Manolo «Caracol» Cien años de un genio

Cantaor de cantaores. Nacido en Sevilla y sobrino de Joselito y Rafael «El Gallo», lidiadores míticos de quienes su padre fue primo hermano y mozo de estoques. Primo hermano él, a su vez, de otro

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Cantaor de cantaores. Nacido en Sevilla y sobrino de Joselito y Rafael «El Gallo», lidiadores míticos de quienes su padre fue primo hermano y mozo de estoques. Primo hermano él, a su vez, de otro torero de rango, Rafael Ortega «Gallito», Manolo «Caracol» pertenecía a una casta cuyos integrantes son nombres de cita imprescindible cuando se habla de los pilares fundamentales del cante gitano. Forman sus engarces Enrique «El Mellizo», «El Fillo», «El Planeta», Curro «Dulce»... Desde muy niño escuchó «Caracol» en la intimidad los desgarros del gran Manuel «Torre», que aparece junto a él, muralloso y cetrino, en la instantánea de grupo del concurso de cante hondo organizado por Falla, Andrés Segovia y Zuloaga, entre otras glorias, y que el niño Manuel ganó con sólo trece años. Allí comenzó su vida artística oficial. Desde que, ese mismo año, Antonia Mercé «La Argentina» le reclutara para su compañía y debutara luego en solitario en Madrid en el Teatro Centro, una sala de verano de los altos del Calderón, hasta que le fuera impuesto el Lazo de Isabel La Católica, la vida le deparó aplausos, sinsabores, partidas de giley, travesías, lágrimas y órdagos a la grande que darían para escribir varias novelas.

Una noche, saliendo de una fiesta con su mujer y su hija Luisa, llovía a cántaros, la carretera estaba mal señalizada y se metieron con el coche en un río. Cuando lograron salir, echaron a andar por el campo y cayeron en una charca. Llegados al fin a una venta, impactó un rayo contra el tejado... Lo dicho: para varias novelas. Y es que la gente normal suele tener una biografía, y punto. Los genios, varias, tanto auténticas como de ficción. Esa es una de las claves: o se tiene una vida, y se es uno más, o se tiene varias, y ya se es otra cosa. «Caracol» era lo segundo: otra cosa.

Su cante, afirmó siempre, no podía aprenderse como una asignatura, sino que salía del corazón y las entrañas («Depende del alma, de tener fe, de creer»). Y el Duende sólo hacía buenas migas con ciertos temperamentos. Para cantar bien, aseveraba: «Hay que ser hombre, tener corazón, que te gusten los toros, el vino y las mujeres y poseer una voz con rasgos gitanos. Sin todo eso se podrá cantar, pero mal».

Pasión por el toro

Cuando, poco antes de estallar la guerra, se trasladó a Madrid con la familia, se estableció en un piso que le buscó un gran torero: Jesús Solórzano. Y es que la fiesta brava y, en especial, el toreo de «Cagancho», fueron su veneno. De ahí el titular de Vicente Zabala el día en que a él le llegó también la hora: «El toreo está de luto por la muerte de Manolo Caracol». Y de ahí que uno de quienes mejor le definieran fuera otro crítico taurino, Gregorio Corrochano («¡Dichosos los que saben rezar cantando!»). El cine ha inmortalizado su figura caminando junto al féretro de Manolete, y todavía hoy son mayoría los toreros que, en la entrevista semanal de Benlloch, le citan como su cantaor favorito. Con Lola Flores formó una pareja artística que marcó época, generadora de una iconografía que aún perdura y que puede que no haya tenido parangón -en cuanto a popularidad e intensidad escénica- en los anales faranduleros de la piel de toro. Y dos músicos fueron fundamentales en su trayectoria: Melchor de Marchena -un carbunclo en el pulgar- y Arturo Pavón, que supo poner acentos sinfónicos a su cante cavernoso y empapar de Duende un instrumento hasta entonces exclusivo de los clásicos. Porque Manolo «Caracol», a fuer de pionero en el traslado del flamenco puro a los grandes escenarios teatrales, fue también el creador de la copla flamenca y, por tanto, así en su época de partenaire de Lola como en su cante secundado por el piano, el antepasado epónimo del experimentalismo de «Camarón», «Bambino» o «Las Grecas». No por casualidad del cuadro flamenco de su tablao, «Los Canasteros», surgió la primera formación de «Ketama».

Grande entre los grandes por siguiriyas y fandangos, hombre de palabra, carismático, celoso de lo bueno y desdeñoso de la mediocridad, necesitado de sus rincones y cenáculos íntimos, «Los Canasteros», que abrió en Madrid en 1963 de regreso de una triunfal gira por América con su hija Luisa y fue bautizado por la Duquesa de Alba como el Teatro Real de los Gitanos, ha quedado en la historia como el arquetipo del tablao, la referencia cuasilegendaria a la que todavía hoy las nuevas canteras de guitarristas y bailaores se refieren con ojos encendidos por el hechizo de la fábula. El Madrid flamenco en que «Caracol» abrió las puertas de su sala de fiestas, y en el que existían ya las de Alberto Verdasco («Café de Chinitas»), Manuel del Rey («Corral de la Morería») y «Gitanillo de Triana» (El Duende»), era el de las andanzas bohemias y la cosecha de laureles de «Faíco», Adela «Chaqueta», «Bambino», «Porrina de Badajoz», «Sordera», Carmen Mora, Juan y Toni «El Pelao», Mario Maya, «Calderas de Salamanca», Fernanda y Bernarda, María «Albaicín», Paco de Lucía, «El Güito», José «El Rumbero», Paco Valdepeñas, Manuela Carrasco, «Camarón de la Isla», «Pansequito», «Indio Gitano», Juan «Habichuela», Blanca del Rey, Antonio «El Camborio», «Manolete», «Las Grecas», Rosa Durán, Ramón «El Portugués», «Manzanita», Antonio Arenas, José «Mercé», «Los Chorbos», Amina, «Marote», «El Tupé», «Serranito», «La Marelu»... Un Madrid, en fin, con el Duende haciendo de las suyas por las esquinas. Imbatible en las fiestas gitanas, «Caracol» fue también, por su señorío, su arrolladora personalidad y la dramática exuberancia con que brotaba su talento, el cantaor preferido de la aristocracia y las esferas distinguidas. De hecho, su nombre artístico se lo impuso, siendo aún niño, la Duquesa de Santoña en una fiesta celebrada en el Palacio de las Dueñas.

Vivía intensísimamente la Semana Santa sevillana, claro que más como mandan los cánones flamencos que los romanos. Por eso este año la Hermandad de los Gitanos, que en 2006 homenajeó con una «levantá» en su honor a Arturo Pavón, este año, decíamos, por iniciativa de su nieta Salomé Pavón Ortega -heredera y continuadora de ambas casas cantaoras- y con otro de su estirpe -Juan Miguel Ortega Espeleta- a la cabeza, portó a hombros al Cristo mientras, por primera vez, sonaba a ritmo de marcha «La Salvaora» a su paso por la Campana, donde tantas veces aqgitano saliera al paso al Nazareno para romperse a sus pies por siguiriyas.

Su manía con José Bódalo

Constituyó un homenaje de lujo a aquel temperamento de abisales intuiciones artísticas que tenía luego, dicen, salidas muy infantiles. Por ejemplo, le sentó muy mal que nunca le llamaran para darle la llave de «La Casa de los Martínez», aquel programa de televisión de cuando éramos niños, distinción a la que vete a saber qué importancia podría atribuir un hombre que era un mito viviente y cenaba con condes y ministros. O se rebelaba porque, cada vez que encendía la televisión, apareciera siempre José Bódalo, que era buen cliente de su tablao y con quien, por otra parte, se llevaba muy bien. ¿La razón? También Luis Prendes, por ejemplo, estaba en aquella época a todas horas en la tele. Pero Prendes, Mariano Medina, Alfonso Sánchez o Kiko Ledgard le daban igual. La fijación suya era con Bódalo.

Pero a esas cosas se reducía su infantilismo. Por lo común, era de armas tomar. Una noche se enteró de que un tablao de Madrid había contratado para quince días a un cantaor al que algunos pretendían etiquetar como rival suyo. Ni corto un perezoso, se presentó allí. El «rival», nada más verle, palideció. En la primera mesa estaba sentado Luis Miguel «Dominguín» con Don Marcelino, el enano que le acompañaba siempre y que se estaba fumando un puro más grande que él. Apenas terminó la actuación del «rival», «Caracol» subió al escenario y rompió a cantar. A mitad del encendido fandango, se detuvo inesperadamente y, fijando sus ojos iracundos en Don Marcelino, le imprecó:

-¡Apaga ya ese puro!

Con toda la sala temblando, Don Marcelino obedeció. «Caracol» siguió cantando y... Bueno. El «rival» había firmado quince días de contrato. Al día siguiente se despidió. «Pansequito» fue testigo, y puede dar fe.

Fue, en fin, artista de los que, cuando están inspirados, no dejan títere con cabeza. A los cantaores que, en su opinión, no valían un duro, no les echaba ni cuentas. Es que ni los saludaba. Eso, si no les mandaba callar. Y se callaban ipso facto.

Por algo sería.

POR JOAQUÍN ALBAICÍN. ESCRITOR