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FUNDACIÓN MAPFRE

Zuloaga, el pintor que hizo moderna a España

La Fundación MAPFRE reivindica la modernidad del pintor vasco con una exposición que reúne 90 obras suyas y de amigos, compañeros y maestros como Picasso, Rodin o El Greco

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 Portada: Ignacio Zuloaga. Retrato de Maurice Barrès, 1913, Musée d’Orsay, París. Foto: © RMN-Grand Palais (musée d’Orsay) / Stéphane Maréchalle, © Ignacio Zuloaga, VEGAP, Madrid, 2017

Prado Campos

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Ignacio Zuloaga es “el Velázquez del siglo del automóvil, el Goya de los primeros fulgores de la electricidad”, escribía Ortega y Gasset en 1905. Reconocido en su época fuera de nuestras fronteras, el nombre del pintor vasco terminó prácticamente cayendo en el olvido a pesar de convertirse en el eslabón de las dos Españas y hacer de ese país oscuro y folclórico el exponente de la modernidad.

Máximo representante, para muchos, de la generación del 98, pero a la vez parte activa de la Belle Époque parisina. Pintor de las españoladas que se tornaban exóticas y vanguardistas y, a la par, retratista de condesas empoderadas. Cronista de la España negra y de la blanca. Todo eso fue Zuloaga y ese completo universo artístico que asentó las bases de la modernidad en la patria del folclore es el que reivindica la Fundación MAPFRE en Zuloaga en el París de la Belle Époque, 1889-1914, una exposición que reúne más de 90 obras del pintor vasco y de amigos, compañeros o maestros como Picasso, Rodin, Zurbarán o El Greco.

Ignacio Zuloaga. Víspera de la corrida, 1898 Musées royaux des Beaux-Arts de Belgique, Bruselas © Ignacio Zuloaga, VEGAP, Madrid, 2017

La obra de Zuloaga se desarrolla entre España y París, y son ambos ambientes los que marcan el trabajo del artista. Encuadrado dentro de su país como un pintor de la Generación del 98, de esa España oscura de mantillas y toreros, su marcha a París, donde vivirá prácticamente toda su vida aunque visitará su país constantemente, no solo le sitúa en el epicentro de la modernidad sino que se codea con nombres de la créme artística como Blanche, Rodin, Bernard o un joven Picasso. Es allí, junto a los grandes artistas de finales del XIX y principios del XX, donde conoce las nuevas vanguardias y, aunque permaneció fiel a la corriente figurativa, se deja influir por el simbolismo y el postimpresionismo.

Pero mientras eso ocurría, Zuloaga era denostado en España. Tanto fue así que el Gobierno rechazó su Víspera de la corrida para representar al país en la Exposición Universal de París de 1900 porque “perpetúa una imagen estereotipada y atrasada de España”. Las españoladas no gustan dentro, pero sí fuera porque esa obra se expuso ese mismo año en Bruselas y fue comprada por el Gobierno belga. Un episodio resume a la perfección cómo se le ha tratado desde entonces. “Tuvo un enorme éxito en Europa y frente a ello nunca expone en España sino que en España hay un rechazo hacia él. Siempre fue víctima de un debate sobre la imagen de España”, en palabras de Pablo Jiménez Burillo, comisario de la exposición junto a Leyre Bozal.

Ignacio Zuloaga. Retrato de Émile Bernard, 1897-1901. Colección particular, Bilbao © Ignacio Zuloaga, VEGAP, Madrid, 2017

LA MODERNIDAD DE LA TRADICIÓN

Zuloaga se deja influir por ese París en plena ebullición cultural y la traslada a sus lienzos. Le piden folclore, peinetas, gitanos y toreros y vida popular, pero gracias a esa lupa de modernidad que le aporta la capital gala consigue quitar la rancia espiritualidad que acompañaba a la visión europea de España para exhibirse como un país exótico y atractivo. Una España que está de moda fuera y que se abre al mundo gracias a sus raíces.

Zuloaga se basa en la tradición para, paradójicamente, ser moderno y mirar hacia el futuro. “Representa la España real”, aseguró de él Rodin. “Zuloaga es un español de los buenos tiempos, que no son los actuales”, escribió Charles Morice. Y Lafond le presenta como el continuador de los grandes maestros: “Su proceder parece nuevo. En realidad no es sino una especie de vuelta atrás, pero fecunda. Su potencia y su poder de observación, intensos y rudos, que en algunos provocan más sorpresa que gozo, porque trastocan la rutina y lo convencional, las ideas, los hábitos y los gustos de moda, lo identifican a las claras como discípulo de Velázquez y de Goya”.

Pablo Picasso. La Célestine (La femme à la taie) [La Celestina (La tuerta)] , 1904. Musée national Picasso-Paris. Donación de Fredrik Roos, 1989. Foto : © RMN-Grand Palais (musée national Picasso-Paris) / Mathieu Rabeau © Sucesión Pablo Picasso, VEGAP, Madrid, 2017

Ignacio Zuloaga. El enano Gregorio el botero, 1907. The State Hermitage Museum, San Petersburgo. Foto: © The State Hermitage Museum, 2017 (Vladimir Terebenin, Svetlana Suetova) © Ignacio Zuloaga, VEGAP, Madrid, 2017

Ignacio Zuloaga. Parisienses (en St. Cloud), 1900. San Telmo Museoa. Donostia Kultura, San Sebastián. Foto: © San Telmo Museoa. Donostia © Ignacio Zuloaga, VEGAP, Madrid, 2017

Émile Bernard. Paysage avec deux petites bretonnes et vache [Paisaje con dos jóvenes bretonas y vaca] , 1892. Colección particular © Émile Bernard, VEGAP, Madrid, 201

Ignacio Zuloaga. Retrato del artista con capa y sombrero , 1908. The State Pushkin Museum of Fine Arts, Moscú © Ignacio Zuloaga, VEGAP, Madrid, 2017

Ignacio Zuloaga. Retrato de Mlle. Valentine Dethomas , c.1895. Colección particular © Ignacio Zuloaga, VEGAP, Madrid, 2017

Francisco Zurbarán. Santa Úrsula , 1635. Colección particular (Obra perteneciente a la colección de Ignacio Zuloaga)

Ignacio Zuloaga. Mujer de Alcalá de Guadaíra , 1896. Museo Ignacio Zuloaga. Castillo de Pedraza, Segovia. Foto: Album / Oronoz © Ignacio Zuloaga, VEGAP, Madrid, 2017

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A pesar de ser aclamado desde Europa como precursor de la modernidad, Zuloaga tuvo que encajar las piezas de esa unión de tradición y vanguardia. Llega al París de finales del XIX para aprender de los maestros y conocer las nuevas corrientes artísticas impresionistas. Quiere ser cosmopolita y seguir a sus coetáneos, pero allí le reclaman esas españoladas que a priori no le interesan.

Sin embargo, esos viajes de vuelta a España fueron los que le reconciliaron con sus raíces, los que le hicieron entender la tradición como imprescindible para el progreso y, sobre todo, descubrir a El Greco, el máximo exponente de la pintura tradicional en temas, pero moderno y libre en la forma. No solo le influyó sobremanera para reconciliar lo tradicional y lo cosmopolita en su obra sino que su sombra se deja ver en su pintura como deja claro el Retrato de Maurice Barrès. También como su amigo Émile Bernard, admira a los maestros: Goya, Zurbarán o Tiziano.

Ignacio Zuloaga. Charles Morice y su mujer, c. 1898 Museo Ignacio Zuloaga. Castillo de Pedraza, Segovia © Ignacio Zuloaga, VEGAP, Madrid, 2017

UN GRAN RETRATISTA Y COLECCIONISTA

“Precisamente por haber salido de su patria, por haber comparado distintas escuelas, ha conseguido averiguar lo que fue España, lo que es España en su carácter inmutable”, definió a la perfección Ramino de Maeztu. Por eso, en la España de Zuloaga que exhibe la exposición de la Fundación MAPFRE conviven las gitanas con mantilla y abanico, los claveles y los galgos con las mujeres francesas de alta cuna. Doña Rosita Gutiérrez frente a la condesa de Mathieu de Noailles. Su Víspera de la corrida frente a esas raíces castellanas que se van apoderando de su obra en lienzos como, El alcalde de Torquemada o El enano Gregorio el botero.

Ignacio Zuloaga. Retrato de la condesa Mathieu de Noailles , 1913. Museo de Bellas Artes de Bilbao. Foto: © Bilboko Arte Ederren Museoa-Museo de Bellas Artes de Bilbao © Ignacio Zuloaga, VEGAP, Madrid, 2017

Junto con ese mundo popular, Zuloaga fue un gran retratista tanto de los personajes anónimos como de la alta aristocracia. Además de obtener una alta rentabilidad económica, los retratos fueron un instrumento de promoción social para el artista. Destacan en la exposición cómo se interpelan La Celestina de Zuloaga, una prostituta de sugerente y hedonista carácter folclórico, y La Celestina (La tuerta), de Picasso. En esta obra, clave en la etapa azul del malagueño,  muestra a esa vieja alcahueta seria, hierática y de luto que representa a la España más popular y austera.

La otra gran faceta de Zuloaga fue la de coleccionista. A él y a Santiago Rusiñol, entre otros, le debe la Historia del Arte la recuperación de la figura del El Greco en España. Con 20 años compró por cincuenta francos uno de sus lienzos y desde entonces comenzó a reunir una colección de obras dedicando especial atención a los maestros que más admiraba. En la exposición se pueden ver San Francisco y La Anunciación, de El Greco, así como Los fusilamientos y Herido en un hospital, de los Desastres de Goya; Santa Úrsula, de Zurbarán; y tres bronces y dos terracotas de Rodin. Son todos estos grandes artistas los que laten en sus cuadros y los que, junto a sus viajes de ida y vuelta, funden el costumbrismo y la tradición popular con la vida moderna para demostrar que España era y es mucho más que españoladas como demuestra esta exposición, que se puede visitar hasta el 7 de enero en la Fundación MAPFRE (Paseo de Recoletos, 23, Madrid).

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