Buscando al marqués de la Ensenada en el Canal de Castilla
Esclusa del canal de Castilla en Frómista, Palencia - CORINA ARRANZ

Buscando al marqués de la Ensenada en el Canal de Castilla

Los hombres construyeron presas y canales, regaron los campos. Hoy parecen querer secarlos

ALAR DEL REY, PALENCIA Actualizado: Guardar
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Dos de los muros de la admirable esclusa cuádruple de Frómista, donde el Canal de Castilla salva el mayor desnivel de su trazado (14,20 metros), parece a punto de reventar: brota agua por las rendijas entre las piedras de sillería. Necesita con urgencia un fontanero, como buena parte del país.

Desde lo alto de la esclusa, con el agua abundante que captó del Pisuerga en Alar del Rey, y antes de precipitarse bajo los puentes de Santiago (por donde pasan los peregrinos) y de San Telmo (por donde lo hace el tren), la visión del canal que se pierde Castilla adentro entre juncos, carrizos y dos hileras de altos chopos, es el de una rara combinación española: belleza y utilidad.

El mejor ministro de Fernando VI, el marqués de la Ensenada, concibió una de las mayores obras de ingeniería civil de la historia: el Canal de Castilla, tejer con él una red fluvial para distribuir los cereales castellanos por todo el reino y mejorar el regadío de la España seca, además de un plan de carreteras radiales que partían de Madrid —el año cero del kilómetro cero—, del que se construyó la de La Coruña. Trató además —sin éxito— de implantar en Castilla una contribución única, proporcional a la riqueza. Trabar con afecto comercial las regiones depauperadas con las prósperas, facilitar el intercambio y las comunicaciones, es decir, lo que Ortega y Gasset denominaría «un proyecto sugestivo de vida en común». Retomaba así el autor de «La España invertebrada» un asunto caro no solo al visionario Ensenada sino a ilustrados como Jovellanos (un patriota que —como recordaba recientemente César Antonio Molina— «amó a España porque no le gustaba»), o regeneracionistas como Joaquín Costa (quien acuñó un lema que aún tiene vigencia: «escuela, despensa y siete llaves para el sepulcro del Cid»).

Los 207 kilómetros que unen mediante una «y» griega invertida Palencia, Burgos y Valladolid, construidos de forma intermitente entre 1757 y 1849, representan los vestigios de un sueño que se quedó a medias, y que hoy solo sirve al turismo. De la propuesta inicial de cuatro grandes canales que unieran El Espinar (Segovia) con Reinosa (Cantabria) solo se completaron el ramal sur y el de Campos. El de Segovia nunca se llegó a ejecutar y el norte se quedó en Alar de Campos, donde Víctor, jubilado, saca «patatas guapas» ante la mirada de su único nieto, Víctor, que estudia electricidad. Ante su casa nace el Canal de Castilla y los girasoles de su finca de cinco hectáreas, que da gloria verla, y que vende para aceite. Rodea al cementerio municipal:

—No tuve más remedio que venderle terreno al ayuntamiento.

—¿No cabían los muertos?

Como para tantos otros, Víctor, el campo «no da». Antes fue camionero: repartía galletas de una de las dos fábricas que tenía Alar del Rey. «No queda ninguna. Ahora solo tenemos una fábrica de plásticos»:

—Todos se van.

—¿A dónde?

—Dónde va a ser. Donde vamos todos. Al cementerio.

Sobre la lámina remansada del canal, junto al camino de sirga, cómo no preguntarse quién encarnaría hoy al marqués de la Ensenada. ¿Quién capaz de encandilar a España, sin partidismos de baja estopa, en un «proyecto sugestivo de vida en común»?