Felipe Fernández  Armesto  Historiador  Grabado de época que muestra una idealizada visión de la llegada de Cristobal Colón a América
Felipe Fernández Armesto Historiador Grabado de época que muestra una idealizada visión de la llegada de Cristobal Colón a América

Colón, advenedizo y calculador

1492 es un viaje desde la Edad Media a la modernidad de la mano de Fernández-Armesto, un historiador con un magnífico pulso narrativo, y en compañía de los visionarios viajeros que hicieron posible

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1492 es un viaje desde la Edad Media a la modernidad de la mano de Fernández-Armesto, un historiador con un magnífico pulso narrativo, y en compañía de los visionarios viajeros que hicieron posible aquel cambio. Entre ellos, Cristobal Colón de quien el autor traza un retrato novedoso, desmitificador, como marino de origen modesto pero de una desmedida ambición social

Era hijo de un tejedor genovés que tenía una familia numerosa, vociferante y exigente. Todos los Cristóbal Colón inventados por historiadores fantasiosos catalanes, franceses, gallegos, griegos, ibicencos, judíos, mallorquines, polacos, y otros más absurdos si cabe, son creaciones nacidas de un interés temporal e inspiradas, por lo general, en el deseo de suministrar un héroe imaginario o a medida para la causa de una determinada nación o comunidad histórica; o, lo que suele ser aún más frecuente, para la de algún grupo inmigrante que trate de granjearse una consideración especial en Estados Unidos. Las pruebas que sitúan los orígenes de Colón en Génova son aplastantes; casi ninguna otra figura de su categoría o distinción ha dejado en los archivos un rastro documental tan nítido. La modestia de sus antecedentes vuelve inteligible su vida, pues lo que le impulsó a convertirse en explorador fue el deseo de huir del mundo en que había nacido, que limitaba mucho sus posibilidades de ascenso.

Para un advenedizo con ambiciones como Colón, solo había tres caminos para ascender en la escala social: la guerra, la Iglesia y la mar. Colón seguramente consideró las tres: quiso que uno de sus hermanos hiciera carrera como clérigo y se imaginó a sí mismo como «un capitán de caballeros y conquistas». Pero la navegación marítima era una alternativa natural, sobre todo para un joven de una comunidad costera tan resuelta como la de Génova. Allí abundaban las oportunidades de empleo y lucro.

Las lecturas de Colón contribuyeron a instalar en su imaginación los planes de aventuras marítimas. Los libros de geografía en los que suelen hacer hincapié sus biógrafos tuvieron muy poco o nada que ver. Colón apenas empezó a leer geografía hasta la madurez, y la mayor parte de las pruebas de que estudiara textos de geografía datan de una fecha posterior a las expediciones. Por el contrario, cuando era joven y en los años de formación de la vocación exploradora, leía el equivalente del siglo XV de la literatura barata actual: romances de caballería marinera y vidas de santos plagadas de sensacionalismo. Las vidas de los santos contenían el viejo relato de Brandán el Navegante, que partió desde Irlanda en una barca y encontró el paraíso terrenal; o la leyenda de san Eustaquio, que padeció con dignidad mientras sondeaba los mares en busca de su familia. El argumento caballeresco clásico empezaba siempre con un héroe que atravesaba un mal momento, que era exactamente la idea que Colón tenía de sí mismo en las súplicas autocompasivas que manaban de su pluma.

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En la década de 1470, Cristóbal Colón se dedicaba a la compra de azúcar para una familia de comerciantes genoveses que hacían el trayecto entre el Mediterráneo oriental y la costa africana del Atlán-tico. Cuando iba a la isla de Porto Santo, recogía información del mundo de don Enrique, y allí conoció a doña Felipa, que probable-mente fuera una de las pocas mujeres de la nobleza lo bastante pobre, marginada y, en el momento de casarse, lo bastante madura ya como para tener que tomarse en serio un pretendiente tan miserable. Al mismo tiempo, Colón empezó a familiarizarse con los vientos y las corrientes del Atlántico africano. Adquirió la suficiente experiencia de navegación en el Atlántico como para enterarse de dos datos esenciales: que en la latitud de las islas Canarias había vientos del este y, más al norte, vientos del oeste. Por consiguiente, estaban presentes los elementos para poder hacer con éxito un viaje de ida y vuelta.

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A unos interlocutores les proponía hallar islas nuevas; a otros, ir en pos de un supuesto «continente ignoto» que, según parte de la literatura antigua, se extendía al otro extremo del Atlántico; ante otros propugnó la búsqueda de una ruta más corta para acceder a China y a las valiosas mercancías de Oriente. Los historiadores se han enredado tratando de eliminar las contradicciones. Sin embargo, en realidad, la solución al «misterio» del destino propuesto por Colón es sencilla: no dejó de alterarlo. La certidumbre y tenacidad que le atribuyen la mayor parte de los historiadores eran un mito que él mismo creó.

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La ambición social desplazaba los demás objetivos. Quedaba poco espacio para los motivos que los biógrafos le han atribuido tradicionalmente: curiosidad científica y fervor religioso. Sí se enorgullecía (no mucho al principio, y apenas nada antes del primer viaje, pero cada vez más a medida que fue envejeciendo) al referir que la expe-riencia le había llevado a conocer hechos que no se podían encontrar en los libros. Difícilmente se puede considerar esto una prueba de que anticipara los valores empiristas de la ciencia moderna; más bien, es un reflejo de las discusiones con escépticos cultos que despreciaban sus teorías acerca de la geografía, toscas en general. La religión fue avivándose en él. Las experiencias extraordinarias y penosas de la exploración transatlántica le hicieron volver la vista a Dios, como suele suceder con todos los traumas. Y encontró refugio para la amargura y la desilusión que le vencieron más adelante en las profecías, el misticismo y en extremos de la afectación piadosa, como presentarse en la corte encadenado y con el hábito áspero de un monje. Pero el joven Colón no daba muestras de religiosidad alguna. Tenía la cabeza dura y llena de cálculos.

Recibió la influencia de los monjes franciscanos que trabaron amistad con él en su casa de Palos de la Frontera, en la costa atlántica de Castilla. Pertenecían a la denominada vertiente «espiritual» de la orden, que primaba el espíritu de san Francisco más que la letra de la regla y la normativa de la orden. El ansia de evangelizar y la fe apremiante en que el mundo se acabaría pronto, que impulsaban su vocación, sembraron en la mente de Colón conceptos que poco a poco fueron adquiriendo relevancia. A principios de la década de 1490, para apuntalar sus planes empezó a incorporar a su retórica una o dos de las imágenes predilectas de los monjes. Empezó a defender el hallazgo y la conversión de pueblos paganos como finalidad adicional de la exploración atlántica. Y, si era cierto lo que posteriormente rememoró, propuso a Fernando e Isabel que los beneficios del viaje que proponía se emplearan en la conquista de Jerusalén, que, según las profecías franciscanas, llevaría a cabo el «Último Emperador del Mundo» y sería uno de los acontecimientos con los que Dios prepararía al mundo para el apocalipsis. Afirmaba que los monarcas sonrieron al escucharlo. Los historiadores suelen dar por sentado que se trataba de una sonrisa de escepticismo, pero en realidad lo fue de complacencia. Como heredero de las profecías apocalípticas que rondaban desde hacía varios siglos a los reyes de Aragón, a Fernando le complacía bastante imaginarse que sería el Último Emperador del Mundo.

Hacerse a la mar marcó un hito fundamental en la vida religiosa de Colón. Para las gentes de la Edad Media, el mar era territorio de Dios; los vientos representaban su aliento y las tempestades, sus dar-dos y flechas. Igual que san Francisco en medio de la pobreza, en medio del océano Colón dependía por entero de Dios. Las alusiones que hacía a la religión empezaron así a adoptar un aire de solemni-dad y profundidad que nunca habían tenido. Hasta entonces, parece que Colón explotó más bien la religiosidad de los demás en lugar de vivirla en sus carnes.

A finales de la década de 1480, las dificultades de Colón para encontrar patrocinio no fueron consecuencia exclusiva de sus exigencias mayúsculas. Ninguno de los objetivos que propugnaba resultaba convincente para la mayoría de los expertos. Tal vez existieran de hecho nuevas islas en el Atlántico. Se habían descubierto tantas que parecía razonable suponer que había otras aguardando ser descubiertas. Pero explotar las islas nuevas más allá de las Canarias y las Azores no sería tan beneficioso, aun suponiendo que fueran ade-cuadas para el cultivo de azúcar o de algún otro producto muy solicitado. La posibilidad de encontrar un continente desconocido (las Antípodas, como lo llamaban los geógrafos) parecía remota. El equilibrio de fuerzas de la antigua tradición de la geografía se saldaba en su contra. Y aunque existieran tierras, era difícil apreciar los benefi-cios que podrían reportar, comparados con exploraciones que abrie-ran una nueva ruta para acceder a las migajas de los mares asiáticos y orientales. Por último, la idea de que los barcos pudieran llegar a Asia atravesando el Atlántico parecía rigurosamente impracticable. El mundo era demasiado grande. Desde que Eratóstenes realizara el cálculo a finales del siglo III a. C., los eruditos de Occidente sabían más o menos lo grande que era. Asia estaba tan lejos de Europa por una posible ruta occidental que ningún barco de la época lograría completar la travesía. Cuando todavía quedaran miles de leguas por recorrer, se habrían agotado las provisiones y el agua potable se habría vuelto hedionda.

Pero, a lo largo de las décadas de 1470 y 1480, un grupo reducido de expertos empezó a alimentar la posibilidad de que Eratóstenes se hubiera equivocado y la Tierra fuera un planeta más pequeño de lo que se creía.