Gene Robinson, recientemente ordenado obispo de New Hampshire (Estados Unidos) pese a haberse confesado gay y contraer matrimonio  El arzobispo de Canterbury, Rowan Williams (cuarto por la izquierda), posa junto a otros prelados en la Conferencia de Lambeth
Gene Robinson, recientemente ordenado obispo de New Hampshire (Estados Unidos) pese a haberse confesado gay y contraer matrimonio El arzobispo de Canterbury, Rowan Williams (cuarto por la izquierda), posa junto a otros prelados en la Conferencia de Lambeth

Anglicanos Cisma y decadencia

La Comunión Anglicana es una de las confesiones más peculiares del mundo. Nació no de consideraciones espirituales o religiosas, sino de cálculos políticos, económicos y sexuales. A Enrique VIII, a

POR JOSÉ MANUEL COSTA
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La Comunión Anglicana es una de las confesiones más peculiares del mundo. Nació no de consideraciones espirituales o religiosas, sino de cálculos políticos, económicos y sexuales. A Enrique VIII, a pesar de su afición a la teología, no le preocupaba el dogma, sino la preeminencia del poder del monarca sobre el eclesiástico. Una vieja controversia en Europa, que ya dio lugar a episodios tan graves como la Querella de las Investiduras entre el Emperador germano y la Santa Sede romana (siglos XI y XII).

Para entender a Enrique, ha de explicarse que Inglaterra, una potencia mediana a la llegada de los Tudor (siglo XIV), se sentía amenazada por todos sus vecinos, Escocia, Francia e incluso Irlanda. La total supremacía del poder real como garantía frente a los enemigos de un reino aislado y amenazado no era una manía de Enrique VIII, sino que obedecía a una paranoia política inglesa, más o menos justificada, que se perpetuaría incluso hasta Margareth Thatcher.

La político-estratégica era una buena razón para no depender de Roma, pero había otra, la económico-política. Con la Disolución de los Monasterios, la reciente y aún débil dinastía Tudor adquiría un patrimonio que, puesto en venta, le permitió a Enrique llenar sus arcas y consolidar su poder. El divorcio de Catalina de Aragón para casarse con Ana Bolena fue un detonante situado entre el deseo carnal y la necesidad percibida de tener un heredero varón para, de nuevo, asentar la dinastía.

Lo original del cisma anglicano es que fuera el Rey-Nación quien se convirtiera en la mismísima cabeza de la Iglesia y no en su protector. Esta rareza en pleno Renacimiento -y apuntando ya la reforma evangélica- tendría algunas consecuencias curiosas, como que el manual religioso oficial, el Book of Common Prayers, haya de ser aprobado, hasta el día de hoy, por el Parlamento de Westminster.

La Comunidad Anglicana está compuesta por diferentes congregaciones que se extienden, como el críquet, por la antigua Commonwealth, excepto Asia. Todas ellas de lo más diverso y variopinto. Hay variantes rituales que van de lo casi católico a lo casi evangélico, unas son de lo más liberal en las costumbres, otras conservadoras hasta extremos casi integristas... Un totum revolutum que se explica por el establecimiento de una confesión muy flexible en lugares tan diferentes como América del Norte, Nigeria o Australia, por poner algunos ejemplos.

En el seno de esa Comunidad Anglicana tenemos en primer lugar a la Iglesia de Inglaterra, cuya cabeza es el Monarca y cuyo Primado, el Arzobispo de Canterbury, actualmente el reverendo (y casi tan intelectual como el Papa Benedicto XVI) Rowan Williams. La Iglesia de Inglaterra se mantuvo absolutamente católica en sus usos y creencias durante el largo reinado de Enrique VIII, quien siguió luchando toda su vida contra la reforma luterana. Más tarde, durante el reinado de Isabel I, la componente evangélica comenzó a instalarse en la confesión, tendencia acelerada y consolidada en 1.688 por el nuevo Rey Guillermo de Orange, holandés y protestante de toda la vida. Curiosamente, y pese a su carácter de religión estatal, la Iglesia de Inglaterra no recibe dinero público para sus gastos corrientes. Son los fieles quienes cubren esos gastos (además de los bienes muebles e inmuebles de los obispados).

El anglicanismo se extendió a América del Norte a principios del siglo XVII, extendiéndose después por los dominios coloniales británicos. Hoy, el mayor contingente de anglicanos se encuentra en Nigeria, con unos 18 millones de fieles, casi cinco más de los 13 millones de la antigua metrópoli. En Uganda hay 8 millones y en Sudán unos 5 millones. En Australia hay 3,8 millones y en EE.UU. 2,3. Excepto en el Reino Unido, donde la proporción de anglicanos bautizados anda por el 22%, en ningún otro país su presencia supera el 10% de la población.

Así las cosas, el cónclave de Lambeth es posible que marque el comienzo de una escisión de consecuencias imprevisibles. Desde hace catorce años, cuando se admitió el ordenamiento sacerdotal de mujeres, el camino por el que han marchado las más liberales iglesias de Inglaterra, Canadá y Estados Unidos ha admitido la ordenación de sacerdotes gays, que incluso han podido casarse. En Inglaterra fue ordenado obispo Jeffrey John, homosexual y defensor de la causa gay, aunque después se le obligó a renunciar para evitar mayores controversias. Lo que no ha ocurrido en la ordenación del aguerrido Gene Robinson como obispo de New Hampshire (EE.UU.) quien, para más irritación de los conservadores, decidió contraer matrimonio hace menos de un mes. Aún más recientemente, la aprobación de la investidura de mujeres como obispos de la Iglesia de Inglaterra ha acabado por encender los ánimos hasta el punto de que 250 de los obispos convocados han decidido boicotear la conferencia de Lambeth y celebrar una reunión alternativa en Jerusalén, preludio de un cisma en toda la regla. Reunión compuesta fundamentalmente por obispos africanos, aunque también acudieran de otros continentes.

Mientras aguantó el poder colonial, luego imperial, la Comunión Anglicana pudo mantener unida sus diferentes tendencias apelando a su tradición de compromiso. El progresivo engrandecimiento de la nación implicó el ascenso de una iglesia embebida en el estado. Parece lógico que con la bajamar de tal poder, la confesión anglicana vaya perdiendo su cohesión y quizás su mismo sentido. ¿Hasta caer en lo superfluo? Lo que ocurre en estos días forma parte de la respuesta.

POR JOSÉ MANUEL COSTA FOTOS: AFP