Escuela gueto. Condenados al cole

VIRGINIA RÓDENAS
Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

Escondido en un pasillo del colegio gueto «Profesor Carles Selma», de Castellón, hay un árbol de cartulina verde donde las ramas son deseos. «Tener un piso», «Que todos los chicos se porten bien», «Viajar lejos», «Que no llueva en marzo», «Mucha salud», «Jugar mucho», «Reír»... En la copa leo «Vivir» y la base del pino la sustenta un «Que se cumplan los deseos de todos». Es media mañana. Apenas se oye a los niños, entre 3 y 12 años. Normal, como ha llovido, no vienen. Por eso las aulas, despobladas, son un bosque de patas de sillas levantadas. Apenas tres, cuatro chiquillos, a lo sumo diez en algunas clases. Ni el más elitista de los colegios tiene una ratio tan baja de alumnos por profesor. Pero de aquí la mayoría no sale camino del instituto para premio extraordinario; de aquí se sale sin ni siquiera saber leer y escribir, sin saber sumar y restar llevando. Después de 9 años y muchos meses de ausencia impune, de cientos de batallas —por el comportamiento, por la actitud, por las palabras, por el acoso, por la anormalidad— se sale del primer ciclo de la enseñanza obligatoria —aquí la imposición es un sarcasmo— en blanco. Que no blanco: De los 97 alumnos matriculados este curso, 74 son gitanos; también hay 2 rumanos, uno lituano y otro chino; 19 son payos castellonenses, 25 necesitan pedagogía terapéutica porque abundan las dificultades en el habla y tres son discapacitados que no controlan los esfínteres. No, no. No se trata de un centro especializado en niños con problemas: Es el colegio del barrio, del de San Lorenzo, que allá por los 50 recibió a emigrantes del resto de España, gente trabajadora, mucha de la misma Valencia, y en el que luego se levantaron dos torres de pisos de protección social hacia los 80 y muchos se ocuparon de feroz marginalidad. Fue cuando el aluvión se hizo tsunami. Entonces los chicos del barrio de toda la vida empezaron a huir hacia otros colegios públicos o concertados mientras se operaba el proceso de concentración. El gueto en el que esta mañana me encuentro había nacido. Miro el árbol de papel. «Acariciar el viento con la yema de los pies». ¿Habrá un poeta? ¿Un Luther King? «I have a dream». Pero aquí nadie habla inglés. A estos niños forasteros y a los gitanos, que son castellanohablantes, se les habla en «valencià» porque el cole, además, es de inmersión lingüística. A esto la antropóloga Ana Giménez lo llama la guinda del despropósito, y lo pinta como una Pinito del Oro en el trapecio sin piernas ni brazos. «Jo tinc un somni» (Yo tengo un sueño).

No muy lejos de San Lorenzo está el barrio y el colegio de San Agustín. Otro arrabal de aluvión. Otra escuela gueto. Pero a diferencia del «Carles Selma» aquí no sólo vienen los niños que no han podido o han querido escapar, o a sus familias les da lo mismo —el grupo más numeroso—, sino que un autobús recoge a alumnos desde distintos puntos de la ciudad para traerlos hasta este cole de concentración. Con premeditación y alevosía. Tampoco son niños cualquiera: son extranjeros, generalmente recién llegados —no pocos inmigrantes de cursos anteriores han conseguido huir, según confirma la dirección del centro—. De tal manera que el alumnado está formado por 55 gitanos, 47 rumanos, 4 marroquíes, 2 argelinos, 1 venezolano y 2 payos castellonenses. Hace dos años hubo un discapacitado «de integración», como cuenta Juan Ramón, uno de los profesores con más solera del centro —salvo la directora y doña Rosa, otra maestra, que llevan 11 años, el resto del profesorado es nuevo, como cada año—, pero ahora no hay nadie en esas circunstancias de minusvalía oficial. «Aquí —me dice— se les pide a los maestros que sean héroes. Que sean padres, guardianes, vigilantes. Que sean supervivientes. Aquí los profesores lloran, se vienen abajo, pero nadie se coge una baja. Vinieron el año pasado un médico y dos enfermeras por una campaña de vacunación y un padre puso contra la pared al doctor. “¿Y cómo podéis aguantar aquí todos los días?, se llevaba las manos a la cabeza». Y cómo los niños pueden soportarlo. Por eso Ana Giménez, la doctora de la Universidad Jaume I que nos compaña en esta aventura al sinsentido y que es el alma del proyecto Cosmos con el que la Fundación gitana Punjab busca descomponer el gueto, confiesa que «ir a un colegio así es una condena para una criatura. Del gueto sólo sale la reproducción del gueto, la marginación produce más marginación y la concentración de todo eso produce más gente en contra de la sociedad. Muchos chicos son muy conscientes de lo que viven día a día. Haga el esfuerzo de ponerse en la piel de un niño que tenga que vivir en una clase en la que no haya disciplina, con gente gritando, saltando, el maestro desquiciado, enfadado... Por eso alguno deseó en el árbol del “Carles Selma” no una “Play”, sino “que todos los chicos se porten bien”... Porque necesitan un espacio de paz y de tranquilidad, donde se les quiera, donde poder expresar sentimientos, ser un poquito felices, y aprender, desarrollarse y convivir en armonía, y eso no es fácil que lo consigan en un colegio gueto donde la armonía es sillas volando». Siquiera jugando en el recreo: Hay niños que no quieren salir al patio para no sufrir el acoso salvaje —sobre todo de gitanos a rumanos— y que cunde cuando en el aula gueto se reproduce el sistema de familias y bandas de la calle —los hay que son hijos de traficantes—. Juan Ramón, el profesor de la resistencia, está atento. «Jo tinc un somni».

Examen de urgencia

Carmen tiene 10 años y una melena hasta la cintura que cuando se balancea sobre la barandilla de la escalera vuela con el viento que ha dejado la tormenta de primera hora de la mañana. Por eso no ha ido al cole: llovía. Es alumna del «Carles Selma». Carmen está con Eli, que también tiene 10 años, pero que a pesar de vivir a pocos metros del cole de San Lorenzo va al de San Agustín. «Mi madre dice que el “Carles Selma” es malo y no se aprende». A ver, examen improvisado. ¿Cuál es la capital de España? Silencio. ¿Las provincias valencianas? Silencio ¿6x8? «48», se adelanta Carmen. ¿Y cómo se llama el presidente del Gobierno? Entonces Eli, con la que Punjab trabaja por su «capacidad limite», contesta: «¡Zapatero!». Y se ríe, claro que se ríe. Su pregunta era más importante y acaba de demostrar que su mamá tiene razón. «Jo tinc un somni».

Juanjo tampoco aprendió gran cosa en el colegio que está al otro lado de la carretera de Ribesalbes, esa frontera que desde que se levantaron las torres en San Lorenzo divide «lo bueno y lo malo». El niño acaba de llegar en un autobús de su nueva escuela, a varios kilómetros de su casa, y en donde su madre, que es una gitana trabajadora de la mediación intercultural, le ha conseguido plaza. «¿Con enchufe?», pregunto. Pero se va por las ramas. El niño, sin embargo, va al grano. «Nati —me dice— era mala y me dejaba encerrado. Y un rumano me pegaba. Eran niños salvajes. Ahora tengo amigos y aprendo». Con 7 años no sabe ni poner su nombre: empieza a agrupar sílabas. «Hacía muchos dibujos, pero también me aburría. Yo no aprendí “ná”». Juanjo y Carmen, que viven en las torres malditas, son la prueba de que ni siquiera los gitanos quieren ir al gueto donde los gitanos dominan. Ellos también, si pueden, se van. «Jo tinc un somni»

Desde luego, imposible tachar de racistas a Milagros, madre de tres niños del «Carles Selma», o a Enrique, ambos bronce puro. Me explica la primera que con 6 años sus criaturas no escriben «ni papa, ni mama», y el del segundo, que necesita un logopeda, está abandonado a su suerte. «Se ve que nuestros niños son diferentes», dice con retranca la gitana.

Tampoco es una cuestión de racismo para las tres madres payas y castellonenses que acuden a la puerta del «Carles Selma». Lo espeta bien alto una de ellas, madre adoptiva de la niña china. «No me dirán racista que mira cómo es mi hija, pero dónde no hay no se puede sacar. Esos niños no tienen nada en la cabeza. Porque aquí el que quiere, estudia y aprende». Entonces me enseña el cuaderno primoroso de su niña. Junto a ella, Yolanda, que también sujeta cuadernos sin tacha, cuenta cómo en el cole no hay ni Asociación de Madres y Padres (AMPA) —antes se llamaba APA pero se ve que ha calado la cultura de la Igualdad en la que está empeñada la ministra Aído— ya que ni hay interés ni miembros que la quieran formar, como tampoco hay padres en el Consejo Escolar, en donde se espera inútilmente a siete padres/madres y al que asiste ella sola. Al lado, una señora lituana, periodista en su país y naranjera en España. cuya hija más pequeña es alumna del gueto, ratifica lo dicho: «El que quiere, puede». Sus otros dos hijos más mayores lo atestiguan. ¿Y sus niños no se sienten raros?, inquiero. «Es que no los dejamos sentirse así». «Jo tinc un somni».

La otra fuga: el profesorado

Juli Montañés, el director del «Carles Selma», también le dice colegio gueto. Y lo hace sin rodeos, sin paños calientes. Once años en él, los últimos cinco como director, avalan sus palabras. Técnicamente se llama CAES (Centro de Acción Educativa Singular), pero si estos niños supieran lo que tienen que saber se darían cuenta de que no es sino un eufemismo. Montañés lo ve claro: «Después de su época dorada, con 320 alumnos a tope, llegaron otras leyes educativas, llegaron otros niños y vino el éxodo. Se fue transformando en eso, un colegio al que por la condición de su alumnado había que dotarlo de medios especiales, más en calidad y cantidad, pero al final sólo se ha quedado con un nombre técnico sin más contenido, donde los profesores cambiaban cada curso. Ahora por lo menos hemos conseguido una estabilidad en la plantilla, que se ve premiada con unos puntitos de más para luego elegir otros colegios, y eso le da también estabilidad al centro. Así que hay disposición del personal después de haber estado solos muchos años. ¿Cómo es posible que hayamos tenido 6 profesores en prácticas? Y lo peor —apostilla el maestro— es que se hayan ido contentos». Se refiere a la labor realizada, pero seguramente pensaban en la libertad, en haber sobrevivido a los malos tragos.

Montañés ha llegado apurado a la cita con D7. Una entrevista con la inspección le ha retenido más de la cuenta. Uno de los alumnos se puso ayer violento, muy violento, y el director lo ha expulsado tres días a su casa. ¡Un castigo de tres días sin cole para alguien que casi no viene! «Es lo que hay. No se puede hacer otra cosa. Los casos de violencia son puntuales pero siempre reiterados por los mismos. Piense que las referencias de estos niños son un desastre. Armados tampoco vienen, algún cortaplumas..., y miedo, lo que se dice miedo, no he tenido ningún día, si acaso nervios por situaciones difíciles protagonizadas por alumnos que deberían tener tratamiento psiquiátrico —esos no figuran en la casuística oficial de atenciones especiales antes enumerada—. También ahora hay unas normas legales de protección a los profesores que antes no existían. Porque aquí hay familias que para ponerte contra la pared sólo necesitan la excusa de que los has mirado mal». Así las cosas, el reto del director y del resto del claustro no es que los niños saquen un diez en matemáticas, «sino intentar acciones singulares dentro del cauce educativo. Vamos, que aquí es más importante la socialización que aprender las tablas. Hay que cambiar el chip cuando te enfrentas a algo así». La lucha también está en obrar un cambio en los comedores, «con más flexibilidad para que vayan más niños, porque antes que estudiar está el comer, y con una mejor dotación de personal que eviten los altercados, que casi siempre se dan en los tiempos del recreo, en las horas libres».

El director del «Carles Selma» nos da otros tres apuntes: a las niñas, las familias no las tratan igual, y al instituto no suelen ir porque con 12 años ya empiezan a enmaridarse; a la guardería gratuita de 0 a 3 años solo va un gitano; y en el barrio hay de todo, hasta una hamburguesería, pero ni una sola librería. «¡Y claro que hay casos perdidos antes de los 12 años! Eso lo creo yo, lo creen las fundaciones que trabajan con nosotros y lo cree el fiscal de menores. No hay una acción seria frente a esta situación. Mire el panorama: Hoy, como ha llovido, a la clase de 5º, que tiene 9 niños, sólo han venido 3; a la de 6º, 8, y a la de 3º, que hay 12, 6». A la luz de estos datos, es fácil imaginar que hay plazas libres en el centro. «Sólo hay que solicitarlas». Buen apunte en tiempo de apreturas.

Luego cuenta el profesor de deporte que el año pasado tuvo en su clase a un portugués que se convirtió en un modelo para el resto. «Arrastraba a los chicos, fue estupendo. Pero la familia tuvo problemas en el barrio y desaparecieron». Nuria, que da clase de Música, se las ve y se las desea para que «estos críos complicados y difíciles, sean capaces siquiera de mantener el orden y prestar atención». Todos, sin excepción, no entienden porqué no se dispersa a los niños del gueto hacia otros centros donde la normalidad los arrastre, donde la concentración de tantas dificultades se disuelva. Donde no haya niños condenados de esta manera.

Sin premeditación alevosa

Dolors, la maestra recién llegada al «San Agustín», el barrio de su familia, que fue directora durante una década de un colegio «normal», donde también había gitanos e inmigrantes asimilados a la mayoría, arrastrados por la marcha general y enganchados al aprendizaje, ve en el gueto una urgencia. Qué otra cosa si no podría ser tamaña aberración. «No hay propósito. Hay muchos niños, muchos recién llegados. Pero es difícil comprender que una vez más el mayor esfuerzo de integración se le pide al más marginal juntando gitanos e inmigrantes. En una clase, 7 niños no hablan castellano. Y tampoco es gente del barrio: los traen en autobuses».

Dolors que no tiene pelos en la lengua, que la puede una vocación desmedida y que si estuviera en otro colegio sus alumnos serían de premio, le dice a la gitana del Proyecto Cosmos que se sienta en la sala de profesores, que su plan más que cambiar a los niños hará que ella se incorpore al mundo laboral. Y dice también que esos niños tienen que integrarse dentro de la escuela, pero que antes hay que integrar a sus familias en la sociedad y que es inadmisible tal grado de absentismo y de incumplimiento horario. De sus 10 alumnos de 6º, 9 gitanos y un rumano, y en 12 días de clase, S. ha faltado 9 días, 3 T., 11 D., 6 L., 5 J. y 3 B. Con 12 años, tres de ellos no saben leer, algunos se defienden con sumas, y no saben multiplicar ni restar llevando.

Por eso Juan Ramón, el profesor de la resistencia, el que los viernes se preocupa de que cuatro niños de una misma familia, en que la mayor, de 12 años, baña en el cole a los otros tres más pequeños y de los que la menor llama “papa” al maestro, dice a los nuevos que se olviden de ser enseñantes. «Aquí no venís a enseñar sino a sobrevivir». Porque además no estaban avisados: ninguno de los profesores de este gueto sabía de antemano las circunstancias «especiales» de su destino. A Amparo Sales, la directora desde hace 11 años, le alegra que en su colegio cada vez haya más inmigrantes: «Mejoran el aula. Son modelo». «Jo tinc un somni».

Pero para algunos gitanos del cole, el extranjero es un elemento a batir. Lo mismo que ocurre para algunos extranjeros con el gitano. Primero fue con los desayunos, que como llegaban tarde a clase también llegaban tarde a los bollos, y liaron una buena con que «los profesores les estaban dando toda la comida a los de afuera». De modo que se acabaron los almuerzos. Y no es fácil tomar una decisión así: van tres palizas a profesores, según las cuentas del claustro.

Estos héroes-maestros intuyen que los gitanos que quieren cambiar el destino de los niños con el proyecto Cosmos lo que les están pidiendo con que denuncien el absentismo es casi una inmolación. Juan Ramón explica que si ellos denuncian las faltas de asistencia y eso llega al fiscal de menores y la autoridad interviene con la familia, «el que sale a las cinco por la puerta soy yo, ¿a por quién se cree que van a venir?». Por eso reconocen que no se denuncia, que se pasan por alto las ausencias, que se acumulan en historiales de casos perdidos, esos de los que hablaba Montañés.

Pero si no denuncian las ausencias, las gitanas de la mediación lo tienen crudo cuando van hasta las casas de los que han faltado, «amenazando» a las familias con que si no llevan a los niños irán a la cárcel. Pero es como el cuento del lobo: la denuncia no llega, el fiscal no actúa, la familia queda impune. Y a la gitana de la mediación que sueña con ver a todos limpios y en clase, a la hora, la toman por el pito del sereno. ¿Enseñanza obligatoria? «Jo tinc un somni».

¿Qué soñaría la maestra de deporte que el año pasado llevó a su equipo del gueto a jugar al fútbol contra el British de Villareal? Los del British, como pinceles, y los del San Agustín, como se pudo. Al 25-0 a favor de los british, claro, los vencidos empezaron a repartir leña y dicen los que lo vieron que no quedaron en pie ni las farolas.

¿Qué piensa un niño que vive la escuela desde un gueto? Dolors, la maestra que es todo vocación, me confiesa que eso es lo que la ha removido para venir hasta San Agustín. «Me inquieta, siento una curiosidad infinita por conocer lo que pasa por sus cabezas».

Hemos venido a Castellón porque la antropóloga gitana Ana Giménez, que ha investigado los guetos en toda Europa —considerando que lo eran por encima del 50% de concentración de marginalidad—, ha puesto en marcha un proyecto innovador en España que apoya la Generalitat valenciana, y que este mes de septiembre da sus primeros pasos. No porque el cole gueto sea patrimonio castellonense: un estudio de la Jaime I contabilizó más de 300 repartidos por nuestra áspera piel de toro. «Que yo conozca —explica Giménez— no hay un solo sitio que se libre, aunque nos faltan datos de la Administración. Una escuela gueto en la España del siglo XXI es un anacronismo, una vergüenza social, además de una indignidad para una sociedad democrática. Pero pasa en toda Europa. Pasa con los gitanos y pasa con los inmigrantes que van a colegios donde no aprenden casi nada. En Francia, Italia y Portugal ocurre de forma deningrante y, como sucede en nuestro país, se presenta como un problema irresoluble. Es insostenible. Los niños reproducen lo que ven, y aunque sólo fuera por egoísmo, la sociedad debería actuar para protegerse, en el mejor de los casos, de futuros subsidiarios de servicios sociales cuando no de futuros delincuentes».

¿Mandela? Una lavadora

Por eso el equipo Cosmos de la antropóloga trata de investigar y desde la propia experiencia del aula dar respuestas para resolver el día a día. Armando a profesores hoy desarmados en el aula. «La solución está en la formación de docentes. El maestro —y lo dice ella que es profesora— tiene que transmitir el conocimiento y crear expectativas para los alumnos. Pero yo me he encontrado en mi propia clase a estudiantes que serán maestros en dos años y que creían que “apartheid” era un equipo de fútbol americano y Mandela una marca de lavadora. Mire, en el informe Pisa no estamos a la cola por casualidad. Hemos tocado fondo y algunos excavan, como sucede en el gueto. Además hay muchos tipos de concentración en la educación pública. También están los guetos “guay”, coles de la costa de Alicante donde el el 70 por ciento del alumnado es inglés, refractario a aprender español, y los profesores no saben la lengua de Shakespeare. ¿Cómo se está dando eso? ¿Qué pasa ahí? La locura. El director de un cole público de Torrevieja me decía el otro día “sólo espero que quiebre la urbanizadora japonesa: si se nos llena el centro de nipones me hago el harakiri”». «Jo tinc un somni».