Una zona de París Playa, con arena de mar
Una zona de París Playa, con arena de mar - REUTERS/Philippe Wojazer

Así es la playa de París buena, bonita y barata que Carmena no sabe copiar

El 8 de julio volverá a abrir la zona de playas construida con arena de mar junto al Sena, un éxito de público y crítica desde 2002

ParísActualizado:

París no tiene Noche de San Juan, pero tiene París Playas. Que no es lo mismo, pero dura mucho más y es un apaño que convierte el Sena en «piscina», «terraza», «ducha pública», «escuela de baile», «guardería infantil», «bar de copas», «centro deportivo» y muchas otras cosas, no siempre confesables.

París Playas (PP) se montó por vez primera el 2002. Y no ha dejado de crecer, por una razón muy simple: es algo «bueno, bonito y barato»… se tiran unas 5.000 toneladas de auténtica arena de mar a lo largo de unos 800 metros de «playa», a lo largo de los muelles del Sena, donde está prohibida la circulación automovilística.

Entre esos 800 metros de «playa» se instalan sombrillas, hamacas, tumbonas, sillones, mesas, en la proximidad de «chiringuitos» y «duchas públicas», invitando a turistas y lugareños a tomar el sol, en paños menores, pero púdicos.

Este año, PP comenzará el próximo 8 de julio para cerrar el 2 de septiembre. En verdad, la operación es lo de menos. Lo esencial es que PP «libera» la imaginación, ofreciendo una «alternativa» veraniega a las familias, las pandillas, las parejas, los turistas en busca de emociones inéditas, los niños que han vuelto o no tienen vacaciones.

Sin duda, las «duchas públicas» tienen su público. Los días de canícula, poder pasear, reír, divertirse, gastar bromas, entre chorrillos de agua que «llueve» del cielo, dicen que tiene su encanto. Y es una forma sencillita pero mona de descubrir nuevas emociones, en público, solo / sola, o en compañía.

Las camas, hamacas, balancines y tumbonas tienen una ventaja enorme: son ocio gratuito…

Las camas, hamacas, balancines y tumbonas tienen una ventaja enorme: son ocio gratuito… los padres pueden llegar con sus niños y bocatas; los enamorados pueden intercambiar no solo miradas cómplices; los solitarios, pueden distraerse con el periódico del día; los lectores pueden entregarse a la pasión solitaria de la lectura.

Los fanáticos de las locuras deportivas lo tienen fácil. Un bañador u otro atuendo propio del caso, son suficientes para hacer gimnasia utilizando los instrumentos de tortura especialmente dedicados a muchas disciplinas, o, más sencillamente, tirarse a correr recibiendo la brisa en el rostro.

Los niños tienen muchos espacios especiales donde poder correr, saltar, jugar, incluso pueden tropezarse con payasos consagrados a intentar distraerlos, al precio incomparable de la gratuidad, que puede ser compensada con una propina, «la voluntad».

Gran éxito de PP, las «escuelas de baile», masivamente «tradicionales». Avispados argentinos proponen cursos intensivos de tango. Hasta hoy, no hay escuelas de sevillanas y cantes festeros andaluces; pero no es difícil encontrar grupitos que se dejan arrastrar por las acrobacias de viejos rockeros prestos a cualquier locura; o señores de toda la vida dispuestos a marcar el ritmo del mejor vals danuviano «traducido» al parisino con acordeones populares.

Tomar una copa a la orilla del Sena, al atardecer, tiene su encanto, cómo dudarlo. Pero, en ese terreno, la gran virtud de París Playas es dejar libre la imaginación, y… más allá de los 800 metros y las 5.000 toneladas de arena de «playa» parisina del verano, quizá lo más atractivo sean las actividades libres que cada cual se monta a su aire, más allá del «recinto» oficial de PP, que no deja de ser un poquito o un mucho turístico, según se mire.

Antes, durante y después de París Playas, los muelles y los puentes del Sena se convierten en un espacio de ocio, coqueteo y vagabundeo ideal, en solitario, en pareja, en grupo. Una botella de vino, una tortilla de patatas, rodajas de chorizo, aceitunas y… buena compañía, por el suelo, a orilla del Sena o en algún puente céntrico, quizá sean lo más atractivo del verano parisino.

Sin duda, una guitarra, un grupo de amigos, una compañía a la altura de los sueños y posibilidades de cada cual, pueden dar a los atardeceres el embrujo de las noches inolvidables.