El grito de guerra de Cabuérniga se oye desde Cádiz a Australia
CORINA ARRANZ

El grito de guerra de Cabuérniga se oye desde Cádiz a Australia

El viaje finalmente desembca en el mar; el lugar donde la palabra «veraneo» cobra todo su esplendor

CANTABRIA Actualizado:

Pese a la promesa de su nombre, en La corza blanca no había sitio y tuvimos que desandar el camino. Aunque las habitaciones parecían las de un prostíbulo con pretensiones, en Puente Romano, donde una canadiense trataba de desasnar a tres mastuerzos talluditos, nos trataron a cuerpo de rey. La noche se había cerrado en niebla, pero el día amaneció como si el verano hubiera decidido enmendar la lluvia de julio con la que había regado Cantabria. En cuanto cogimos la CA-280, la niebla y la llovizna, que empapaban a bueyes más pacientes que la maestra de inglés, se adueñaron del día. No era de extrañar que ingenieros trasmutados en ecologistas hubieran sembrado la ruta con señales enigmáticas: «paso de anfibios». Juro que deliberadamente no aplastamos a ninguna rana que croara en cántabro. Atravesamos un bosque de hayas que, salvo por la pista de asfalto, parecía jurásico: da gusto escuchar cómo los goterones se estrellan contra el capó, sobre un fondo orquestal de lluvia tupida, y comprobar cómo el verdín está decidido a borrar la pintura que marca el linde de la calzada.

Dan ganas de almorzar en Correpoco, pero queremos comprobar si el Mercedes clase E sabe ser cabra montesa. Sube sin despeinarse curvas de 180 grados peraltadas y desnivel vertiginoso. De la capacidad de seducción del cocido montañés da testimonio que Los Tojos no conozca establecimiento que no haga su agosto. Mientras tres indígenas disputan a voces acerca de si sesentona es todavía deseable y el que ya ha cumplido los ochenta desafía a sus contertulios a llegar a su cima con sus piernas y su cabeza (no entra en más detalles), dos comadres bisbisean asomadas a una huerta de pasamanería. Más tarde, con el parlamento ya disuelto, una de las dueñas, prismático en ristre, observa cómo la niebla quiere volver a comerse las cumbres. Humildad.

Leyendas de Australia

Lo más llamativo de Valle (Cabuérniga) no es la casa de 1604, abandonada, ni las higueras bíblicas, ni unos zuecos junto a un visillo de Vermeer ni las preciosas casonas, sino el bar Australia, donde dos paisanos atildados nos desasnan: muchos vecinos, como Manolo, el dueño del Australia, que pasó 27 años de camionero entre Sydney, Melbourne y Adelaida, emigraron. Otro hermano le siguió y allí reposan sus huesos. Confirma la especie la hermana superviviente, que pasó 40 años sirviendo en París. «No era tanto la pobreza como los muchos hijos». Otros, en vez de embarcarse en Santander, lo hacían, para América, en Cádiz, pero allí se plantaban. «Es fácil reconocer a uno de Cabuérniga. Cuando no había luz en las calles, lanzábamos el grito de guerra: “Ouop”. Era la forma de saber si el que venía era amigo o enemigo». Cuando a uno se le empieza a poner cara de turista es carne de cañón para que le tomen el pelo. Pero así se fundan las leyendas. Incluso en Australia.

Si hablamos de veraneo, clases sociales, vestimenta «ad hoc» y un estilo de «dolce far niente», hay que bajar a la costa. Lo hacemos por Comillas, aunque a la vista de las muchedumbres que disfrutan compartiendo arena y baldosas, a la primera oportunidad huimos a los cantiles junto al parque natural de Oyambre, donde las voces de los niños que juegan al pañuelito se oyen a un kilómetro de distancia y el mar, con quien por fin nos vemos las caras desde que empezamos este viaje, se muestra plateado, compasivo y complejo. Pero no tanto como para entregarnos el rayo verde.