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Agustín Calmet. Traducción de Lorenzo Martín del Burgo. Prólogo de Luis Alberto de Cuenca. Editorial Reino de Cordelia (Madrid, 2009). 304 páginas
«Tratado sobre los vampiros»
Publicado Miércoles, 29-04-09 a las 11:49
La literatura universal es profusa en grandes (y felices) tiros por la culata. “La Celestina” pretendía ser una lección moral sobre los peligros del amor, pero a Fernando de Rojas se le escapó el asunto de las manos y su obra terminó siendo de todo menos eso. Los hermanos Grimm querían hacer un estudio de las leyendas y el fólclore alemán que reforzase el nacionalismo teutón y casi involuntariamente nos regalaron tremendas joyas de la literatura infantil. Por no hablar de los Diez Mandamientos, escritos para ser cumplidos y que tantos (incluido su propio autor) desobedecen.
Algo menos ilustre que las obras citadas, pero igual de felizmente fallida es la que nos ocupa. Agustín Calmet, abad del monasterio benedictino francés de Senones allá por el siglo XVIII, era un clérigo ilustrado famoso por su erudición y sus conocimientos bíblicos. Intrigado por las noticias que llegaban del Este de Europa y los Balcanes sobre muertos que resucitaban para atormentar a los vivos, se propuso investigar a fondo el tema. Ningún caso documentado resistió a su lupa crítica y concluyó en su «Tratado sobre los vampiros» que estos seres de ultratumba eran fruto de la superstición popular o estaban basados en coincidencias aisladas (como enterramientos en vida o muertes sólo aparentes) completadas con la imaginación del ignorante populacho.
Lo que él imaginaba que era el cerrojazo a un exótico y semidesconocido cuento de brujas, supuso en realidad el inicio de una corriente oscura y subterránea que cristalizaría muchos años más tarde. En pleno Siglo de las Luces, y buscando justamente lo contrario, Calmet cimentó las bases de la rica mitología de los vampiros. No es ninguna casualidad que los lugares que cita este monje precursor del pensamiento crítico sean precisamente el centro de la geografía vampírica, ni que los ritos descritos por testimonios de tercera y cuarta mano (y quién sabe si inventados por los informantes del monje) sean reproducidos a pies juntillas por los románticos en el XIX. Aquí están las estacas, la sangre, los colmillos y las apariciones nocturnas. Sin este «Tratado sobre los vampiros» ni Polidori habría escrito su poema ni el Conde Drácula habría mordido a ninguna jovencita. Todo comenzó con este libro.
Precursora del pensamiento críticoAl margen de la catástrofe entre intenciones y resultados del autor y de la importancia histórica del tratado, el volumen constituye una auténtica delicia por la bizarra combinación de método científico escrupuloso y los extravagantes razonamientos teológicos. Agustín Calmet es capaz de dar respuesta a todos los signos aparentes de vida en los supuestos vampiros descubiertos en sus ataúdes (el pelo y las uñas siguen creciendo, la descomposición hace que los cuerpos se hinchen, el grito que profieren los «vampiros» cuando se les clava una estaca, es en realidad el aire acumulado en los pulmones etc) y en el siguiente párrafo enredarse en la duda de si Satanás tiene la facultad de resucitar a los muertos, si es así por cuánto tiempo y llegar a la (sin duda, elegante) conclusión de que ese lapso de tiempo es el que tarda Dios en darse cuenta de la travesura de El Maligno.
Ante la ola de vampirismo que nos invade, nunca está mal volver a los orígenes y descubrir la obra que batió las alas en el siglo XVIII (aunque el autor no lo quisiese) y que ha dado lugar a la tormenta en el XXI.
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