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Semprún

Desde su regreso a España como ministro de Cultura, Jorge Semprún fue un ejemplo de sensatez democrática

Día 12/06/2011

NO mantuvimos lo que se dice una amistad, pero ambos nos estimábamos desde que, recién nombrado ministro de Cultura, recurrió a mí para contrastar las impresiones sobre la situación política en el País Vasco que recibía de amigos suyos —vascos y cineastas— de la época en que había sido Federico Sánchez. Años después recorrimos la región durante varios días, cuando él acopiaba datos para escribir un libro sobre el asesinato de Dolores González Cataraín, Yoyes, la ex dirigente de ETA asesinada por la banda en su Ordizia natal. Estuvimos allí y en otras poblaciones de la Guipúzcoa profunda, dominadas entonces, como ahora, por la izquierda abertzale, pero también en Lequeitio, donde le había sorprendido en pleno veraneo de burguesito madrileño el alzamiento militar de 1936. El proyectado libro no llegó a escribirse. En su lugar, publicó Netchaiev ha vuelto, una novela acerca del terrorismo de los setenta que es lo que menos me convence de su obra literaria, quizá por la inconsciente fascinación que denota ante un tipo muy francés de intelectual joven, rico, guaperas y enloquecido por la mística revolucionaria del sesenta y ocho.

Nos vimos por última vez en Santander, el verano de 2004. Un año antes, ambos habíamos clausurado en el Instituto Cervantes de Toulouse un ciclo de conferencias sobre los primeros veinticinco años de la monarquía constitucional española, con una conversación pública sobre la Transición, en el curso de la cual afirmó haber sido el primer ministro de Cultura de la democracia restaurada. «No —rebatí—, fuiste el cuarto. Te precedieron Manuel Clavero, Soledad Becerril y Ricardo de la Cierva». Sonrió divertido, y exclamó Touché!, con aquel encanto desarmante que le caracterizaba.

Sin haber sido un intelectual en sentido estricto (sólo recuerdo una tentativa suya de fungir como tal, una breve refutación teórica de Althuser, y en eso le sacaba leguas de ventaja Fernando Claudín, su compañero de disidencias), no lo hizo mal como escritor de ficción intelectualizada, un género que el Estado Cultural francés troqueló sobre el modelo de Malraux con un éxito notable, reservando una amplia parcela del mismo a los franceses sobrevenidos, medio españoles, medio argelinos o medio tártaros. No diré que estimara por igual todas sus novelas y autobiografías hagiográficas, pero he disfrutado con ciertos rasgos constantes de su estilo, entre ingenuo y cínico. Las he leído casi todas, a diferencia de la actual ministra de Cultura, que, al parecer, se limita a ir depositando libros de sus octogenarios favoritos, ya sean éstos Semprún o Ana María Matute, sobre diversas mesas y mesillas. Creo que Semprún aburre cuando se pone didáctico, aunque eso le pasa al más pintado. Sin embargo, me emocionó oírle, en la reposición que hizo TVE el miércoles de su última entrevista, aquello de que los españoles deberíamos resignarnos a vivir con dos memorias colectivas distintas y rencorosas, pero evitando siempre que cualquiera de ellas se convierta en hegemónica. Bravo, Jorge, pensé. Eso es sensatez democrática, y no lo de los que se desgañitan acusando a todos los franquistas de criminales de guerra o a todos los antifranquistas de antiespañoles abducidos por ETA y el comunismo.

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