San Rafael, la Suiza española
Vista panorámica de la localidad segoviana
segovia

San Rafael, la Suiza española

Es la quintaesencia del verano en la Sierra: dos de cada tres noches son frías y pasear por sus senderos es una forma de olvidar el tráfago cotidiano

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«Cerca de Tablada/la Sierra pasada/ fálleme con Aldara/ a la madrugada», escribe Juan Ruiz, Arcipreste de Hita en su Libro de Buen Amor. Los encuentros placenteros del viajero en las entrañas del bosque son siempre una buena manera de pasar el verano, desde entonces. A pocas leguas de la citada Tablada se encuentra San Rafael, fundada por Carlos III en el año de 1784, al pie de la Sierra de Guadarrama, del Puerto de los Leones (ahora, dicen, del León), de los macizos imponentes de Cabeza Lijar, Cueva Valiente y la coqueta Peña de Juan Plaza, la localidad segoviana es la más alta de toda la sierra norte con 1.212 metros, lo que hizo que allá por los primeros años del siglo XX fuera considerada como la Suiza española. Y esto del veraneo tiene también sus principios, lo que un cursi denominaría "ontología". La de San Rafael es bien sencilla: una naturaleza apabullante, un clima alpino y unos veraneantes ilustres, además de una jugosa gastronomía, y unas fiestas populares, con «la respingona» (una particular jota segoviana que haría las delicias del gran dulzainista segoviano Agapito Marazuela), llena de jolgorio y chanza. (Consulta la galería de San Rafael).

El paseo hacia El Espinar a través de la denominada Carretera Forestal, entre pinos y helechos es una de las epifanías salvajes que los días en San Rafael a uno le deparan, o la visita a la antigua estación de ferrocarril en las faldas de Cabeza Reina, con su aire montañero y melancólico. Allí se recuerdan futuros días de gloria, cuando las familias acudían desde la canícula madrileña los domingos a darse un chapuzón en el río Gudillos. Napoleón pernoctó en la Casa de Postas, y después Fonda, que dio origen a San Rafael, el 22 de diciembre de 1808. Pero la historia del veraneo tal y como lo entendemos (o lo entendíamos antes de la desagradable crisis económica), comenzó en las primeras décadas del siglo XX, por allí tuvieron casa, y qué casas, mejor decir mansiones u «hoteles» en la jerga elegante de entonces, Ramón Menéndez Pidal, menudo casón en pleno Paseo de Rivera, el Conde Gamazo, Ramón J. Sender (dramáticamente el 18 de julio de 1936, ya en plenas vacaciones, el escritor se había quedado en Madrid, de «Rodríguez», y su mujer se encontraba veraneando con sus hijos. Nunca pudo regresar a la capital, al quedar del lado franquista, y nunca más se volvió a ver el matrimonio. Carlos Saura escribió un guión excelente sobre el asunto, ¡Esa luz!), Rafael Alberti, Alejandro Lerroux y pasados los años y las guerras, Luis Miguel Dominguín y Ava Gardner, en fin, el sitio lo merece.

San Rafael es la quintaesencia del verano en la Sierra, las noches son, dos de cada tres, frías, el relente cae y el distinguido jersey forma parte del vestuario más que obligatorio, necesario, la luz resplandece al mediodía con el azul más puro que alguien haya contemplado en el cielo. Pasear, perderse en los múltiples senderos que parten desde la calle de la Iglesia es una manera de olvidarse del inútil tráfago cotidiano de la gran ciudad, que ya por no ser ni siquiera es grande, sino insoportable. Un remanso de soledad, de silencio, de vida plena. Nada menos. San Rafael, la Suiza española.