Lunes, 14-09-09
HOY, solemnidad de la Exaltación de la Santa Cruz, los monjes celebramos en el Valle la fiesta patronal, a la vez que clausuramos el cincuentenario de la fundación del monumento.
Hasta estas alturas del Valle de Cuelgamuros ha estado llegando la resonancia de todos los acontecimientos vividos en estos años por nuestra nación, así como los juicios vertidos, en sentidos tan contrapuestos, sobre la significación de este lugar. Ha sido una marea a veces hirviente, pero aquietada y como absorbida por la densa quietud que lo envuelve.
Precisamente, es impresión general, entre los visitantes del Valle, la fuerte sensación de paz y sosiego que se experimenta en este rincón del Guadarrama. El silencio, la naturaleza y la espiritualidad ambientales se consideran por todos una de sus riquezas más apreciadas. Si alguna vez llegara la hora de tener que lamentar decisiones irreparables, una de las más sensibles sería la liquidación de este entorno de cultura y humanismo espirituales.
En este marco los acontecimientos se perciben bajo otra dimensión, no urgida por apremios o intimidaciones, sino desde la serenidad y la percepción directa de la realidad.
Se ha preguntado qué es lo que está en la génesis del Valle. Sin duda, algo más noble que cuanto se ha afirmado tantas veces. El Valle no es el monumento a una victoria, aunque esté en su origen, sino la memoria de la convulsión sufrida en la convivencia nacional. Es el memorial a las víctimas que, hermanos de patria y estirpe, debían reposar bajo las mismas bóvedas y recibir los mismos sufragios. La voluntad de reconciliación se impuso sobre cualquier otra consideración. Todos los documentos fundacionales del Valle reiteran un propósito que estuvo «guiado por el más elevado sentido de unidad y hermandad entre los españoles, sobre cuyo sacrificio triunfen los brazos pacificadores de la cruz» (Decreto-Ley, 23 agosto 1957).
Esa propuesta reconciliadora fue planteada en los únicos términos en que, entonces y en cualquier momento, resultaba viable: la que nos permite situarnos por encima de ideas e intereses excluyentes, interponiendo los símbolos primarios de la concordia entre quienes ya no están en trincheras opuestas, sino en presencia del mismo Juez y Padre. La pacificación a la que el Valle convoca no es tanto la de un general victorioso, como la que señala en la Cruz el lugar donde se rubricó la armonía de los hombres con Dios y entre sí.
Es una oferta que queda propuesta en toda la simbología del Valle, concretada en una Cruz, una Basílica y un altar, una necrópolis común, una liturgia única en sufragio por todos los caídos, de los cuales más de 35.000, republicanos y nacionales, descansan en la Basílica. También el Centro de Estudios Sociales fue concebido bajo esa finalidad.
Este lugar no parece pensado para apologías ni nostalgias: todas sus piedras hablan únicamente de la Cruz redentora y de Dios, Juez de vivos y muertos. A Él oran los monjes cada día, en cumplimiento de uno de los fines de la Fundación. Oran para que el sacrificio de esos caídos, unido al de Cristo, sirva para borrar las culpas de unos y otros. Oran por y con España entera para que la hostilidad de entonces se trueque en ansias de paz. Es en el Valle donde se viene reivindicando esa memoria de todos ante Dios desde mucho antes que se urgieran otros desagravios o reparaciones.
Cada año los monjes celebran un funeral por todos los caídos, como culminación de esos sufragios diarios. Es un acto de exclusivo sentido religioso y abierto a todos. Nos proponemos que así siga siendo, aunque con alguna variación de fechas, que contribuya a preservar esa significación. Ya a partir de este año la fecha de dicho funeral se traslada al 3 de noviembre, a las 11 horas.
La memoria litúrgica correspondiente a los aniversarios coincidentes de Francisco Franco y de José Antonio tendrá lugar durante la Misa conventual del día 20, a igual hora.
El Valle encierra un significado permanente como emblema de las grandezas y contrastes, de las aventuras y desventuras de nosotros mismos. Ese trozo de nuestra historia común debe ser preservado para las generaciones futuras, como cualquier otro de los que han dejado entre nosotros huellas profundas, inseparables de nuestra historia colectiva.
A lo largo de los años el número impresionante de sus visitantes y su testimonio mayoritario ha corroborado que el Valle constituye ya una posesión pacífica de los españoles, un lugar al que se viene sin complejos y al que muchos vuelven atraídos, según confesión propia, por la magia de este paraje natural y religioso. Un lugar que ha sido y es una ciudad viva, habitada por la presencia de los monjes, de los niños escolanes, de los empleados y sus familias, así como de los turistas o de los huéspedes que vienen en busca de silencio y reposo.
Ante esta realidad han sido muchas las voces de los españoles que, en momentos de acaloramiento, apremiaron a que no se profanara ni se levantara la mano contra símbolos sagrados que son cristianos y universales, venerados en España por casi todos, y respetados por la generalidad de los hombres. Signos que son axiomáticos para cualquier europeo, aun cuando no todos compartan su significado. En ellos está la imagen representativa del Valle. Aquí las espadas están en actitud de reposo, y sólo sirven para custodiar la paz de los que descansan en el interior del templo.
Cabe reparar en uno de esos símbolos: los monjes. Su venida y permanencia aquí se explican por las mismas razones que han motivado la creación de innumerables fundaciones monásticas en todos los tiempos. En ellas han primado únicamente los valores espirituales y humanos con que los monjes han nutrido la cultura de los pueblos. El concurso que se les ha solicitado lo han prestado siempre con una entera libertad de espíritu, como condición inexcusable de su autonomía. Y así se han mantenido los monjes del Valle: en una estricta independencia, en moderación y sobriedad de actitudes, pese al escenario tan complejo en que han debido desenvolverse.
Por eso, no han tenido que renunciar a nada que perteneciera a la institución eclesial y monástica. Han seguido siendo y haciendo lo mismo que los monjes de cualquier época y lugar: servir a Dios, a la Iglesia y a los hombres. Lo que se les pidió: su oración y trabajo, estaba en la tradición benedictina desde hacía quince siglos. Su actualidad es la que viene ilustrando diariamente Benedicto XVI.
En este día de la fiesta de la Santa Cruz los monjes vamos a realizar una sencilla ceremonia, durante la cual depositaremos al pie de la que aquí se alza dos pequeños fragmentos de piedra procedentes del Santo Sepulcro y de la roca del Calvario. Queremos significar con ello que las raíces de esta cruz del Valle brotan del único tronco de la Cruz de Cristo, convertida en clave de España, de Europa y del mundo. El Valle descansa a su sombra.

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