Corsarios Al servicio público de Su Majestad

Veintiocho de junio de 2008. En una de las fortificaciones de Portobelo, entrada la noche y con la única luz de sus linternas, algunos expedicionarios de la Ruta Quetzal BBVA (voluntariamente) se

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Veintiocho de junio de 2008. En una de las fortificaciones de Portobelo, entrada la noche y con la única luz de sus linternas, algunos expedicionarios de la Ruta Quetzal BBVA (voluntariamente) se turnan para leer en voz alta «La Dragontea», de Lope de Vega. Chicos de 16 y 17 años leyendo sobrecogidos a Lope. Leyendo un poema en octavas. Vamos, lo normal para un perro, que diría el tipo del anuncio de la Primitiva. En esta escena casi de ciencia-ficción tiene todo que ver la pasión bibliófila y contagiosa de Miguel de la Quadra-Salcedo, director del programa Ruta Quetzal BBVA. Lope comenzó su fase de poeta épico relatando la muerte de Francis Drake y las gestas de los españoles que lo combatieron. No está muy claro cómo y de qué murió Drake (si envenenado, si de disentería, si derrotado) pero sí que pasó a la otra vida en Portobelo, recibiendo un entierro en sus costas. La vida del corsario acabó el 28 de enero de 1596. La leyenda continuó con su muerte (ya había empezado durante su vida, cuando se describían sus hazañas en pasquines y folletos, en los que se le suponía «chamuscándole la barba al Rey de España»).

Igual que que se la chamuscaría a otro Rey de España, si la hubiera llevado, Henry Morgan. Y por las tierras que ambos asolaron en Panamá ha discurrido la etapa americana de la expedición número XXIII de la Ruta Quetzal BBVA. Ha recorrido la selva del río de los cocodrilos, el río Chagres según la denominación de Fray Luis de Berlanga (del Chagres es el cocodrilo colgado como un jamón de la colegiata de Berlanga de Duero, una de las paradas de la Ruta en España). En Panamá también ha sido protagonista el Canal. De hecho, el agua es protagonista en toda la Ruta, que acabará en la Expo de Zaragoza. Pero también lo son los piratas, tan atractivos como los cocodrilos. Con su caminar por la plancha, sus duelos a espada y sus cofres del tesoro. Aunque el imaginario pirata tenga más que ver con el cine que con la realidad, los ruteros han estado en los decorados reales pisados por piratas reales (pero menos atractivos que Tyrone Power o Johnny Depp). Si los expedicionarios se llaman a sí mismos alimañas, hay a quien se lo podrían llamar con más propiedad.

Sir Francis Drake, pirata en nuestro país, héroe para los ingleses, fue enemigo con mayúsculas de Felipe II y amigo con patente de corso de Isabel I de Inglaterra. Y no sólo fue enemigo en su faceta de saqueador de galeones, también tuvo su importancia en la derrota de la Armada Invencible como vicealmirante de la flota a las órdenes de Charles Howard, por no hablar de sus ataques a Cádiz y otras ciudades españolas (como La Coruña, donde se encontró con la respuesta de María Pita). Un señor destacado en la lista de enemigos históricos de España. Es verdad que Sir Francis Drake, no era un pirata sino un corsario (como años después lo sería Henry Morgan). Se trataba de marinos que en época de guerra (y de treguas) saqueaban naves y asentamientos enemigos con el consentimiento de sus gobiernos. Incluso con su patrocinio.

Trabajaban al servicio no tan secreto de Su Majestad. De hecho, la propia Isabel I salió a recibir a Drake y a su Golden Hind (El Pelícano cuando salió y el único barco que quedaba de los seis que zarparon). Se embarcó la reina Tudor, la hija de Enrique VIII y Ana Bolena, en Plymouth cuando su patrocinado regresó en 1581 (había partido en 1577) siendo el primer inglés en dar la vuelta al mundo e incluso el primer explorador antártico. Volvía, claro, con tesoros suficientes a costa de españoles (atacados por las costas del Pacífico, tras cruzar el Estrecho de Magallanes) y de portugueses (por las Molucas). «¿Por qué le habéis hecho esto a mi querido hermano el rey de España?», le decía la soberana acusándole con el dedo índice y para satisfacción de los embajadores ibéricos. Luego lo nombró caballero y reclamó su parte del botín.

Malísimos modales

La historia de la piratería no es la historia del minué en Versalles, pero tampoco lo es la historia de la conquista de América. Quien más y quien menos vulneraba los manuales de buenos modales a la hora de saquear, robar, quemar, violar y practicar otros verbos de la primera conjugación. En la época de Drake (circa 1540-1595) y de Morgan (1635-1688) no había llegado la edad dorada de la piratería en el Caribe (aproximadamente de 1715 a 1725), cuando los piratas lo eran de verdad, delincuentes también para sus propios países. Pero los nombres del inglés y el galés siguen evocando al perfecto forajido de leyenda. John Steinbeck tómo la vida de Henry Morgan y la toma de Panamá para su primera novela, «La taza de oro». El galés también fue referencia para Sabatini (junto a Thomas Blood) a la hora de escribir «El capitán Blood», que sería llevada al cine por Michael Curtiz. Y el supuesto tesoro de Drake (su herencia) fue el gancho utilizado por Oscar Hartzell, el mayor estafador de EE.UU., en los años 20.

El castigo de Morgan

Pero el romántico personaje de Errol Flynn poco tenía que ver con el tipo que el 28 de enero de 1671 saqueó y destruyó Panamá (lo que ahora es Panamá la Vieja) así como a sus habitantes estando vigente un tratado de paz entre Inglaterra y España. Una bárbara incursión sin muchos frutos que fue considerada entonces la más salvaje cometida por un corsario británico contra la América española. Morgan recibió su castigo. Carlos II se lo llevó a Inglaterra, le dio acomodo razonable en prisión y acabó nombrándolo caballero y gobernador de Jamaica.

Para esa toma de la ciudad de Panamá, Morgan partió desde el fuerte de San Lorenzo, en la desembocadura del río Chagres, donde los muchachos de la Ruta Quetzal estuvieron acampados un par de días. Un lugar mágico (y sin los turistas de El Morro en San Juan de Puerto Rico), en plena selva (con monos aulladores a escasos metros de las tiendas) y cuajado de historia (incluso de pequeña historia de la Ruta: todos los que estuvieron recuerdan la clase de esgrima bajo la lluvia en lo alto del fuerte a cargo del profesor Martin Kronlund, fallecido hace unos meses). El Fuerte de San Lorenzo, la fortificación española más impresionante que aún queda en pie en Panamá, fue construido en 1597 en la desembocadura del río Chagres con el fin de proteger la costa de los piratas (fue una de las edificaciones encargadas por el rey Felipe II al ingeniero militar Juan Bautista Antonelli).

El habitual gentío de la Ruta fue superado siglos atrás por los 500 hombres que el pirata dejó en la fortaleza (y más 150 en barcos en el río Chagres) antes de partir con 1.200 hacia la ciudad por el Chagres y por el Camino de Cruces (la vía colonial que unía el Pacífico y el Atlántico antes de que lo hiciera el Canal de Panamá). Los ruteros también atravesaron el antiguo Camino, aunque solo con la mochila pequeña en los hombros, nada parecido a lo que acarreaban por la misma ruta tanto los españoles (las mercancías procedentes de Perú, Baja California o Chile) como los hombres de Morgan (cañones y otras herramientas necesarias para sus fechorías). Tras la destrucción de la ciudad de Panamá, camino de vuelta para los piratas. En el Fuerte de San Lorenzo se repartieron el botín y luego lo destruyeron (los españoles lo reconstruyeron en 1677 para que en 1740 Edward Vernon lo volviera a destruir). En ese mismo fuerte en el que Morgan pirateó, en esa impresionante atalaya sobre el Chagres y el Caribe, los ruteros hicieron su tradicional aerobic mañanero (lo primero que hacen después de que Jesús Luna, el jefe del campamento, los despierte). Y algunos se comunicaron con sus padres en Arganda del Rey por videoconferencia gracias al satélite Hispasat (el mismo a través del que días después, el 29 de junio de 2008, en Nombre de Dios, pudieron ver, aunque ya empezada, la final de la Eurocopa). No todo va a ser leer a Lope de Vega.

POR ROSA BELMONTE