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Descubriendo Chiloé: Así es la Galicia chilena

Viaje a un archipiélago remoto, a 1.200 kilómetros al sur de Santiago, y a Chiloé, la segunda isla más extensa de Suramérica

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En las leyendas es la morada de la Pincoya, ninfa venusta que personifica la fertilidad de su litoral y su copiosa vida marina. Los españoles, al tomar posesión de ella en 1567, la llamaron Nueva Galicia por su similitud paisajística con la región galaica de nuestra Península Ibérica. Para los jesuitas, que evangelizaron a los nativos durante 160 años y fundaron aquí la capilla más austral de la cristiandad, fue el Jardín de la Iglesia. Hoy, la Isla Grande de Chiloé –junto a las casi cuarenta menores que conforman el archipiélago homónimo– es el más reciente de los destinos chilenos en alza. A tal punto que hace tres temporadas la guía Lonely Planet lo ensalzó como el tercero más atractivo del orbe, mientras que en 2012 fue incluido por el New York Times en la lista de imprescindibles. Y el Himno de Chiloé, que los niños aprenden en sus escuelas, pregona sus bondades: «Chiloé es mi tierra querida, con sus campos y playas sin fin […] abarcando mil leguas agrestes la bendijo cien veces mi dios».

Ante tal cúmulo de publicidades y lisonjas, uno se pregunta, de entrada, en qué consiste el encanto, al parecer irresistible, de este archipiélago remoto, situado 1.200 kilómetros al sur de Santiago, en la llamada Región de los Lagos y, en particular, de esta Isla Grande de Chiloé, la segunda más extensa de Suramérica (después de Tierra del Fuego), un rectángulo de 180 kilómetros de longitud por 50 de ancho transido de nieblas y con un arduo clima lluvioso en el que la existencia de sus gentes siempre ha estado asegurada por la generosidad de la tierra y su profunda unión con el mar. Carola Peña, empleada en Turismo de Chile, que abandonó hace meses la capital para venir a vivir aquí, es tajante al respecto: «Nosotros, desde Santiago, contemplamos Chiloé como un enclave ajeno al desarrollo urbanístico masivo, un rincón solitario y apacible donde todavía es posible sentir la magia y el misterio que rezuman sus fábulas y sus cuentos de antaño».

Verdes húmedos y lustrosos

Y es que este frondoso archipiélago, combinación de un sinfín de verdes húmedos y lustrosos, de suaves lomajes y rías como acariciantes dedos acuáticos, de granjas con sus vacas y ovejas y poblados con sus casas de madera de vivos colores, ha actuado, durante mucho tiempo, como línea divisoria de la supuesta homogeneidad cultural de Chile. Sus habitantes, los chilotes, pueblo marinero ferozmente independiente –mezcla de los colonizadores españoles y los aborígenes huilliches–, se han desarrollado histórica y socialmente en oposición consciente a Santiago. Muestras palpables de ello se encuentran en su arquitectura y en su gastronomía. A saber: en los palafitos y las iglesias por un lado y en el renombrado guiso llamado curanto por el otro.

Nos encontramos en Castro, la capital de la provincia de Chiloé. A vista de pájaro, desde el puente Gamboa, admiramos los palafitos de rabiosa policromía, con sus tejuelas imbricadas de madera de alerce y sus pilotes sobresaliendo del agua de la ría. Se construyeron en el siglo XIX para un mejor aprovechamiento de las aguas costeras en una época de fuerte expansión comercial. Hay quien dice que sus intensos colores son un modo de compensar la atonía de tantos días de lluvia. Para los chilotes, estas viviendas son refugios a salvo de la humedad e idóneos por su cercanía al mar. Actualmente sólo quedan los de Castro y los de la isla de Mechuque. Constituyen la manifestación más austral del mundo de la arquitectura de bordemar, término con el que se designa aquí la zona ribereña sometida al influjo de las mareas. De hecho Bordemar es el nombre de un conjunto musical formado en 1983 en Puerto Montt que interpreta el folclore sureño con instrumentos «clásicos» (violín, flauta travesera, piano, viola, etc.).

Junto a los palafitos, las otras joyas arquitectónicas de Chiloé son sus iglesias, edificadas entre los siglos XVIII y XX. Aunque su diseño es importado de Baviera, lugar de origen de los sacerdotes que las levantaron, su originalidad consiste en que en su obra gruesa se ha usado exclusivamente la madera. Entre diciembre de 2000 y junio de 2001, debido a su valor histórico y arquitectónico, la Unesco incluyó 16 de estos templos en la lista del Patrimonio de la Humanidad.

En cuanto a naturaleza, Chiloé ofrece una atracción muy particular: la pingüinera de Puñihuil, compuesta por los tres islotes que emergen frente a la playa homónima, situada en el norte de la isla, unos 30 kilómetros al oeste de Ancud. En 1999 fueron declarados Monumento Natural para proteger su especial ecosistema, privativo por la convivencia de los pingüinos de Humboldt, en peligro de extinción, y los Magallánicos, dos especies cuyos hábitats, a lo largo de toda la costa pacífica, coinciden sólo aquí. Las visitas se efectúan en botes desde septiembre hasta marzo, en época de reproducción.

Mitos de nereidas y barcos fantasmas, épicas historias coloniales, misiones evangélicas, verdes colinas onduladas, dédalos de rías y canales, singularidades faunísticas, umbrosa selva valdiviana, lluvias templadas, palafitos multicolores, iglesias de madera, folclore, gentes hospitalarias y ritmos de vida pausados y serenos, entre otras facetas: una amalgama sugerente que hace de Chiloé una isla amable.

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