Diego Navarro  Director del Instituto Juan Velázquez de Velasco de investigación en Inteligencia
Diego Navarro Director del Instituto Juan Velázquez de Velasco de investigación en Inteligencia

La excelencia del agente secreto

Diego Navarro traza en este libro una historia de la «información secreta», de sus orígenes, métodos y operaciones. Un estudio que no es un mero relato de anécdotas y misiones más o menos excitantes

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Diego Navarro traza en este libro una historia de la «información secreta», de sus orígenes, métodos y operaciones. Un estudio que no es un mero relato de anécdotas y misiones más o menos excitantes, sino que se detiene también en la evolución y análisis de este oficio, que todos los Estados y sociedades han considerado imprescindible para la defensa de sus intereses

Ala hora de valorar el perfil especializado de hombres y mujeres que desarrollaron las más variadas habilidades intelectuales y cualidades físicas y mentales aplicadas al trabajo de inteligencia, podría proponerse un listado de los top ten de la Historia del espionaje (...) Qué duda cabe que la historia del círculo de Cambridge con Philby, McLean y Burguess a la cabeza, propicia uno de los episodios más apasionantes de la historia de la inteligencia contemporánea protagonizada por un grupo de dobles agentes al servicio de la ideología comunista. Tampoco quedaría atrás el célebre, por inverosímil, caso del agente Juan Pujol, alias Garbo, el único hombre condecorado tanto por alemanes como británicos, y tantos otros ejemplos curiosos, sorprendentes, increíbles o anecdóticos.

A continuación, el turno es para los maestros de maestros, para los spymasters.

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Joseph Fouché (1758-1820). En 1792, Fouché fue elegido para la Convención nacional por los ciudadanos de Nantes. Fue un individuo absolutamente camaleónico: primero conservador, luego revolucionario, republicano y jacobino, con Bonaparte y contra él. Favorecedor del imperio napoleónico y luego, tras el declinar de Napoleón, de la restauración borbónica con Luis XVIII. Se convirtió en el rico jefe de policía y millonario duque de Otranto (...)

El gran mérito de Fouché fue hacer del servicio secreto un instrumento tan necesario para el emperador que el mismo Fouché se convirtió, a su vez, en absolutamente indispensable. Dicho de otro modo, no hizo sino aplicar una máxima tradicional en el juego del poder que Robert Greene recopiló en sus célebres 48 leyes del poder: «hacerse imprescindible a la vista del responsable político máximo». Resulta muy esclarecedor para comprobar su método diario de trabajo el repaso de su colección de notas, despachos e informes que todas las noches (salvo el domingo) envió durante diez años a Napoleón. No había suceso, comentario, rumor, informe, chisme o principio de conjura que no fuese puntualmente puesto por escrito y comunicado. Fouché colaboró muy activa-mente con Mariano Juan María Renato Savary, duque de Rovigo, célebre maestro de espías, y otro de los grandes jefes del espionaje en la Historia, como jefe de la sección de Inteligencia del Estado Mayor en el cuartel general del Emperador. De hecho, en 1805, disfrutando del rango de general de división con misiones secretas en Rusia, pasó a San Petersburgo, como embajador, después de la paz de Tilsit. Como hábil diplomático, en 1807 pasó a España para convencer a Carlos IV y a Fernando VII de emprender el viaje a Bayona. Cuando José Bonaparte accedió al trono de España, Savary abandonó Madrid y se fue con Napoleón. Sus memorias, inte-resantísimas para la historia de la policía, dejan bien patentes las re-laciones fructíferas con Fouché en el control y gestión de la información. Así, con Fouché encargado del control de la información en el interior y Savary como máximo jefe de la inteligencia militar, Napoleón disponía de un caudal informativo inigualable para hacer frente a las amenazas y oportunidades que salieron a su encuentro.

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Wilhelm Canaris.Las biografías de Canaris, especialmente la de Bassett, lo presentan como un militar de carrera conjurado contra el régimen nazi que, desde su privilegiada posición como jefe de la inteligencia militar alemana, pagó con su vida la alta traición a raíz de su implicación indirecta en la intentona fallida de acabar con la vida de Hitler, en el célebre episodio ejecutado por Von Stauffenberg. Es también la historia de un militar alemán profundamente comprometido con el honor de su patria, cuya indisimulada anglofilia sólo era superada por su visceral anticomunismo. Con estos parámetros y condicionantes personales se entenderían los importantes y ultra secretos lazos tendidos entre la Abwehr de Canaris y el SIS británico dirigido por Stewart Menzies. Ambos fueron protagonistas, merced a su fobia antibolchevique compartida, de uno de los axiomas fundamentales en la historia de la inteligencia: no hay servicio secreto que se precie que no establezca siempre un canal de comunicación secreto con el enemigo, incluso en tiempos de guerra. De hecho, fueron numerosas las ocasiones en que Canaris acabó convirtiéndose, probablemente sin pretenderlo oficialmente, en el mejor agente alemán al servicio de los intereses británicos durante la II Guerra Mundial. Sirva como ejemplo el puntual conocimiento que Londres tenía de una imposibilidad de invasión alemana de las islas, gracias a la información subrepticiamente suministrada en 1940 por Canaris por medio del espionaje español. O la relevante partida de ajedrez en la que se había convertido el tablero español durante la Guerra Civil, pues en España no sólo se ventilaba la victoria de Franco frente a la República si-no en un doble o triple nivel de intereses mucho más elevados y ocultos. De hecho, Canaris trabajaba secretamente para impedir que España entrase en la II Guerra Mundial y se vieran comprometidos los intereses británicos en el Estrecho. Años más tarde, Canaris tam-bién jugó su otra baza internacional: favorecer un posible acuerdo de paz germano-británico en 1943 que dejaría aislada a la Unión So-viética, intentos que venían siendo saboteados sistemáticamente por otro spymaster digno del almirante Canaris: el no menos célebre Ha-rold «Kim» Philby al servicio de Moscú.

Pero también debemos ponderar el interés por el almirante Ca-naris por cuanto su trayectoria vital estuvo íntimamente ligada a España, algo que ya había sido tratado por León Papeleux y André Brissaud. De la lectura atenta de este libro se entresacan datos muy relevantes acerca de la influencia alemana en la política interior y exterior de nuestro país desde los años veinte y, muy especialmente, durante la Guerra Civil española y posguerra por medio de la actuación de los servicios secretos alemanes en numerosos episodios tanto en tiempo de guerra como de paz. Dentro de la política secreta de rearme alemán que trataba de soslayar el tratado de Versalles, Canaris desempeñará un decisivo papel hacia 1925, cuando intensifique los contactos con la Marina española y con los empresarios Ullmann y Echevarrieta, así como con el omnipresente March y militares que desempeñarían un papel capital años después, como Kindelán, Martínez Anido o Jordana en su condición de Alto Comisario de España en Marruecos. En 1928 propicia acuerdos con el general Bazán, director de la policía secreta, y se ponen las bases de un sólido entramado de intereses políticos, comerciales y militares que hacen de España un lugar privilegiado para ampliar la influencia alemana a través de sus estructuras de inteligencia secreta (...)

Durante los años veinte y treinta, Canaris viajó frecuentemente a España. En verano de 1936 su papel fue esencial para decidir la ayuda alemana a la sublevación de Franco. Durante la Guerra Civil, la creciente internacionalización del conflicto propició una oportunidad única nunca vista hasta entonces: tratar de infiltrar agentes soviéticos en las filas alemanas y viceversa. Más tarde, la influencia de Canaris en las relaciones germano-españolas llegó de manera determinante a Hendaya. Según Bassett, los argumentos esgrimidos por Franco sobre las dificultades de una ocupación conjunta de Gibraltar (entre ellos la necesidad de piezas de grueso calibre que Alemania no podía suministrar en ese momento) se los había proporcionado Martínez Campos quien, a su vez, los había recibido directa y secretamente de Canaris, que hacía lo posible por evitar dañar los intereses británicos en el Estrecho. Con posterioridad se fueron incrementando las especiales relaciones de amistad con personajes de la talla de Agustín Muñoz Grandes o Juan Vigón, primer jefe del Alto Estado Mayor en 1939 (...)

En 1944, Canaris fue cesado fulminantemente de su responsabili-dad en materia de inteligencia, quedando ésta unificada bajo la dirección del SD nazi y en manos de un trío inquietante: Himmler, Kalten-brunner y Schellenberg, cuyas memorias reeditadas recientemente también abundan en detalles sobre las particulares relaciones entre ellos y Canaris.

Los paseos conjuntos a caballo mientras se dirimían importantes asuntos relativos a la coordinación entre los servicios y la callada admiración del joven Schellenberg por el venerable Canaris alcanzó su punto culminante cuando se le encargó el arresto del almirante y, en un rasgo de caballerosidad entre espías, le permitió una salida honrosa: Schellenberg fingiría desatender momentáneamente al almirante mientras éste pasaba a su habitación y se suicidaba. Canaris no aceptó el particular ofrecimiento de Schellenberg y acudió a su trágico destino en la horca

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Ely Cohen. También el mejor espía israelí de todos los tiempos fue ejecutado en la horca un 18 de mayo de 1965, en la plaza de los mártires de Damasco. Juzgado sin defensa y torturado durante semanas, las peticiones de clemencia lanzadas por todo el mundo no impidieron su muerte. Todavía hoy, los restos de Cohen siguen sin ser devueltos a Israel por Siria. Eliahu ben Shaoul Cohen, su nombre completo, fue agente infiltrado del Mossad desde 1962 hasta 1965 en Siria, desde donde envió numerosos informes acerca de las Fuerzas Aéreas sirias, los emplazamientos de bases militares (para ello había sugerido que se plantasen eucaliptos alrededor de las bases, supuestamente para proteger las instalaciones) o los pla-nes secretos de desviación de agua del río Jordán. Fue capaz de introducirse en círculos políticos y militares afectos al partido Baaz y su ascendencia en el país fue tal, que incluso su nombre fue pro-puesto entre los candidatos a ocupar un puesto de alta responsabilidad en el ministerio de defensa sirio. Al igual que le sucedería a Wolfgang Lotz, otro compatriota espía en Egipto, coetáneo igualmente de Cohen, la detección de las ondas del radiotransmisor desde el que enviaba sus informes a Tel Aviv fue la causa fatal de su descubrimiento. El avanzado equipo de radiogoniometría, que los soviéticos habían entregado a Siria, cumplió eficazmente su papel y sin ningún error consiguió situar el centro de transmisión en el apartamento propiedad de Cohen en Damasco. La inteligencia humana procedente del trabajo individual de Cohen fue de vital importancia para el éxito israelí en la Guerra de los Seis Días, y su memoria sigue viva gracias al empeño de su hermano Maurice, también agente del Mossad desde 1960, y recientemente fallecido (diciembre de 2006). De hecho, sin saberlo él, fue el responsable de decodificar los mensajes que un agente israelí enviaba desde Siria y del que desconocía su verdadera identidad por razones de seguridad. Sólo años después supo que aquel espía era su hermano.