Cómo descifrar a David Lynch

POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTESupongo que esto que voy a decir a continuación hará que salten de alegría todos aquellos que desprecian a David Lynch: se acaba de publicar en castellano su libro de

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POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTE

Supongo que esto que voy a decir a continuación hará que salten de alegría todos aquellos que desprecian a David Lynch: se acaba de publicar en castellano su libro de pensamientos «Catching the big fish» con el cromático título de «Atrapa el pez dorado». Los que ya aprecian y admiran al director de «Inland Empire» no necesitan leerlo. Disfrutarán, presumirán y se consolidará su admiración leyéndolo, pero necesitar, lo que se dice necesitar, sólo lo necesitan leer aquellos que ven el cine de David Lynch con la misma cara de desconcierto que si vieran a un monje budista con un hierro 4 en el Masters de Augusta. Pues ha de saber todo aquel que dude de la precisión filosófica del cine enrevesado de Lynch que en «Atrapa el pez dorado» encontrará todas las teclas necesarias para descifrar los grandes enigmas que encierran sus más abisales películas.

No es banal que este libro de pensamientos arranque con una dedicatoria: «A su santidad Maharishi Mahesh Yogui», y que en su introducción se revele que las ideas son como peces, que hay peces grandes y peces pequeños, peces de aguas superficiales y de aguas profundas y que, para él, el cine y la pintura han sido el modo o la excusa para zambullirse a fondo en busca del gran pez. Sin excesivo ánimo de trivializar la búsqueda de Lynch, digamos que quizá su mayor y mejor ejemplar pescado sea Isabella Rossellini.

Se encabeza cada revelador capítulo con una leyenda de los libros sagrados del hinduismo «Upanishads». Leyendas certeras, poéticas, deslumbrantes, como «Sería más fácil enrollar el cielo entero como una pequeña tela que obtener la felicidad verdadera sin conocer el Yo». Queda aclarado, pues, que David Lynch ha hecho ambas cosas, la fácil, enrollar el cielo como si fuera un pañuelo, y la difícil, obtener la felicidad tras conocer el Yo. He hallado cierto consuelo al enterarme de que mi desencuentro con parte de su cine se deba, tal vez, a que él estaba conociéndose mientras que yo lo suponía en otra actividad, no sé, más prosaica.

De mí puedo decir que no tuve problemas, creo, para pescarle la idea en «El hombre elefante» o en «Una historia verdadera», pero que me gasté una pequeña fortuna en ver repetidas veces «Mulholland drive», hasta que di con el Yo, o sea, con el Él. Y ahora, tal y como Lynch lo explica en su libro, comprendo que fue un dinero bien invertido. Así lo dice: «Mulholland drive» iba a ser una serie para televisión, pero el tipo de la ABC que debía aprobar el proyecto sorprendentemente se aburrió, y lo rechazó. Para convertirlo en película... «me puse a meditar y a los diez minutos, ¡chas! Pesqué las ideas, que me llegaron como un collar de perlas...». Cómo pretender, luego, conseguir esas perlas por el módico precio de una sola entrada. En «Carretera perdida» y en «Inland Empire» ya no he conseguido ensartar ni una uña de nácar.