Panorámica de la playa de San Sebastián en Sitges, una playa familiar con una longitud de 205 metros
Panorámica de la playa de San Sebastián en Sitges, una playa familiar con una longitud de 205 metros - EFE

SITGESEl destino de éxito en el que conviven gays, familias, cultura y terror

Los visitantes llegaron por primera vez en el siglo XIX, de la mano de los artistas modernistas de Barcelona

Actualizado:

El turismo llegó a Sitges (Barcelona) a finales del siglo pasado y cambió esta pequeña localidad costera para siempre. Sus casas blancas de aire marinero vivieron ajenas de la vorágine de la cercana Barcelona hasta la llegada del tren y el telégrafo a finales del siglo XIX. «Quienes descubrieron la localidad fueron los pintores y bohemios modernistas de Barcelona, los turistas burgueses llegaron después», explica el historiador Ignasi Domènech.

No en vano, la historia de Sitges como destino turístico bascula sobre dos elementos: la eclosión artística de la Europa de entreguerras y la liberación del colectivo homosexual en el tardofranquismo y la transición. Hoy, esta herencia histórica convive sin entrelazarse demasiado en las apretadas calles de una localidad bañada por unas aguas de un caprichoso color azul turquesa que no hacen pensar que la población se encuentra a menos de 45 minutos en tren del centro de Barcelona.

En sus calles angostas de casas claras podemos ver los vestigios del paso por la localidad de artistas como Santiago Rusiñol al lado de negocios que se jactan de ser pioneros en la introducción del turismo destinado al público gay en España. Para más inri, la localidad presume de acoger la primera playa nudista que el colectivo homosexual hizo suya allá por los años 30.

Transformación radical

Esta localidad, hoy dedicada a la hostelería, fue una auténtica potencia de la producción de calzado hasta no hace mucho. Allí, el 75 por 100 de la población activa llegó a dedicarse a vestir los pies de los catalanes. Una poderosa industria de la que poco queda en nuestros días más allá de las tiendas de chanclas y mocasines que se amontonan en las calles principales del pueblo.

La economía de Sitges se centra ahora en la llegada de turistas y es que su auge como destino vacacional viene de lejos, desde hace más de un siglo. A finales del siglo XIX la población ya se convirtió punto de reunión de las clases acomodadas de Barcelona, que tenían en este pueblo su «destino de verano».

Creatividad y desenfreno

Durante el invierno los burgueses preferían Puigcerdà, en el Pirineo catalán, donde los balnearios y la incipiente difusión de los deportes de nieve eran el reclamo principal. Mientras tanto, en Sitges el movimiento modernista vivía noches de creatividad y desenfreno de la mano de artistas que establecieron su base en esta pintoresca población. El pueblo también fue pionero en otros pasatiempos que hicieron fortuna décadas después, como las carreras de coches: allí se construyó el autódromo de Terramar, el primer circuito permanente de competiciones automovilísticas de España (1923) y el tercero de Europa.

Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil truncó esta explosión cultural que se recuperó al calor del desarrollismo de los años 60 y 70 ya en forma de turismo de masas. Hoy, la población ofrece una colorida propuesta que entremezcla turismo cultural, de sol, playa y gastronomía jóvenes, familias y muchas parejas homosexuales que comparten playas y garitos en una mezcla tan ecléctica como naturalizada.

Más allá de la alegría estival, Sitges tiene una faceta oscura, siniestra incluso. Desde hace décadas, el pueblo se ha convertido en una de las capitales del cine de terror a nivel internacional impulsado por su Festival de Cine Fantástico, que se celebra cada mes de octubre y congrega a centenares de actores, directores y fans de la ciencia ficción más oscura y macabra. La cara «b» de un enclave idílico a los hombros de Barcelona.