tURISMO

Una ruta por los pueblos donde se elabora la Tarta de Santiago

El recorrido propuesto sigue en parte el Camino de Santiago que pasa por Arzúa y atraviesa los municipios de Melide y Portomarín

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Un recorrido que implique la visita a los pueblos donde se elabora la Tarta de Santiago nos permite conocer media Galicia. De una manera dulce, nunca mejor dicho, puesto que se trata de un producto tradicional gallego con la Cruz de la Orden de Santiago bien visible, dándole identidad.

Antes de partir, hay que explorar las calles empedradas de Santiago de Compostela, centro espiritual, administrativo y monumental de Galicia. Resulta imposible resumir en pocas líneas todos los puntos de interés de la ciudad, pero si el viajero dispone de poco tiempo puede muy bien gastarlo en la plaza del Obradoiro: en este magnífico espacio se alzan el palacio de Rajoy, el palacio de Gelmírez, el colegio de San Jerónimo, el Hostal de los Reyes Católicos y, por supuesto, la catedral, destino final de los peregrinos jacobeos. Tres calles, las rúas Nova, do Franco y do Vilar, guían nuestros pasos por los rincones más tradicionales y animados del casco antiguo compostelano. La lluvia, visitante habitual de la ciudad, añade encanto al paseo.

Empezamos la ruta

Empezamos la ruta propiamente dicha pasando por Lavacolla y descendiendo por la N-547 hacia O Pedrouzo, sede del municipio de O Pino. Una vez dejado atrás Pedrouzo, una conducción sosegada nos permite contemplar paisajes en los que dominan las arboledas y las explotaciones ganaderas. Arzúa, muy conocida por su queso, es nuestra siguiente parada. Allí encontramos un pequeño y concurrido parque, justo en el centro, vecino de la iglesia parroquial y de otra mucho más pequeña, la de A Madalena, fundada en el siglo XIV, que hoy ha sido habilitada como centro de exposiciones culturales; anteriormente formó parte de un hospital de peregrinos. Y es que Arzúa se encuentra en el Camino de Santiago, el llamado Camino Francés, el más concurrido, que cruza la localidad por una calle empedrada. Continuando por la N-547, a menos de cinco minutos encontramos a la derecha un desvío a Ribadiso. Conduce a una extensa área de descanso a orillas del río Iso, que incluye un concurrido albergue formado por edificios medievales rehabilitados.

Por la villa de Melide y su entorno

De vuelta a la N-547 llegamos a Boente, donde destaca su iglesia, cercana a otra, interesante desde el punto de vista arquitectónico: la del pueblo de Vitiriz. Es la antesala de una localidad cargada de arte: Melide. El Camino Francés atraviesa este pueblo por seis parroquias, haciendo el siguiente recorrido: de Santa María do Leboreiro a San Xoán de Furelos; de San Pedro de Melide a Santa María de Melide y de San Mamede do Barreiro a San Vicenzo de Vitiriz.

En las afueras, no hay que dejar de ver la iglesia románica de Santa María de Melide, con magníficas pinturas del siglo XVI en el ábside, y la de San Roque, justo al lado contrario de la villa. A su entrada se encuentra uno de los cruceiros más antiguos de Galicia, de estilo gótico.

El origen de Melide es un castro o aldea prehistórica levantada hace 2.000 años en el otero que domina la villa. En él llama la atención la austera iglesia del Sancti Spíritu, vecina de un edificio noble reconvertido en Ayuntamiento. Ambos están cerca de lo que fue durante la Edad Media hospital de peregrinos, ahora un museo moderno con objetos encontrados en la zona que descubren el alma celta de la Terra de Melide. En el centro del pueblo encontramos, en la pétrea Praza do Convento, la Obra Pía de Santo Antón, del siglo XVII, y la Casa del Ayuntamiento, antiguo pazo de la misma época. Si hacemos la visita en verano, vale la pena acercarse hasta el área recreativa de Furelos, con playa fluvial e instalaciones para pasar un rato agradable a la sombra de los árboles.

Por la carretera N-547 llegamos a Palas de Rei, donde finalizaba la duodécima etapa del Camino Francés a su paso por la provincia de Lugo, según el Codex Calixtinus, un manuscrito iluminado del siglo XII que está considerado por algunos expertos la primera guía de viajes del mundo. Esta comarca -que inmortalizó la escritora gallega Emilia Pardo Bazán en su novela Los Pazos de Ulloa- está formada por los municipios de Palas, Monterroso y Antas de Ulla. A un par de km de Palas de Rei surge un desvío a la derecha por el que cruzamos pequeñas aldeas, admirando monumentos como la preciosa iglesia de Ligonde y un no menos estupendo cruceiro. Por este desvío se llega a la LU-633 que nos conduce a Portomarín. El enclave medieval se identificaba por su puente sobre el río Miño -Pons Minea- citado también por el Codex Calixtinus, hasta que quedó anegado por un embalse. La villa requiere un tranquilo paseo para disfrutarla como lo que es: una de las capitales del aguardiente de Galicia. Allí se creó la Serenísima Orden de la Alquitara, nombre que recibe el alambique donde se destila. De eso se habla tanto en la pousada -antiguo alojamiento- como en los pequeños bares del pueblo.

Un alto en el pantano

Portomarín se encontraba a un lado del río Miño, padre de los ríos gallegos. Un embalse, construido en 1963, hizo que el pueblo se reubicara en lo alto del monte de Cristo. El pantano de Belesar se sitúa, así, en la encrucijada intemporal entre El Camino de Santiago y el río más largo de Galicia.

Las ruinas del viejo pueblo emergen como fantasmas sobre el agua en los años de sequía, embadurnadas por el lodo. Pero la nueva localidad, una cuadrícula de blancas edificaciones en cuyo centro se levanta la antigua ermita románica de San Juan -hoy consagrada a San Nicolás-, espera como antes al peregrino, mirándose en las aguas oscuras del río. Si cruzamos el embalse por el llamado Puente Nuevo y ascendemos con calma hasta la plaza mayor se aprecia con plenitud la meticulosidad con la que se realizó el reacomodo de las iglesias y casonas como los pazos del conde de la Maza y el de los Pimenteles. También fueron trasladados los restos de un templo románico, el de San Pedro, por cuyo arrabal entraban los antiguos peregrinos al burgo medieval.

Rincón de la Tarta de Santiago

Sus orígenes son inciertos puesto que la almendra era escasa en el Medievo, al menos en Galicia. Está documentado que en 1577 existía un dulce llamado torta real, muy similar a la actual Tarta de Santiago. Se conservan recetas de 1838. La inclusión de la Cruz de Santiago en la superficie del producto es de bien entrado el siglo XX; una pastelería compostelana fue la pionera en colocarla. Protegida por la I.G.P. desde 2010, su fama se ha expandido gracias a las oleadas de peregrinos que se acercan a Santiago. El reglamento de la I. G. P. específica que en su composición se utilizarán almendras -al menos el 33% del peso total-, azúcar refinado -también un 33% como mínimo- y huevo, 25% como mínimo. Además se utiliza azúcar glaseado para adornar la tarta y se puede aderezar el producto con pequeñas cantidades de vino dulce, brandy, orujo y otras bebidas espirituosas.

Es un postre energético y muy nutritivo. Su ingrediente principal, la almendra, aporta ácidos grasos insaturados de tipo omega-6, importantes para la salud cardiovascular. Es rica en proteínas y en fibra, que ayudan a mejorar el tránsito intestinal. Este postre también aporta calcio, fósforo y magnesio, niacina y vitamina E, de acción antioxidante.

Fuente: Guía Repsol

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