Gran Canaria tiene 236 km de costa prodigiosa, una zona para practicar cualquier deporte de agua
Gran Canaria tiene 236 km de costa prodigiosa, una zona para practicar cualquier deporte de agua

GRAN CANARIAUno de los mejores destinos para disfrutar del turismo activo en España

Un viaje a la isla de Gran Canaria en busca de su tradición marina y de infinidad de propuestas de actividades náuticas

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El más antiguo y esplendoroso templo de Gran Canaria se erigió con piedra volcánica y yace bajo el mar. Los arbotantes, arcos y bóvedas de este misterioso y laberíntico macizo sumergido de más de treinta metros de altura justificaron su bautizo bajo el nombre de La Catedral. Este reino subacuático que traslada la imaginación de un modo inevitable hacia la leyenda de la Atlántida supone tan sólo una muestra de la infinidad de escenarios azules de este gran teatro oceánico que es la isla canaria.

Muy cerca de La Catedral, precisamente, debieron transitar las embarcaciones del primer viaje de Cristóbal Colón, aunque una de las naves, La Pinta, arrastraba problemas casi desde la salida, por lo que el Almirante decidió hacer escala en las llamadas Isletas de Las Palmas de Gran Canaria para adobar el buque, recomponer el timón y cambiar el velamen. Desde entonces, la isla es también territorio colombino. El descubridor se dejaba llevar en realidad por la Corriente del Golfo, el colosal corredor marino que ha contribuido a hacer de las orillas de la isla uno de los ejes del llamado Atlántico Medio.

Gran Canaria puede ser muchas cosas, pero es ante todo un reino profundo y cristalino que se beneficia de la casi inconcebible confluencia de 236 kilómetros de costa prodigiosa, unos recursos marinos de ensueño, un clima amable y unas infraestructuras que permiten soñar despierto cada día con seguir la estela de los viejos marinos o protagonizar cualquier aventura personal que deba escribirse y permanecer en la memoria con letras de espuma y sal.

Avistamiento de cetáceos

Sucede a veces, por ejemplo, que algo parecido a una interrogación se dibuja en la superficie de las aguas de Gran Canaria. El remolino revela al fin el misterio entre estelas de plata, es decir, cuando irrumpe en la superficie una juguetona manada de delfines destinados a nadar también por las redes sociales una vez que capturen su imagen las personas que viajan a bordo de uno de los barcos que zarpan a diario de los puertos deportivos de Gran Canaria para los avistamientos. Un dato descomunal, digamos como un rorcual, una ballena o un cachalote: en sus aguas se ha avistado casi una treintena de las cerca de ochenta especies de cetáceos conocidas en el mundo.

Soledad es una ola. Acostumbra a venir cuando no hay viento o cuando éste resulta casi imperceptible para abalanzarse sobre la costa norte, en el punto conocido como El Paso. Soledad es así, llega en silencio, sin avisar, aunque siempre hay surferos atentos a sus señales. Antes de expirar sobre los costados de arena y roca de Gran Canaria, las olas, en su último rizo, regalan en coalición con el viento todo un universo de opciones para disfrutar del surf, del windsurf, el kitesurf o el bodyboard, hecho que la sitúa en una referencia a escala mundial. Aunque lo más importante sea quizás que se puede experimentar la sensación de encararse al océano sin masificaciones e incluso en parajes prácticamente vírgenes donde entonan su canto del cisne unas ondas atlánticas que aquí poseen nombre propio.

Gran Canaria mira al Atlántico con sus ojos de colores, con los mismos tonos con los que durante siglos han pintado sus casas los marineros, esto es, tantas veces con las pinturas sobrantes de los barcos. La tradición marinera ha surcado el tiempo hasta llegar al presente. El legado amarra en la actualidad en sus puertos deportivos y sale a la mar en embarcaciones de todo tipo, incluido el catamarán de vela más grande del mundo, con base en el luminoso sur insular, en barcos que parecen fugados de otro siglo e incluso en yates privados donde el mayor lujo sigue siendo la contemplación de los bronces y oros en ese momento en el que arde el día antes de que sus últimas ascuas se disipen en la noche.

De bronce es también el Neptuno de Gran Canaria, corporizado por obra y gracia del escultor grancanario Luis Arencibia y que gobierna su imperio de corrientes, burbujas y espumas con tridente firme desde el puntón de Melenara, en el sureste insular. Bajo su mando y en guardia permanente para el buceador curioso se mueve un séquito de sigilosas viejas (una especie de pez loro) con sus corazas de escamas de rubí y amatista, de chernes y meros con rostro de centurión y mirada milenaria, de locos peces voladores empeñados en habitar dos mundos a la vez, o pejeverdes, donde los arcoiris empiezan y terminan.