alimentación hasta el punto de que saltarse esas normas le provoque malestar, irascibilidad, nerviosismo o enfado, podrían estar sufriendo uno de estos desórdenes. Las bajadas de peso abruptas, los vómitos o el hábito de comer a escondidas también son pistas claras, que además indican que los trastornos ya están en una fase más avanzada. La familia es el contexto en el que se han de aprender los hábitos saludables, incluida la alimentación, la actividad física y el estilo de vida.

  • ¿Qué podemos hacer para prevenir los TCA?

  •   La supervisión de la alimentación, con al menos una comida familiar al día, es fundamental para detectar posibles malos hábitos. La cultura popular tiende a poner énfasis en la delgadez como una virtud. Incluso con un peso corporal normal, los adolescentes pueden tener la percepción de que están gordos.

  •   La genética o los factores biológicos pueden hacer que algunos adolescentes sean más propensos a presentar este tipo de desórdenes. Rasgos de la personalidad como el perfeccionismo, la ansiedad o la rigidez, también influyen. Facilitar la disponibilidad y la comunicación con nuestros hijos es esencial para que se sientan cómodos a la hora de confiarnos sus inquietudes respecto a su físico y pedirnos ayuda para gestionarlas. Si crees que alguien de tu entorno puede estar padeciendo un trastorno de la alimentación no dudes en consultar a su médico.

  •   Los programas de televisión, las películas, los perfiles que siguen en redes sociales y determinados sitios web pueden enviar a los adolescentes el mensaje de que existe un sólo tipo de silueta aceptable. El aprendizaje en familia del valor del cuerpo es necesario para que los más jóvenes no caigan en los TCA. Los padres han de promover una imagen corporal positiva. Esto les ayudará a fomentar la tolerancia a la diversidad estética como un valor esencial.

  •   La presión social también puede desencadenar trastornos de la alimentación. Por eso, es recomendable supervisar su redes sociales para saber qué imagen tratan de reflejar y qué comentarios reciben al respecto desde su entorno más cercano. Para fomentar su autoestima es necesario que los padres respeten los logros de sus hijos e intenten apoyarles en sus objetivos. Resaltar sus cualidades positivas (inteligencia, curiosidad, generosidad, sentido del humor…) y recordarles que tu amor y aceptación son incondicionales es una buena fórmula.

  •   Compartir información sobre los peligros de las dietas y de la ingesta por factores emocionales es otro vehículo para la prevención. Los adolescentes tienen que saber que limitar la alimentación no es una manera saludable de afrontar las emociones. Han de conocer que las dietas pueden comprometer el crecimiento y la salud, y que, con el tiempo, pueden hacer que se coma en exceso. Si no se siente cómodo contigo, aliéntalo para que hable con sus amigos y/o un terapeuta sobre los problemas que pueda estar enfrentando.

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Este contenido ha sido desarrollado por Content Factory, la unidad de contenidos de marca de Vocento, con Love Orange. En su elaboración no ha intervenido la redacción de este medio.