Diez tesoros de Toulouse-Lautrec que no están en sus cuadros

Recorrido a fondo por Albi y el departamento de Tarn (Francia), donde nació el genial pintor

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  1. La ciudad episcopal de Albi

    Vista de Albi
    Vista de Albi - ALICIA ARAGÓN

    Es díficil que una región francesa tan amplia como la Languedoc-Roussillon-Midi-Pyrénées no sea capaz de ofrecer al turista rincones llenos de magia. Es imposible abarcar de una tacada un territorio que encierra la décima parte de todo el país, por eso hay que ir poco a poco descubriendo sus pequeñas joyas. De entre todas ellas, el departamento de Tarn es quizá una de las brilla con más fuerza.

    Esta zona está salpicada de pueblos de extraordinaria belleza, empezando por su orgullosa capital, Albi. La ciudad que vió nacer a Toulouse-Lautrec rinde homenaje al río que la baña a través de la arcilla roja que sirvió para levantar sus casas. Enclaves como Rabastens destilan una atmósfera que te hace sentir como en casa, mientras que el Canal de Midi nos pone en comunicación directa con la naturaleza. Paisaje, arte y patrimonio en el país de la cucaña.

    La ciudad episcopal de Albi

    Albi es la capital del Tarn y forma parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Es una ciudad emblemática que parece haber quedado detenida en el tiempo. En la retina del viajero queda grabada a fuego una impresionante vista del caudal del Tarn cruzado por el Pont Vieux con la Catedral de Sainte-Cécile de fondo.

    Detrás de esta estampa inmortal bulle una ciudad moderna. Su fachada medieval y su aire de fortaleza son sus cartas de presentación, pero no hay que dejarse engañar por el ladrillo rojizo de época vetusta o sus puentes del primer milenio. Albi ha sabido responder a los nuevos tiempos configurándose como una urbe contemporánea que no renuncia a su rica herencia.

  2. La catedral de Sainte-Cécile

    El edificio religioso más importante del Tarn tardó dos siglos en erigirse. De estilo gótico meridional o «tulusino», presenta un llamativo contraste entre su defensivo exterior y su ornamentado interior, del que destaca su bóveda de color azul real. Su reciente renovación ha sido sufragada por un albiguense millonario que reside en Estados Unidos.

    Se trata de un recinto sacro que acumula varios récords, como el de ser la catedral pintada más grande de Europa o el de tener el órgano clásico más grande de Francia. Este instrumento, del que solo ve el 10%, está compuesto por 3.549 tubos. Bajo el órgano, se alza imponente una pintura del Juicio Final que originalmente ocupaba 200 metros cuadrados.

  3. El Palacio de la Berbie

    El antiguo hogar del obispo de Albi es otro de los símbolos arquitectónicos del corazón del Tarn. Este monumental castillo data del siglo XIII, pero gracias a su magnífico estado de conservación da la sensación que fue inagurado ayer mismo. Esta inmensa fortaleza, antaño elemento disuasorio, fue transformándose poco a poco en un espacio de recreo.

    Su pasado oscuro de cárcel y tribunal se diluyó tras la separación entre Iglesia y Estado a principios del siglo XX. Así, el palacio pasó a albergar el museo de la ciudad. Desde 1992 muestra al visitante la colección más amplia del trabajo artístico de Toulouse-Lautrec, hijo predilecto de la ciudad.

  4. El museo Toulouse-Lautrec

    Quién hubiera podido imaginar que aquel desgarbado muchacho por el que su maestro no daba un duro se iba a convertir en uno de los pinceles más carismáticos del mundo. Con un físico particular, consecuencia de la endogamia familiar y diversas fracturas óseas, Toulouse-Lautrec fue rechazado por su nobleza de cuna, buscando refugio en ambientes marginales.

    Este museo es el mejor referente para conocer al detalle a este pintor atípico de producción prolija. Desde sus tempranos lienzos de juventud, donde ya se atisbaba su trazo singular, a los archiconocidos carteles de cabaret, donde retrató la noche bohemia parisina. También hay objetos personales de este artista, un verdadero adelantado a su tiempo.

  5. Casco histórico

    Perderse por la calles de Albi es una aventura que ningún amante de la fotografía se puede perder. El casco histórico de la ciudad mezcla casas señoriales de aires renacentistas con viviendas que lucen sin pudor su entramado de madera. No es extraño que el laberinto de callejuelas de pronto acabe llevando al visitante a patios interiores de postal.

    Barrios como Castelviel, Castelnau y Saint Salvi trasladan la mente del que los transita a la época en la que los artesanos vendían sus trabajos en plena calle y el floreciente comercio de la hierba pastel o isatide llenaba los bolsillos. Aunque este tinte cayó en desgracia tras el descubriento del añil asiático o índigo, su apreciado azul aún late en las calles.

  6. Pasar el día en Rabastens

    El recorrido por el Tarn incluye muchos pueblos llenos de encanto en los alrededores. Uno de ellos es Rabastens, en el que la iglesia de Notre-Dame du Bourg dejará al que cruce sus puertas románicas con ocho capitales con la boca abierta, sobre todo, al descubrir sus paramentos decorados con 1.000 estrellas.

    Su estilo sigue las pautas de la catedral de Sainte-Cécile. Con una nave de 17 metros de alto, 19 de largo y 12 de ancho, este monumento religoso ocupa un lugar destacado en pleno Camino de Santiago, teniendo el santo consagrada una capilla propia y varios frescos dedicados a la vida de este apóstol universal.

  7. Canal du Midi

    De las construcciones religiosas pasamos a una de las obras civiles más espectaculares jamás realizadas. Hablamos del canal del Mediodía o canal du Midi. Esta vía navegable une el Mediterráneo con la ciudad de Toulouse a través de más de 240 kilómetros; y gracias al canal lateral de Garona, sigue hasta el Atlántico, atravesando Francia de este a oeste.

    Más allá de los problemas técnicos que lleva aparejados un proyecto de este estilo, el gran obstáculo fue abastecer de agua el canal y hacerla fluir, dada la inexistencia de corriente. Un sistema de acequias y pantanos se encargaron de recoger la lluvia y distribuirla. En la zona del Tarn, en Les Cammazes, la bóveda de Vauban y sus 122 metros de túnel son visita obligada.

  8. Lago de Saint-Férreol

    Lago de Saint-Férreol, en el Alto Garona
    Lago de Saint-Férreol, en el Alto Garona

    La Rigole de la Montagne Noire fue una de las mejores ideas prácticas de Pierre-Paul Riquet. Entre Alzeau y Les Cammezes existen 28 kilómetros perfectos para la práctica del senderismo o el cicloturismo. Una de las anécdotas más curiosas del paisaje es que uno se encontrará con árboles no autóctonos, resultado de las semillas que trajeron los obreros del canal.

    Aunque el lago de Saint-Férreol pertenece a la comuna de Revel, en el Alto Garona, y no en el Tarn, merece la pena acercarse a su orilla y disfrutar de un estupendo día al aire libre. Esta reserva artificial de agua de 67 hectáreas se alimenta del cauce de los ríos Laudot y Sor. Es posible que los cinéfilos reconozcan este entorno de la película de Chabrol «El infierno».

  9. La abadía de Sorèze

    La oferta de alojamiento del Tarn es muy amplia, pero para los que busquen un lugar especial que desafíe lo convencional, nada mejor que dirigir los pasos hacia Sorèze y su abadía. También llamada Notre Damme de la Sagna, hay quien fecha su primera piedra en el siglo VIII. Las diferentes guerras afectaron el conjunto monástico, que también sirvió de escuela militar.

    Hoy en día, los históricos muros de esta imponente abadía-escuela sirven de escenario para uno de los hoteles más prestigiosos de la zona. Las opciones de alojamiento en este conjunto hotelero de alta calidad son el Logis des Pères, con 52 habitaciones de 3 estrellas; y el Pavillon des Hôtes, con 20 habitaciones de 2 estrellas.

  10. Un paseo por Sorèze

    Exteriores de la escuela-abadía de Sorèze
    Exteriores de la escuela-abadía de Sorèze

    Se ha respetado tanto la arquitectura original en las habitaciones de los huéspedes que no sabrás dónde empieza el hotel y dónde el museo, dado que este inmenso recinto conserva las antiguas dependencias del alumnado. Son las estancias donde estudiantes de todo el mundo acudían para aprender bajo un sistema de enseñanza que era la envidia de otras escuelas.

    Los exteriores de la escuela-abadía, donde solo el canto de los pájaros rompe el silencio, rebosan vida y alegría al llegar el verano, dado que son el marco de uno los festivales de música más interesantes de la región. En un paseo por Sorèze no hay que dejar de admirar las viviendas de pan de bois o entramado de madera, así como el campanario de Saint-Martin.