El último Samaranch, entre la gimnasia diaria y Lluïsa

APMaría Teresa Samaranch Salisachs, junto a Lluïsa Sallent (derecha), la última pareja de su padre, el viernes en la capilla ardienteEN el 24 de la avenida Pau Casals, al lado del Turó Park, una de

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María Teresa Samaranch Salisachs, junto a Lluïsa Sallent (derecha), la última pareja de su padre, el viernes en la capilla ardiente

EN el 24 de la avenida Pau Casals, al lado del Turó Park, una de las zonas de mejor tono de Barcelona, vivió Juan Antonio Samaranch su madurez y últimos años de vida. Por su aspecto cuidado y formas amables nadie le hubiese distinguido de otros entrañables jubilados que por allí pasean, entre «boutiques» de lujo y cuidados jardines. Nada que ver con ellos. Pese a que su agenda ya no era la del primer espada mundial que fue hasta 2001, cuando dejó la presidencia del Comité Olímpico Internacional (COI), también en el ocaso de su vida siempre anduvo Samaranch embarcado en una misión: la última de ellas, lamentablemente frustrada, conseguir unos segundos Juegos Olímpicos para España. Los intentos de Madrid por obtener las olimpiadas de 2012 y 2016 tuvieron en Samaranch al más entusiasta embajador, en un objetivo incumplido pero que daba el tono de un personaje que siempre vivió un paso por delante, ya en su juventud.

Y es que tuvo fama el joven Samaranch de quemar la noche: junto con otros formó algo así como un «rat pack» a la barcelonesa que es aún legendario en la Ciudad Condal: un grupo que llegó a conocerse como la «brigada del amanecer» y que, como otros episodios de su biografía, dibujan también el perfil de un personaje, sin exagerar, legendario. Su agitada juventud contrasta sin embargo con la de un Samaranch en el tramo final de su madurez.

A las siete, su tabla de ejercicio

Hombre de rutinas, se levantaba cada día a las siete de la mañana para practicar una ya famosa tabla de ejercicios que él mismo bautizó como la «tabla Sam», y que un entrenador personal diseñó para él. Más bien bajo de estatura, estrecho de pecho, Samaranch fue muy consciente de la importancia de mantenerse en forma y de cuidarse, algo que aplicaba tanto en la alimentación como en el resto de facetas de su vida. La muerte en 1940 de un hermano suyo de tuberculosis -enfermedad que él mismo padeció de joven- le marcó.

De hecho, ya como personaje público, la amplísima agenda de actos oficiales en los que se requería su presencia contrastaba con lo magro de su agenda mundana, donde era sustituido por su esposa, Bibís Salisachs, sobre todo si se trataba de actos nocturnos. Ya en los últimos años, era difícil verle incluso en actos convocados más allá de las siete de la tarde.

Trabajador constante, su vejez la pasó también al pie del cañón, aunque obviamente de manera más relajada que en sus años de plenitud, lo que no siempre llevaba bien alguien acostumbrado a estar en primera línea mundial. De hecho, quienes le trataron de cerca señalan que Samaranch pasó por momentos malos, que incluso repercutieron en su salud, cuando en 2001 dejó la presidencia del COI. Alguien que en sus años más activos daba varias veces la vuelta al mundo en un año sentía el cuerpo extraño cuando permanecía más de una semana seguida en Barcelona.

Como se conoce ahora, Samaranch era un «workaholic», y en su caso hablar de retiro no se ajusta a la realidad. Al dejar el COI, y hasta sus últimos días siguió con el cuerpo pero sobre todo la mente a altas revoluciones: acudía casi a diario a su despacho de «la Caixa», primero en el último piso de la torre negra de la entidad financiera, luego en un despacho en el Caixa Fórum; también era habitual su presencia en el «despacho olímpico» de la avenida Diagonal, entre Enrique Granados y Balmes, donde el COI tiene una pequeña oficina. Saltaba de uno a otro, cuando no viajaba por todo el mundo: su último viaje público, a los Juegos Olímpicos de invierno en Vancouver (Canadá).

Algún que otro achaque

Repasaba a diario y de manera exhaustiva toda la prensa, nacional e internacional, ejercía de consejero del actual presidente del COI, recibía visitas, apadrinaba proyectos, guiaba a su hijo Juan Antonio como su relevo en el COI y, también, trataba de cuidarse, haciendo gimnasia en casa o acudiendo al Club de Tenis Barcelona cuando podía... el Samaranch de los últimos años sólo lo paraba algún que otro achaque, como los problemas renales que durante un tiempo le obligaron a someterse a diálisis en el Hospital Quirón, el mismo centro en el que murió.

Como sucede en personajes de su dimensión, la relación entre vida personal y profesional no fue fácil. De hecho, la pasión olímpica y forma de entender el trabajo acabaron repercutiendo en sus relaciones familiares, un peaje que bien pudo entreleerse en las palabras de su hija María Teresa durante el funeral. Al respecto, y ya años antes de fallecer su mujer Bibís Salisachs, acabó imponiéndose una separación de hecho entre ambos. Bibís, viviendo en Barcelona, Samaranch, en Lausana (Suiza), donde nunca tuvo piso, hospedado siempre en el cinco estrellas Hotel Lausanne, a orillas del lago Leman.

Con todo, en actos oficiales y en reuniones de importancia seguían acudiendo juntos, un tándem que, pese a todo, mantuvo su vida privada siempre en un discreto segundo plano. Según recuerdan quienes les trataron entonces, nunca brilló más el matrimonio Samaranch como en la etapa de Juan Antonio en la embajada de España en la Unión Soviética, donde en reuniones con empresarios y políticos, pero también en la alta diplomacia que se teje en recepciones de traje largo marcó un hito en las relaciones entre ambos países.

Tras fallecer Bibís en el año 2000 -Samaranch se encontraba en ese momento en los Juegos Olímpicos de Sidney-, el presidente del Comité Olímpico Internacional entró de hecho en una nueva etapa de su vida. Empezó a saberse entonces de la existencia de Lluïsa Sallent, pintora y escultora amiga de la familia, y que acabó compartiendo como pareja sus últimos años. Los más cercanos sabían de su relación, para el resto fue un asunto público cuando presentó en sociedad en 2006 a Lluïsa, durante el acto de apadrinamiento del avión de la compañía Spanair bautizado con el nombre de «Marqués de Samaranch».

Conservar rutinas Quizás porque durante tantos años su agenda era imposible, gustaba de conservar ciertas rutinas, más aún en sus últimos años. Así, por ejemplo, nunca fallaba en sus veraneos en la Costa Brava, concretamente en Santa Cristina d´Aro, en una espléndida masía catalana reconvertida en chalet que le servía de base de operaciones durante esos meses; un retiro veraniego siempre relativo, en cuanto tampoco abandonaba allí ni su tabla de ejercicios Sam ni la lectura de prensa, ni los viajes de trabajo... En cualquier caso, en Santa Cristina sí podía relajarse algo, nadando en la piscina o practicando tiro en la galería que medio escondida tenía en el jardín, y donde le gustaba agasajar a sus invitados. Aunque siempre atento, nunca se relajaba. En la cabeza, la siguiente misión.

POR ÀLEX GUBERN