Una imagen del glaciar Vatnajokull, el mayor de Islandia
Una imagen del glaciar Vatnajokull, el mayor de Islandia - Henry Jun Wah Lee / Evosia Studios
VÍDEO

Los apabullantes paisajes de Islandia grabados con drones

Una película grabada durante dos años que combina la fotografía aérea con el timelapse y el hyperlapse

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La desolación es bella. El laboratorio geológico que inspiró a Julio Verne para su «Viaje al centro de la Tierra» (los protagonistas bajan por una chimenea del volcán Snæfells, en el oeste de Islandia) nos remite a las mocedades de la Tierra. No hay más que ver este vídeo firmado por Henry Jun Wah Lee y grabado con un dron para estremecerse con los primigenios, solitarios y sobrecogedores paisajes del país nórdico. Aquí grabó Ridley Scott el arranque de su película «Prometheus», concretamente en Dettifoss, la cascada más caudalosa de Europa, un torrente desmadrado y ensordecedor: esas imágenes sugerían el origen de la vida en el planeta. Los islandeses eligieron vivir sobre una criatura viva y cambiante donde el fuego se asoma por una treintena de volcanes activos y centenares de fumarolas. Casi un millar de manantiales de aguas calientes proporcionan una calefacción no contaminante al 90 por 100 de los hogares.

En el siglo XIV hubo varias erupciones muy destructivas del volcán Hekla, el más activo de Islandia, «la puerta de los infiernos» para los europeos de la Edad Media. En 1783, la erupción del Laki provocó que se abriera una grieta de treinta kilómetros que vomitó un océano de lava, según cuentan las crónicas. La nube de cenizas oscureció el sol, impidiendo a los hombres hacerse a la mar, y los gases envenenaron los pastos sellando el destino de ovejas, vacas y caballos. Sin pesca ni ganado ni posibilidad de escapar al continente, 10.521 personas murieron de hambre, el 20 por ciento de la población.

Esta actividad destructiva y transformadora es más evidente en el entorno del lago Myvatn, en el noreste de la isla. Krafla es una zona salpicada de cráteres, campos de lava y solfataras burbujeantes. En el Parque Nacional Jökulsárgljúfur se encuentra el cañón de Ásbyrgi que, según la tradición, es la huella dejada por la pezuña de Sleipnir, el caballo volador de Odín. Una explicación más plausible propone que la rasgadura fue obra de una avenida de agua de proporciones inimaginables producida tras una erupción bajo el glaciar Vatnajökull.

Con 8.100 kilómetros cuadrados (casi una décima parte de la superficie de Islandia), el Vatnajökull es el mayor glaciar europeo en volumen y compite en área con el Austfonna, situado en la isla de Nordaustlandet, en las Svalbard (Noruega). Mide 150 kilómetros de este a oeste y 100 de norte a sur, y tiene un espesor medio de unos 400 metros (llegando a un máximo de 1.000). Existen varios accesos. Por ejemplo, en el Parque Nacional Skaftafell, donde es posible poner el pie sobre el Skaftafelljökull, un espectacular glaciar que desciende del mar de hielo. O en la laguna de Jökulsárlón, donde flotan enormes témpanos.

El estado líquido del agua se manifiesta en numerosas cascadas. A la excesiva Dettifoss hay que añadir la fotogénica Skógafoss, como pintada por un niño, y Goðafoss, la «cascada de los dioses», donde se arrojaron las estatuas de las deidades paganas cuando en 999 la Asamblea Nacional decretó que Islandia sería cristiana. Pero el salto que el visitante no olvidará mientras viva es Gullfoss, que junto a Þingvellir y los géisers de Haukadalur forma parte de una popular ruta turística conocida como el Círculo Dorado.