Los patios de Palma y otros secretos que quizá no conozcas de Baleares

Los patios de Palma y otros secretos que quizá no conozcas de Baleares

Las islas Baleares nos recuerdan a verano y sol. Pero lo cierto es que las islas están llenas de propuestas fascinantes y menos conocidas que pueden disfrutarse todo el año

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Las islas Baleares nos recuerdan a verano y sol. Pero lo cierto es que las islas están llenas de propuestas fascinantes y menos conocidas que pueden disfrutarse todo el año

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  1. Palma de Mallorca: patios y la huella de Ramón Llull

    La capital balear está sembrada de monumentos. Muchos de ellos son imposibles de pasar por alto: magníficos edificios góticos como la catedral o la Lonja de la Mercadería, el ayuntamiento, la sede del Consell, el palacio de la Almudaina (antigua fortaleza árabe)... Pero hay otro patrimonio más escondido, menos conocido por el visitante ocasional pero en torno al cual se ha centrado durante siglos buena parte de la vida de Palma: los patios de sus casas señoriales. Varias rutas turísticas recorren los distintos barrios de la parte vieja de la ciudad en busca de estos rincones, herencia de la tradición de las casas romanas y árabes. Desde los recogidos e íntimos patios góticos a los patios renacentistas y barrocos adornados de galerías y escalinatas, estos lugares combinan la belleza formal con lo que revelan del estilo de vida de la ciudad a lo largo de la historia. Prueba de ello son el Casal Sollerich, Can Vivot, Can Oms o Can Bordils.

    Otra forma de recorrer Palma (y de acercarse a otras partes de la isla) es seguir la huella de uno de sus hijos más ilustres: Ramón Llull. El filósofo y poeta nació en una casa de la actual Plaza Mayor y pese a sus muchos viajes siempre retornó a esta ciudad.

  2. Joan Miró y el arte contemporáneo

    Otro autor muy ligado a estas islas es Joan Miró, quien falleció en Palma de Mallorca. Estos meses se le recuerda especialmente a través de la exposición itinerante (ya ha estado en Ibiza) «La luz de la noche», que se podrá visitar hasta el próximo 2 de noviembre en la Sala de exposiciones El Roser, de Ciutadella (Menorca), y desde el 30 de noviembre hasta los últimos meses del próximo año en la Fundación Pilar y Joan Miró de Palma de Mallorca. Esta muestra -obras que nunca se habían expuesto- se centra en sus trabajos de los años 60 y 70, época a la vez muy fecunda en su producción y menos estudiada que otros periodos de su obra, y cuenta con más de cuarenta piezas entre pinturas, esculturas y un tapiz.

    Si se visita la exposición en Palma puede aprovecharse para comenzar un itinerario por los muchos espacios expositivos dedicados al arte contemporáneo en la ciudad. Además de la propia Fundación Miró, el Centro de Cultura «Sa Nostra», Es Baluard, CaixaForum y el Museo de Arte Español Contemporáneo son algunas de las citas más atractivas para el aficionado al arte de los siglos XX y XXI.

  3. Modernismo en Palma y Sóller

    Can Prunera, museo modernista en Sóller
    Can Prunera, museo modernista en Sóller

    Mallorca se contagió de la fiebre del Modernismo a principios del siglo XX. La influencia de Barcelona contribuyó a impulsar aún más la construcción de edificios de este estilo en la isla. En Palma esta tendencia se vio especialmente tras el derribo de las murallas a partir de 1902, que hizo posible el desarrollo del Ensanche diseñado por Bernat Calvet. Alrededor del casco antiguo la burguesía se hizo su hueco con viviendas como Can Corbella, Can Roca o Can Forteza-Rey, negocios como el Gran Hotel (obra de Luis Domènech i Montaner, uno de los arquitectos más importantes de este movimiento), los Almacenes El Águila, el Forn Fondo y el Forn des Teatre, conocidos por la decoración en madera de su entrada. También la sede del parlamento balear (y anteriormente del Círculo Mallorquín), de un estilo más ecléctico, tiene muchos elementos modernistas en su decoración.

    Pero Palma no fue el único centro del modernismo en Mallorca. Sóller también cuenta con un buen número de edificios que se adscriben a este movimiento. El retorno de muchos emigrados que se habían enriquecido con sus negocios en el extranjero permitió llenar esta ciudad del noroeste de la isla de monumentos modernistas, empezando por su estación de ferrocarril y el Gran Hotel (recientemente restaurado y recuperado como hotel de lujo) y siguiendo por la Iglesia parroquial de San Bartomeu y el Banco de Sóller. Además, por supuesto, de las muchas casas palaciegas de aquellos burgueses que habían traído la moda modernista.

  4. Paisajes literarios: Valldemosa, Deià, Miramar...

    Cerca de Sóller, al abrigo también de la Sierra de la Tramuntana, se encuentran Valldemossa y su famosa Cartuja, donde se hospedaron un invierno la escritora francesa George Sand y el músico polaco Frederic Chopin, protagonistas de uno de los romances más famosos de su tiempo. Es el punto perfecto para empezar un recorrido por un rincón de la isla que ha probado ser un imán para los artistas, especialmente para los escritores. A los jardines de la propia Cartuja les cantó Rubén Darío y en la cercana ermita de Valldemossa residió un año (si bien contra su voluntad, ya que estuvo allí preso por orden de Godoy antes de ser encerrado en el castillo de Bellver) Gaspar Melchor de Jovellanos.

    Santiago Rusiñol también pasó algún tiempo en estos parajes y -cómo no- Ramón Llull también los menciona, en especial el cercano monasterio de Miramar, en el que fundó una escuela de lenguas orientales. Y a medio camino entre Valldemossa y Sóller está el pequeño pueblo de Deià. Desde allí, en el mirador de Son Marroig -la casa construida por el archiduque Luis Salvador de Habsburgo-Lorena-, recuerda Julio Cortázar haber tratado de ver el mítico «rayo verde» que dicen se puede contemplar a veces en el horizonte al atardecer. Y en Deià vivió y murió Robert Graves, el autor de «Yo, Claudio» y «La diosa blanca», quien está enterrado en el bello cementerio del pueblo, que mira directamente hacia su amado Mediterráneo.

  5. Menorca, el paraíso de los talayots

    La naveta d'es Tudons
    La naveta d'es Tudons

    Las otras islas del archipiélago también tienen un amplio y muy atractivo patrimonio cultural. Menorca -además de los muy interesantes rastros dejados en el siglo XVIII por la dominación inglesa- cuenta ante todo con una impresionante riqueza en monumentos prehistóricos. Pese a ser probablemente la última isla importante de todo el Mediterráneo en ser habitada de forma constante (se calcula que no lo fue hasta alrededor del 2200-2000 a. C.), se terminó formando en ella una cultura que a lo largo de la Edad del Bronce y la Edad del Hierro vivió lo que se conoce como periodo Talayótico por sus monumentos más representativos: los talayots. Estos son atalayas cuadradas o circulares construidas de enormes bloques de piedra encajados sin argamasa.

    Alrededor de los talayots se formaban poblados o centros ceremoniales que también se han conservado en gran medida, dejándonos otros restos como taulas (megalitos formados por dos piedras en forma de T), necrópolis, navetas (tumbas en forma de nave formadas por grandes bloques de piedra) o hipogeos. Estos restos pueden encontrarse por todo el centro y sur de la isla, convirtiéndola en uno de los centros arqueológicos más singulares y mejor conservados para descubrir los monumentos de la Prehistoria.

  6. Dalt Vila, Patrimonio de la Humanidad en Ibiza

    gonzalo cruz

    En 1999, la Unesco concedió a Ibiza la consideración de Patrimonio de la Humanidad. En parte fue por la gran biodiversidad de su costa y sus fondos marinos, pero también por su patrimonio histórico-artístico. Y la pieza clave de ese patrimonio es la Dalt Vila, la ciudad vieja amurallada de la capital. Ya en el siglo VII a. C. hubo un asentamiento fenicio rodeado de murallas en esa misma colina. De la muralla fenicia no quedan restos, pero sí se conservan algunos de la árabe y de la medieval. Sin embargo, la muralla que hoy en día puede contemplarse intacta es la construida en el siglo XVI por orden del rey Felipe II, siguiendo el estilo de las fortificaciones italianas. Dentro del recinto de Dalt Vila (en el que se realizan visitas teatralizadas) nos encontramos el castillo, la catedral (reformada íntegramente en el siglo XVIII) y el ayuntamiento, situado en una antigua iglesia y convento.

    Antes mencionábamos los asentamientos fenicios. Aparte de en la capital, quedan restos de la presencia púnica por toda Ibiza, como la necrópolis de Puig des Molins, el santuario de Es Cullarem y el enclave comercial de Sa Caleta. Todos ellos están integrados dentro de la denominación de Patrimonio de la Humanidad de la isla.

  7. Artesanía y fiestas populares

    Las muñecas de Manuela Muñoz
    Las muñecas de Manuela Muñoz

    Las fiestas y ferias populares se suceden a lo largo de todo el año por los diversos pueblos baleares, en especial con ocasión de celebraciones religiosas. Hay de todo, desde las más festivas y bulliciosas hasta ocasiones de recogimiento casi místico, como el Canto de la Sibila: una pieza musical de origen medieval que profetiza sobre el fin del mundo y que puede escucharse en la Misa del Gallo de cada 24 de diciembre en prácticamente todas las iglesias de Mallorca (si bien los cantos más emblemáticos son el de la catedral de Palma y el del Santuario de Lluc). Se trata de una tradición que durante la Edad Media se extendió por gran parte de Europa pero que actualmente sólo sobrevive en Mallorca y Alguer (Cerdeña).

    Otra manifestación de la cultura popular de las Islas Baleares es la artesanía. Y ésta adopta formas muy variadas: gastronomía (ensaimada, sobrasada, dulces, licores), avarcas menorquinas, perlas, vidrio soplado, tela de lenguas... Y hasta ejemplos mucho más recientes pero que ya se han convertido en representativos, como la moda «ad lib» que surgió en Ibiza en los años 70 y que ha acabado por asociarse con la isla. Todo ello se puede encontrar en rastrillos como el de Consell o el mercado de artesanos de la Plaza Mayor de Palma, la Feria artesanal de La Mola en Formentera, el mercadillo hippy de Las Dalias, en Ibiza, o en espacios como el Centro Artesanal de Menorca.