Orígenes de Compostela

Esta obra es un paseo por la historia de España a través de sus ciudades. Cada época de nuestro pasado se condensa en el acerbo cultural de una urbe. Desde la Córdoba de Ibn Hazm a la Barcelona de

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Esta obra es un paseo por la historia de España a través de sus ciudades. Cada época de nuestro pasado se condensa en el acerbo cultural de una urbe. Desde la Córdoba de Ibn Hazm a la Barcelona de Tàpies o la Valencia de Blasco Ibáñez. El pasaje que reproducimos a continuación cuenta cómo se funde lo maravilloso con lo épico en los orígenes de Santiago de Compostela

Todas las ciudades gallegas tienen vocación marinera. Las del interior, Orense y Lugo, bañadas por el Miño. Las otras por el mar. Ferrol, con sus astilleros y su arsenal. La Coruña, con su Torre de Hércules, su puerto, su ciudad nueva, su zona industrial, su arquitectura acristalada y su burguesía comercial soñando la llegada de las naves de Indias. Pontevedra, que quiere verse en el océano como Vigo, tendido en las laderas marinas al igual que un gran Neptuno repitiendo, para quien quiera escucharle, las cantigas del juglar Martín Códax.

Olas del mar de Vigo,

¿visteis a mi amigo?

¡Ay Dios! ¿Vendrá pronto?

Olas del mar agitado

¿Visteis a mi amado?

¡Ay Dios! ¿vendrá pronto?

Como contrapunto, la feudal y eclesiástica Compostela, en el corazón de Galicia, nació de la muerte, floreció de una tumba y de una ensoñación colectiva. Para Valle-Inclán -que solía contemplar la catedral desde el paseo de los Leones, donde el viajero encuentra hoy su barba de chivo esculpida en bronce- la oración de mil años de Santiago de Compostela renace día por día en el tañido de sus cien campanas, en la sombra de sus pórticos con santos y mendigos, en el silencio sonoro de sus atrios con flores franciscanas entre la juntura de las losas, en el verdor cristalino de sus campos de romerías, con esos robles de excavado tronco que recuerdan las viviendas de los ermitaños.

Todo empezó con unas luminarias. Una noche de verano del 813 -así lo relata la tradición-, un ermitaño asentado en los últimos confines del reino asturiano, aunque cercano a la recién restaurada sede gallega de Iria Flavia, comunica a su obispo Teodomiro la aparición de una estrella milagrosa en el bosque. Tras despejar el lugar quedó al descubierto un sepulcro, que los fieles atribuyeron al apóstol Santiago y sus discípulos.

Con el hallazgo se redondeaba el mito de la evangelización jacobea de Hispania, rescatado cuarenta años antes por el monje cántabro Beato de Liébana:

Oh muy digno y muy santo apóstol,

dorada cabeza refulgente de Hispania,

sé nuestro protector y natural patrono...

De las plegarias del Beato a la aparición de las reliquias sólo medió un paso y éste se dio tras el parón de las aceifas de Hisham I en Asturias y Galicia. Poco importa el enigma de la aparición del cadáver del apóstol en Compostela, tan lejos de Jerusalén, donde fue decapitado. Aquí se extingue la sutil frontera de la historia real y de la invención. Pronto juglares a lo divino y cronistas medievales irían completando el mito jacobeo con relatos y detalles fascinantes: la barca de piedra en que los fieles trasladan el cadáver del apóstol desde Palestina, la intervención de la pagana reina Lupa, el aprovechamiento del altar druídico del Pico Sacro, la aparición de un blanco manto de estrellas de Oriente a Occidente mostrándole a Carlomagno las tierras que liberar del islam al frente de sus soberbios nobles:

Yo soy Santiago apóstol, discípulo de Cristo, hijo de Zebedeo... El camino de estrellas que viste en el cielo significa que desde estas tierras hasta Galicia has de ir con un gran ejército a combatir las pérfidas gentes paganas, y a liberar mi camino y mi tierra, y a visitar mi basílica y mi sarcófago. Y después de ti irán allí peregrinando todos los pueblos, de mar a mar, pidiendo el perdón de sus pecados y pregonando las alabanzas del Señor.

La rosa de piedra gallega pronuncia la más clara afirmación de la leyenda y de la imaginación como origen de utopía y esperanza. Todavía hoy la ciudad monumental puede leerse como una apasionada ensoñación en cuaderna vía, o como si surgiera de los ornatos y caprichos irrepetibles de los pergaminos iluminados por los monjes y artistas de la Edad Media: la Historia compostelana, el Libro de Santiago o las Cantigas de Santa María del rey Alfonso X. Porque también hoy importa poco la muy improbable autenticidad de los restos para cuanto ocurrió después al calor de la fe de los creyentes y del cálculo político de los reyes.

Genealogía de la fe

Al conocerse la noticia del hallazgo de los sacrosantos despojos,Alfonso II se precipitó a visitarlos y ordenó levantar en el lugar una sencilla iglesia. A mediados del siglo ix, Alfonso III sustituyó la vieja iglesia por la primera gran basílica. Tampoco duró mucho esta construcción que la fe, la fantasía y el cincel de los canteros hicieron sagrada. Ningún monarca ni las armas de guerrero alguno pudieron frenar las fatales oleadas normandas que en el 968 llevan el terror y la destrucción a la costa. Y, lo que resulta peor, próximo el final del milenio, de negros augurios en toda Europa, el fiero Almanzor galopa por Galicia al frente de sus ejércitos y arrasa Santiago de Compostela, reduciendo a escombros las iglesias y palacios de la ciudad, y llevándose a Córdoba las campanas y puertas del templo como señal de victoria.

La gloria saqueadora de los anónimos soldados musulmanes y el pánico que abren a su paso palpitan aún en la prosa árabe del cronista Ibn Darray, para quien el usurpador del trono cordobés Almanzor, inmune siempre al desaliento, a la fatiga o a la compasión, poseído por una insaciable voluntad de acción, es «el que vence por Dios», el azote del infiel bajo cielos nocturnos de media luna:

Los partidarios de la herejía han sabido entonces en el extremo oriente donde están o en el extremo occidente que el fetichismo no era más que mentira en Santiago cuando llegaste con las espadas blancas semejantes a una luna que se pasea por la noche entre sus estrellas.

La rutina de la guerra abre ahora las esclusas de Compostela y la tierra se puebla de combates. Pasado el peligro, la urbe recobra su esplendor con las obras de la catedral románica mientras sus obispos reclutan soldados, construyen barcos y organizan la defensa de la región. Con la extensión de sus poderes y su inclinación a las armas, los mitrados gallegos recrean ahora la imagen de Santiago caballero o «Matamoros» que se difunde en las crónicas a partir del siglo xi, y que encuentra su representación más antigua en el tímpano de la catedral, en el brazo meridional del crucero.

Esta visión del apóstol comprometido activamente en la lucha contra los infieles debe mucho a la fértil imaginación del arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada, el primero en incluir en su Historia de los hechos sucedidos en España la legendaria batalla de Clavijo. Del latín del arzobispo de Toledo pasaría más tarde al castellano de Alfonso X en la Primera crónica general de España, reflejando una vez más que en el amanecer de la historiografía española se funde lo pasado y lo presente, lo maravilloso y lo cotidiano, lo real y lo irreal, la Biblia y los cantares de gesta:

También el apóstol Santiago fue con ellos, tal como les prometiera, y esforzábalos a la batalla, y hería él mismo muy de recio a los moros, de modo que a ellos semejaba... Los moros fueron luego vencidos; y murieron allí bien setenta mil veces mil de ellos, como cuenta la historia. Y de los otros que escaparon, huyeron todos los que pudieron huir.

Hay batallas imaginarias que son materia de esa parte del sueño que nutre la memoria colectiva de los pueblos. Como la ilusoria batalla de Calatañazor, que suscita sus apariciones de estandartes y añafiles y paramentos y escudos a unos cuantos kilómetros de Soria y, no obstante, vive sólo en una esfera puramente mental. Del mismo modo la batalla de Clavijo y la invocación al apóstol Santiago, perseverante en las arengas militares como talismán de la victoria, refulgente en las páginas de Gonzalo de Berceo o en los relatos de los cronistas de Indias.

(...)

Todo está aquí, aquí dormido, en Santiago de Compostela: el relinchar de caballos y el chocar de lanzas y armaduras, los nobles soberbios y los caballeros del Turpín, que quieren emular las famosas gestas del ejército de Carlomagno bajo la protección del apóstol, los obispos de báculo y espada y los orondos canónigos del grano feudal, los gremios de artesanos y los músicos, los cambiadores y las meretrices, los vendedores de conchas y los taberneros, los juglares que dan un no se qué de misterio y melancolía a la noche y las pálidas doncellas salidas del cuadro de un pintor flamenco, envueltas en una dulcísima niebla o música que duerme en el regazo de los siglos. Todo gravita en torno a la catedral, en este lugar encantado donde la memoria ni se hace oscuro sueño ni se desvanece.

Y está aquí, sobre todo, aquel peregrino que el arcipreste de Hita inmortaliza en el castellano severo, altivo, grave y sonoro del siglo xiv:

(...)

Santiago, que no podía aspirar más que a ser la tercera meta del peregrinaje cristiano medieval junto a Palestina y Roma, pronto las igualaría gracias al rango adjudicado al apóstol en el escalafón santoral, a la exaltación producida en Europa por la continua cruzada de los reinos peninsulares contra el islam y, sobre todo, a causa del grave impedimento que el cisma de Oriente y las guerras suponían para los viajes a Tierra Santa.

Las primeras noticias del Camino de Santiago (siglo x) hablan de un pasillo por los abruptos pasos de montaña de Guipúzcoa, Vizcaya, Asturias y Oviedo, que evitaba los peligros de la aceifas islámicas de la llanada alavesa y el norte de Burgos. A medida que prospera la Reconquista y el fortalecimiento del valle del Ebro y Castilla, los caminos se desplazan hacia el sur.

Vuelven a enlazar con la vieja vía romana en Clunia y, ya en el primer tercio del siglo xi, gracias a las repoblaciones de Sancho el Mayor en Logroño y Nájera, se restablece la antigua comunicación entre el valle del Ebro y Briviesca, para culminar con un nuevo salto merced a los trabajos piadosos de santo Domingo y san Lesmes en La Calzada y Burgos respectivamente.

El camino de Santiago, descrito con pormenor en la Guía del peregrino por el monje Aymeric Picaud, queda configurado ya en el siglo xii. Y aunque los peregrinos abundaron en las antiguas calzadas romanas a lo largo de la ruta descrita por este monje francés en el Códice calixtino, no faltaron tampoco las vías marítimas, sobre todo desde el norte de Europa -Inglaterra, Irlanda, Noruega- y sur de Francia, que tendrían su última meta en Padrón y La Coruña. Así, el irónico comerciante de ilusiones Chaucer, autor de los Cuentos de Canterbury, puede recordarnos que los mercaderes aventureros de Bristol y el gremio de vinateros de Londres amasaban fortunas con la importación de vinos y la exportación de paños, al tiempo que utilizaban sus barcos para el transporte de peregrinos. Y William Wey, un peregrino inglés del siglo xv, puede contar en el puerto de La Coruña ochenta y cuatro barcos de peregrinos de todas las naciones del norte.