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De Montilla a Fernando VII

Día 19/07/2010 - 10.24h

Montilla y Zapatero -tanto monta un pinocho que otro- no van a tocar ni un cícero de la Constitución

JOSÉ Montilla, socialista de confort —viejo orden social coactivo, nueva izquierda de jacuzzi y SPA— cree sin duda lo que decía su colega francés Lionel Jospin: «Ninguna revolución popular ha sido detenida por el Tribunal Supremo». De ahí que aquel dijera que «ningún tribunal puede juzgar los sentimientos». Claro. Lo que ocurre es que el nacionalismo es el estado patológico del sentimiento nacional, metástasis identitaria, mística bipolar —llorar/ mamar— que se combate con letanías victimistas, con el placebo de las subvenciones, con manifestaciones de convictos —las convicciones son prisiones— alquilando pensamientos ajenos para el escaqueo, para salirse por la tangente —mejor,«por la Diagonal»— en un delirante ¡rompan filas! para zafarse de España, ¡Adeu Espanya!, con la panza por patria, que bien dijo Albert Boadella que el que quiere comer aparte es porque quiere comer más. Del nacionalismo dirá Bertrand Russell: «Es la evolución del instinto gregario, la costumbre de considerar a la propia nación como el propio rebaño». Una fiebre autonomista, soberanista —al cabo autista— que acaba lanzando bombas de fragmentación territorial —voto va, referéndum viene— previo despliegue de quintas columnas que instauren checas históricistas, correccionales lingüísticos, y se practiquen codiciosos butrones en tabique ajeno en busca de plusvalías, tantas veces con el final de una épica luctuosa, de cuneta o de tapia.

Josep Pla repudiaba «la libertad abstracta y vaga, escrita en un papel», pregonando en cambio «la libertad concreta y garantizada por costumbres y hábitos antiguos de escamoteo imposible». Porque sabía muy bien que el hombre es hombre por la palabra… Porque ahí está Fernando VII, paradigma del sí pero no, del digo al Diego, del perjuro. Gracias al pronunciamiento de Riego se impuso el «trienio liberal», jurando Fernando VII la Constitución de 1812: «Juro por Dios y los Santos Evangelios que defenderé y conservaré la religión católica, apostólica y romana... que guardaré y haré guardar la Constitución... que no enagenaré, cederé ni desmembraré parte alguna del Reino… y si en lo que he jurado o parte de ello lo contrario hiciere, no debo ser obedecido, antes aquello que contraviniere sea nulo o de cualquier valor…». Lo que vino después ya se sabe: vinieron los «100.000 hijos de San Luis» y lo que fuera solemne juramento Real acabó en informal fiasco real. De ahí el refrán: «Allá van Leyes do quieren Reyes».

Montilla y Zapatero, éste y aquél —tanto monta un pinocho que otro— no van a tocar ni un cícero de la Constitución que prometieron ¡por su conciencia y honor!, en permanente abstracción legal. Lo que van a hacer es reunirse en La Moncloa —garito para arreglicos— en conchabanza política para sacar adelante esas 55 leyes subversivas catalanas que dicen promulgadas al amparo del Estatut, Constitución aparte. A no tardar Montilla reivindicará el sótano valenciano, el ático francés y del bungaló balear, al tiempo que los vascos —otros limosneros— han vuelto a pedir Navarra y el País Vasco francés. Aunque la victoria de «la Roja» fuera en azul, todo sigue el guión de Largo Caballero: «Tenemos que luchar, como sea, hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee, no la bandera tricolor de una República burguesa, sino la bandera roja de la Revolución Socialista». Ya ven, la cosa está al rojo vivo.

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